La ilustradora Ximena Maier, tras recuperar una casa antigua en Portugal: "Pensé que la reforma no era para tanto, pero era un obrón"
Ximena Maier cuenta la historia de cómo se encontró con su casa y la recuperó en un relato ilustrado que acaba de publicar Lumen
Ximena Maier ilustra su nueva vida en el campo: “Ahora tenemos cada día lo que antes buscábamos los fines de semana”
La ilustradora Ximena Maier (Madrid 1975) y su familia tuvieron que dejar el piso de alquiler en el que vivían en Évora, Portugal. Era 2019 y no podían escapar a una mudanza, pero ¿y si en vez de irse a otro espacio de alquiler se compraban una casa? La encontraron en la primera visita que hicieron, en medio del campo, pero muy cerca de la ciudad, una villa de 1910. Tenía, como reconoce Maier, lo mejor de los dos mundos. Fue amor instantáneo.
A primera vista esta es, casi, como una de esas fantasías que pueblan tantos vídeos en Instagram, la de comprar una casa antigua y renovarla. Seguro que se lo han dicho muchas veces, le preguntamos a la propia Maier. “Es muy curioso, porque no era mi sueño para empezar. Yo me lo he encontrado sin querer”, reconoce con buen humor al otro lado del teléfono a la web de 'Informativos Telecinco'. Confiesa que comprarse la primera casa que se ve “es un disparate”. “Pero, en fin, es como enamorarse, un estado de enajenación mental transitoria”, bromea. Por eso, ‘Una casa portuguesa’ (Lumen) “no es un manifiesto”, aunque el relato ilustrado de cómo Maier y su familia hicieron suya una quinta en las afueras de Évora pueda invitar a quien lee a querer dejarlo todo y montar su propio jardín en una casa antigua.
“Hemos intentado tocarla lo menos posible, porque ya era una casa con mucha personalidad”, explica Maier. La casa se construyó en un terreno de labranza que, hasta la desamortización, formaba parte de las propiedades de un convento. “Es una casa vieja, aunque no es tampoco antiquísima”, confirma su actual propietaria. “En un momento dado hicieron esta casita, que no es una casa de labor, es una casa para vivir”. Fue pasando por diferentes manos. “Los antiguos dueños llevaban ahí unos 60 años”, apunta. Como ocurre en tantas zonas rurales de España, los hijos se habían ido a vivir a la ciudad y la casa se había quedado vacía.
Aun así, la historia que cuenta en su libro es una de muchas obras, porque, aunque había estado habitada, la casa necesita algún ajuste y, cómo descubrió la ilustradora, las obras siempre son más complejas de lo que imaginamos. “En mi ignorancia absoluta pensé que tampoco era para tanto, pero era un obrón”, reconoce.
El aprendizaje de Ximena sobre la reforma de la casa
Maier ya vivía en Portugal antes de mudarse a la casa por razones familiares y hablaba portugués, pero el idioma de las obras es propio y único, repleto de matices y complejas negociaciones. “En las obras, tú funcionas pensando que sabes cómo son las cosas y luego te das cuenta de que son un universo paralelo hostil en el que nada es lo que te dicen”, apunta. Sobre todo, porque si la casa había estado habitada no lo habían estado los edificios que la rodeaban y el jardín, que Maier y su familia recuperaron y trajeron de vuelta de las ruinas.
“Del jardín he aprendido que es un aprendizaje diario continuo”, apunta. “Yo tengo un espacio que voy llenando de cosas y viendo por ensayo y error”, reconoce. “Hay veces que cojo un libro de jardinería y pienso que parece más un libro de autoayuda. Parece que están hablando metafóricamente de lecciones para la vida, cuando te están diciendo literalmente que cada planta debe encontrar su sitio”, señala. El jardín también enseña “a tener paciencia”, porque tiene sus propios tiempos y depende de factores externos sobre los que no se tienen mucho control.
Además de un jardín Maier abrió un estudio, una zona que en principio era para su trabajo como ilustradora pero que acabó siendo también su área de trabajo en cerámica. Porque la casa le dio un inesperado regalo, una nueva carrera profesional. Todo empezó con la lareira, la zona para hacer fuego tradicional de las casas portuguesas y gallegas. La de su cocina le abrió las puertas a un nuevo mundo. “Una amiga que pinta porcelanas me dijo que la decorase con azulejos y que me prestaba el horno”, señala, recordando que en Portugal es tradicional este tipo de decoración. Pintó un panel y se enamoró de la técnica y de los azulejos como le había ocurrido con la propia casa, así que empezó a formarse en este terreno.
“Me pareció tan bonito”, explica. “Pinto con acuarela desde hace muchos años y el gesto es muy parecido; o sea, es muy rápido, muy fluido y en algo que absorbe, por lo que tienes que saber muy bien qué vas a hacer”.
De ahí se entusiasmó con la propia historia de la cerámica, un arte que está muy presente en Portugal y que en España se ha quedado un tanto olvidada, aunque el país cuenta con ejemplos destacados de azulejería. “En España le damos muy poca bola y es una pena, porque tenemos un patrimonio espectacular”, señala. “En Portugal lo consideran su arte nacional y tienen razón, porque es maravilloso”, reconoce, pero recuerda que empezó en España, donde “hay muchísimo, muy bueno, muy antiguo y estupendísimo”.