Entrevistas

Jere Mateo sobrevivió a una caída de 100 metros en los Alpes en la que murió su amigo: aprendió a caminar de nuevo y hoy cruza a nado los océanos

Jere Mateo antes de iniciar una de sus travesías.. Cedida
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Antes de que el mar se convirtiera en su refugio, antes de los desafíos imposibles y de las heroicas travesías de la natación en aguas abiertas, la vida de Jere Mateo transcurría entre montañas. Allí nació una amistad que parecía indestructible. Allí también se rompió para siempre.

Durante trece años, Jere y Salvi (su mejor amigo) compartieron una afición: la escalada. Las paredes de roca, los amaneceres en los refugios de montaña y las conversaciones antes de cada ascensión formaban parte de una rutina que ambos entendían como una forma de vivir. Paradójicamente, fue esa misma pasión la que acabó separándolos.

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En 2015, durante una ascensión en los Alpes, sufrieron un terrible accidente escalando el Triángulo de Tacul, una cima de 4.248 metros. Uno de los dos resbaló arrastrando al otro al vacío. Ambos cayeron desde unos cien metros de altura. Salvi murió. Jere sobrevivió con dos traumatismos craneoencefálicos, once costillas rotas, seis vértebras fracturadas y los dos fémures y las rodillas destrozadas.

Pasó once meses ingresado en un hospital. Durante ese tiempo, la memoria era un rompecabezas incompleto. "De aquel día recuerdo poco", explica Jere en una entrevista con la web de 'Informativos Telecinco'. "Al despertar no recordaba nada, incluso olvidaba que el accidente había sido en la montaña”. 

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A medida que pasaban los días, su cabeza reconstruía lentamente las horas previas al desastre. “La noche con un viento intenso, el despertarnos con las primeras luces del sol, el preparar el desayuno y la charla con Salvi tomando un café y el último recuerdo que me vino fue el caminar hacia pie de vía para empezar la ascensión", relata.

Pero el accidente le había arrebatado el recuerdo de lo sucedido. "Al principio, producto del golpe en la cabeza y la medicación que me suministraban, no era consciente de la magnitud de todo", recuerda. 

Hasta que llegó la pregunta que cambiaría definitivamente su recuperación. "Entonces recordé que no estaba solo escalando y pregunto por cómo está mi amigo Salvi y me dan la trágica noticia, ahí algo se rompe y tomo consciencia de que mi vida ha cambiado para siempre".

Aprender a convivir con la culpa

Durante años quiso encontrar respuestas racionales a todo lo ocurrido. “Intenté entender que no todo tiene una explicación y que a veces las cosas pasan porque sí. Eso me ayudó a aprender a relativizar las cosas", dice.

Sin embargo, que crea que todo tiene una explicación racional no implica que siempre pueda encontrar respuesta a todo. “La pérdida de alguien tan querido como Salvi… eso no se puede racionalizar. Eso forma parte de la aceptación y la integración… nunca he pretendido superar las cosas, prefiero integrarlas y aprender a vivir con ellas", expresa.

Ese concepto atraviesa toda su historia. Porque la recuperación tampoco fue una sucesión de pequeños milagros, sino un proceso largo, doloroso y lleno de incertidumbre. Primero volver a hablar. Luego volver a caminar. Después volver a mover un cuerpo completamente destrozado.

"Es difícil resumir un año de rehabilitación", admite. "Hubo muchos momentos duros, de dolor, de esfuerzo, de resignación… pero si tuviera que resaltar algo que me costase, diría que fue aceptar que la rehabilitación iba a ser larga, lenta y sin respuestas a corto plazo".

La paciencia terminó siendo una de sus mayores conquistas. "Tienes que trabajar sin saber qué resultado conseguirás. Y es así como, poco a poco, van llegando los resultados", explica.

Cuando el mar salvó una vida

Después del hospital llegaron nuevas preguntas. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo reconstruir una vida completamente distinta? La respuesta apareció casi por casualidad. La natación adaptada comenzó siendo una herramienta para aliviar el dolor físico. El agua reducía el peso sobre un cuerpo lleno de secuelas y le devolvía parte de la autonomía perdida.

Pero la pandemia cerró las piscinas. Y entonces descubrió el mar. Aquella primera experiencia nadando en guas abiertas cambió algo dentro de él. "Más que un lugar seguro, el mar es un lugar de paz", explica. "Allí me encuentro con esa parte de Jere que no había encontrado después del accidente. Conecto con la naturaleza, puedo proponerme objetivos ambiciosos en ella y puedo pensar sin tanto ruido".

