Ángel Luis González, finalista a mejor profesor del mundo: "He recibido bastantes críticas por implicarme tanto con mis alumnos"

Ángel Luis González es profesor de FP y ha desarrollado un enfoque pedagógico propio llamado la 'Cebolla Sónica'. En 2025 y 2026 fue seleccionado entre los 50 mejores docentes del mundo en el Global Teacher Prize
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¿Recuerdas a algún profesor que te marcó para bien en tu etapa escolar? ¿Qué crees que debería tener un buen profesor para ser considerado el mejor del mundo? Existe un certamen que precisamente busca al mejor docente o a los mejores del mundo. Se trata del Global Teacher Prize, un galardón que se lo creó en 2014 la Fundación Varkey para resaltar la importancia de los educadores y reconocer sus extraordinarias contribuciones a la sociedad. Su premio ya es bastante suculento, no solo por la proyección que tiene sino porque está valorado en un millón de dólares. Cada año hay 50 finalistas, y en el de 2025, se ha colado un profesor español en la lista de los mejores. Ese fue Ángel Luis González, un profesor de Puertollano que, además, tiene su propia metodología -que él mismo ha llamado 'Cebolla Sónica'-. Este año, además, suma otro logro porque ha conseguido el segundo puesto en el Muallem Prize, distinción que pone en valor su compromiso con la innovación pedagógica y el impacto educativo. Actualmente ejerce como profesor en el CIFP Virgen de Gracia de Puertollano, donde vive la educación como vocación y responsabilidad.

Pero no empezó su trayectoria como docente allí, sino en la escuela rural extremeña, concretamente en un pueblo llamado Talarrubias, en plena 'Siberia extremeña'. Según explica a la web de 'Informativos Telecinco' esta experiencia le transformó por completo y le dio las tablas para convertirse en lo que es hoy. "Es una zona apartada, donde los recursos distan mucho de los de una ciudad, pero donde todo se compensa de una manera profundamente humana: a través de una auténtica comunión social entre sus habitantes. Aquella experiencia me reconectó con mi propia infancia en Torrijos, donde ese mismo sentimiento existía, aunque con el tiempo se ha ido diluyendo. Sin embargo, en Talarrubias seguía vivo, latiendo con fuerza", expresa.
Después dio el salto a Puertollano, una ciudad mucho más grande, pero que le enseñó a respetar la profesión. Para él la educación es una valiosa herramienta que, por sí sola, no cambia el mundo, pero que sí transforma a las personas y son esas personas las que, finalmente, lo cambian todo. Hablamos con él después de haber sido reconocido como uno de los 50 mejores docentes del mundo en el Global Teacher Prize en 2025 y de publicar 'La educación creativa' (Plaza&Janés y Ediciones B, 2026), un relato autobiográfico y propuestas pedagógicas aplicables al aula.
Pregunta: En 2025 fuiste el único español entre los 50 aspirantes al Global Teacher Prize (conocido como 'Nobel de la Educación') y en 2026 consigues el segundo puesto en el Muallem Prize, reconocimiento internacional a la excelencia docente. ¿Cómo ha sido esta experiencia?
Respuesta: Ha sido una experiencia muy positiva, sin duda un aprendizaje en todos los sentidos, además de una puerta a muchas más oportunidades que han ido llegando después. El mayor aprendizaje ha sido comprobar cómo el lenguaje del docente es universal. En un mundo donde, por desgracia, cada vez parece que todo está más dividido, es precioso descubrir que, cuando hablas de educación, te entiendes rápidamente con cualquier docente, independientemente del país o del contexto.
P: ¿Qué es aquello que crees que han destacado de tu labor como profesor?
R: Lo que más destacan de mí en estos certámenes es mi trabajo motivando al alumnado. Fui un alumno demasiado solitario en muchas etapas de mi vida estudiantil, no porque lo eligiera, y ahora trato de ser el profesor que me hubiera gustado tener: alguien que intenta entenderte, arroparte y hacer todo lo posible para sacar lo mejor de ti, al ritmo que necesites. Motivar al alumnado respecto a su aprendizaje me parece fundamental, básicamente porque es el inicio de todo. Sin motivación creo que es imposible hacer nada.
P: Dices que has sentido el síndrome del impostor, ¿cómo lo llevas ahora?
R: ¡No te imaginas cuánto! El día que me seleccionaron para el Global Teacher Prize pensaba que no podía ser verdad; incluso comprobaba la página web para asegurarme de que mi nombre seguía ahí. Actualizaba la página una y otra vez, me costaba creer lo que estaba pasando y sentía que, en cualquier momento, desaparecería. Ahora, con algo más de perspectiva, ya no hago esas cosas. Pero, de corazón, sigo pensando que no soy ni el mejor docente de mi pueblo. De hecho, en Torrijos hay grandes docentes como mis amigos David, Sandra o Patri, que estoy seguro de que me dan mil vueltas en esto de enseñar. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
P: ¿Cuándo decides hacerte profesor? Me imagino que es vocacional… ¿Hay algún momento especial que recuerdes?
R: No nací queriendo ser profesor, es un descubrimiento que me regaló la vida. Trabajando como informático, caí en un proyecto que tenía como objetivo recorrer colegio por colegio de Extremadura, implantando un proyecto de educación digital pionero en aquellos tiempos. Fue ese recorrido, pueblo a pueblo, aula a aula, docente a docente… durante casi una década, lo que me hizo descubrir lo importante, necesaria y, sobre todo, bonita que es esta profesión. Tal fue el descubrimiento que se convirtió en una especie de catarsis, que además se mezcló con el tiempo de reflexión que nos regaló a (casi) todos la pandemia. Ahí fue cuando vi claro dónde estaba mi camino en la vida era ser docente.
"Amar lo desconocido es la mejor forma de vivir esta profesión"
P: ¿Qué es para ti ser un buen docente o de los mejores del mundo? Es una profesión que desgasta y, en ocasiones, puede ser precaria y poco valorada.
R: Pocas cosas tengo más claras: ser docente es la mejor profesión del mundo. Es algo que en mi cabeza resuena de forma nítida, sin ninguna duda. De hecho, raro es el día en el que no doy mentalmente gracias a la vida por haberme regalado esta profesión. Por supuesto que no es fácil, ser docente implica una adaptación absoluta y constante: lo que funciona para un alumno no tiene por qué funcionar para otro, y la responsabilidad de que todos aprendan es tuya. Puede haber circunstancias favorables que te ayuden, como un claustro unido, liberación horaria o ratios reducidos… pero no tenerlas no puede ser una excusa para evadir esa responsabilidad. Para mí, la clave es aprender a amar lo desconocido. Lo desconocido asusta, pero para un docente es el pan de cada día. Hay que ser un poco como mi hija Amelia: tiene un año y no hay comida que se ponga cerca suya que no quiera probar. La mayoría de las veces no le gusta, pero esa cara de fascinación que pone justo antes de descubrir algo nuevo me convence de que amar lo desconocido es la mejor forma de vivir esta profesión.
P: ¿Cómo conectas con los alumnos? ¿Qué es aquello que dirías que mejor te ha funcionado?
R: No hay una fórmula infalible en educación y quien diga lo contrario miente. Pero si hay algo que siempre hago es buscar espacios, tanto individuales como colectivos, para saber qué les gusta, qué les preocupa, qué les hace soñar… y, en definitiva, poder conocer realmente a las personas que tengo delante cada día. Esto es algo por lo que he recibido bastantes críticas: que no debo implicarme tanto y que debería mantener algo más de distancia con el alumnado para “ser más profesional”. Aunque respeto todas las opiniones, estas críticas no me pueden parecer más absurdas.