Desde entonces, el océano se convirtió en un espacio donde el silencio adquiere otro significado. ¿Qué pasa por su cabeza durante ese tiempo? "Normalmente hay momentos de todo. Momentos para acordarte de gente a la que quieres, de vivencias pasadas, de planificar proyectos futuros… pero, al no haber ruido, todo es más fácil".

Y cuando comparte travesía con otros nadadores, el mar adquiere otra dimensión. "La complicidad que se puede generar en el agua también es muy bonita y hace que todo fluya mejor".

“Las personas con discapacidad también podemos”

Jere define la natación como una forma de meditación activa y de conectar consigo mismo. "Es la sensación de que pierdes de vista todo lo que te rodea, el tiempo pasa muy rápido, no prestas atención a lo que está fuera y empiezas a centrarte en lo que está dentro de ti y alcanzas un momento de paz en el que las ideas se clarifican de una forma excepcional", cuenta.

Ese estado mental fue el que terminó llevándole hacia uno de los mayores retos del deporte de aguas abiertas. Los Ocean Seven. Siete cruces considerados el equivalente acuático a coronar las cumbres montañosas más altas del planeta. Solo lo han completado 34 personas a lo largo de la historia.

¿Por qué embarcarse en algo tan extremo después de todo lo vivido? "Para demostrar que estamos aquí y también podemos".

No habla solo de sí mismo. Habla de todas las personas con discapacidad. "El hecho de tener una discapacidad puede parecer un impedimento para grandes proyectos… pero yo me pregunté: ¿Y por qué no?"

Ese "¿por qué no?" terminó convirtiéndose en un mensaje. "No sólo quiero demostrar a la sociedad que las personas con discapacidad podemos hacer grandes retos, también quiero ser un testigo a otras personas con discapacidad de que podemos".

Pensar en la siguiente brazada

Cada travesía ha dejado una enseñanza distinta. A sus 44 años, ha cruzado a nado el Estrecho de Gibraltar, el Canal de la Mancha y en agosto del año pasado el Canal del Norte: 33,7 kilómetros de agua que separan Escocia e Irlanda, lo que lo convirtió en el segundo nadador español y la primera persona con daño cerebral en lograrlo.

Siempre estoy pensando en la siguiente brazada y no en la otra orilla, así es más fácil conseguir grandes objetivos". Una frase sencilla que sirve tanto para cruzar mares como para reconstruir una vida.

En travesías de decenas de kilómetros resulta inevitable imaginar el miedo. Pero Jere asegura que nunca ha nadado con él. "Nunca he tenido miedo, porque si sintiese miedo, me saldría del agua. He tenido momentos de dolor, dudas, cansancio, angustia… pero no quiero tener miedo en el agua", exclama.

En cambio, la felicidad sí que es una constante, sobre todo en “los momentos en los que consigo el objetivo y estoy en la barca de vuelta hacia el punto de inicio", dice. "Es el momento en que las emociones están a flor de piel".

¿Y qué ocurre cuando el cuerpo ya no responde, cuando las fuerzas flaquean? "Has estado peor que ahora, haz alguna brazada más a ver qué pasa", se dice a sí mismo.

Lo verdaderamente importante

El accidente también cambió su escala de valores en la vida. "Ahora valoro mucho más las experiencias que las cosas. No quiero tener grandes cosas materiales en mi vida", asegura. Y también, pone en valor a las personas. "He conocido a gente magnífica estos años y poder compartir momentos con ellos o con mi familia es lo que le da sentido a la vida".

Muchas de esas personas le consideran un ejemplo de superación, aunque él no lo considere así. “En todo caso soy un ejemplo de integración. He aceptado lo que pasó (aunque hay momentos de todo) y he decidido vivir en esta nueva situación aceptando que nada de lo que pasó desaparecerá".

Ahí se encuentra la fortaleza de Jere Mateo. No en haber sobrevivido a una caída de cien metros y a las secuelas físicas, ni en haber superado el trauma de perder a un amigo, ni en cruzar algunos de los mares más difíciles del planeta. Sino en haber comprendido que la vida no consiste en borrar las cicatrices, sino en aprender a vivir con ellas.

Pregunta: ¿Qué te gustaría que el público destacara de ti cuando lea esta entrevista? 

Respuesta: Que soy una de tantas personas que, ante los golpes que ha recibido, ha hecho todo lo posible para seguir adelante.