En mi caso, con alumnos que en su mayoría tienen entre 16 y 20 años, están deseando hablar. Que les preguntes y que te intereses por ellos les hace sentir de maravilla. No tienen que decírmelo, se nota. Además, tienen una mirada analógica del mundo, poco influenciada por las corrientes bipartidistas de opinión imperantes, de la que aprendo muchísimo.
P: ¿Qué crees que falta en la escuela para que fomente más la creatividad en los alumnos?
R: Relajación. Es imposible ser creativo sin estar relajado. Esto no es algo que yo diga: culturas como la romana o la griega ya lo afirmaban hace cientos de años. Sin embargo, el mundo actual parece premiar justo lo contrario: cuanto más agobiado estés, más profesional eres, como si tomarte la vida en serio fuera sinónimo de vivir en tensión constante.
Esto, en el aula, se traduce en una absurda competición de calificaciones entre el alumnado y en la creación de listones de conocimiento innecesarios entre docentes. Me parece una pérdida de tiempo enorme que podríamos aprovechar para construir algo emocionalmente sostenible. “Emocional” y “sostenible” son, de hecho, cualidades fundamentales que, para mí, debe tener cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje, por mucho que otros elementos, erróneamente considerados más “profesionales”, a menudo las entierren.
Tenemos que relajarnos. Es fundamental no tomarnos tan en serio, ni a nosotros mismos ni a nuestro trabajo. Mi hijo Hernán (9 años) dice que soy el papá más infantil de todos los que conoce, pero no lo dice como algo malo, sino con orgullo. Un orgullo que comparto.
"La educación no puede polarizarse, ni esto ni en nada, el término “educación polarizada” me parece un oxímoron temible"
P: Digitalización en las aulas no es meter pantallas, ¿o sí?, ¿qué opinas?
R: Otro absurdo debate polarizado en “a favor” o “en contra”. Yo tengo un alumno al que un ordenador es lo peor que le puedes dar: es un arma de distracción masiva; lo pierdes para ese momento y prácticamente para todo el día. Sin embargo, tengo otro para el que el ordenador supone justo lo contrario: le despierta las ganas de aprender, se mimetiza con su forma de comunicarse e incluso le ayuda a relacionarse socialmente. Son solo dos ejemplos de los millones de alumnos que hay en el mundo.
¿De verdad creemos que, en un tema así, es razonable quedarse con una postura rígida? Como sociedad, tenemos que aprender a movernos más en los grises, y no aferrarnos siempre al blanco o al negro de forma tan primitiva. La educación no puede polarizarse, ni esto ni en nada, el término “educación polarizada” me parece un oxímoron temible.
P: ¿Cómo empezaste a crear tu técnica de enseñanza?¿Qué es la 'Cebolla Sónica'?
R: Aprender a ser docente, para mí, siempre ha sido mirar a otros compañeros. Observarles, escucharles, dejarte influir por lo que hacen. A veces es una práctica que comparten; otras, un gesto sencillo al hablar con un alumno. Incluso cuando es el propio alumnado quien te cuenta cómo se siente en las clases de otros compañeros… ahí también hay aprendizaje. Porque en esas pequeñas cosas, casi invisibles, está muchas veces la clave de lo que somos como docentes. La 'Cebolla Sónica' es el nombre que le doy a mi metodología pero, en realidad, es algo mucho más profundo: es una forma de explicarme a mí mismo. Es todo lo que he ido aprendiendo dentro y fuera del aula, todo lo que soy hoy y todo lo que me ha traído hasta aquí. Son mis experiencias, mis aciertos, mis dudas, mi historia… entrelazadas con el aprendizaje académico y con el día a día junto al alumnado.
Eso es lo que ofrezco cada día cuando entro en clase porque, igual que no hay dos alumnos iguales, tampoco hay dos docentes iguales. Cada uno enseña desde lo que es, desde lo que ha vivido y desde lo que siente. Y quizá por eso, la metodología no es solo una forma de enseñar, sino la expresión pedagógica más honesta de quienes somos. Sin disfraces, sin máscaras.
