Raquel Salazar no quiere comer lo que cocine Cristina Piaget
El miedo no es a las lentejas sospechosas sino a quién las ha cocinado. Porque en la casa de GH Dúo una legumbre puede ser caviar y merecer oración o conjuro.
Dice Raquel Salazar que no piensa comer nada de lo que cocine Cristina Piaget. No solo porque a ella le salen muy bien las lentejas, sino porque teme algún tipo de brujería por parte de la modelo. Eso sí, ha dado al grupo una solución de urgencia a las brujerías gastronómicas. Deben de decir antes de comer las palabras mágicas: “Dios mío, líbrame de todo mal”. ¡Chimpún! Ojalá fuera todo tan sencillo. Las sospechas de Raquel se basan en el empeño que Cristina ha puesto por conseguir que coman sus lentejas. No es porque vayan a estar mal, porque todo el mundo sabe hacer bien unas lentejas, según la matriarca de los Salazar. No se le ha ocurrido pensar que a cualquiera que cocina para un grupo le gusta que todos prueben el producto de su esfuerzo. ¿Qué habría dicho ella si le rechazan sus presentaciones los muchos días que se hizo con la cocina?
Más me mosqueó la referencia de Raquel a las lentejas negras. Me hizo recordar las dos velas negras con que amenazaba siempre la bruja Lola. Especialmente cuando eran mentadas justo después de sospechar de algún embrujo relacionado con esa legumbre. Otra cosa es que se refiriera a las lentejas también conocidas como “caviar”. Obviamente, siguen siendo un humilde alimento, aunque tenga mucho hierro, que decía mi madre. Nada que ver con las preciadas huevas de esturión, tan solo un parecido cromático. Negro como las lentejas y el caviar lo van a tener todos si no se dejan de tonterías y comen lo que cocine a quien le toque. Rotar en la cocina nunca ha sido fácil porque siempre hay quien se quiere perpetuar en esa labor y cuesta sacarlo de ahí. Raquel ha cocinado muchos días, ahora le ha de tocar a Cristina o a quien sea. Eso sí, que les pille confesados y protegidos por las oraciones de mamá Raquel.
Los cambios de alianzas responden tanto a razones psicológicas como estratégicas
Abogaba ayer por interpretar en positivo alguno de los vaivenes que se observan en concursantes capaces de convertir a otros en sus mejores aliados después de haber estado enfrentados fuertemente. Es el caso de Carlos Lozano y Cristina Piaget con Sonia Madoc, que han pasado de enemigos a mejores amigos en la casa. Me preguntaba entonces lo siguiente: “¿Por qué no considerar que están haciendo un esfuerzo por superar sus diferencias?”. No es porque me tranquilice, cosa tampoco necesaria, más bien se trata de una interpretación más generosa que achacar todo cambio a un rotondazo. Las alianzas cambiantes responden tantas veces a razones psicológicas como estratégicas.
Debemos considerar que en esa casa una tontería se puede vivir como una auténtica traición. El gesto hoy interpretado como mínimo puede parecer mañana un gran apoyo. Viven una versión acelerada de la realidad, donde las emociones van a cámara rápida, del mismo modo que las alianzas. Luego está el factor de la supervivencia pura y dura. Las afinidades no se plantean simplemente respecto a quién les cae bien, sino en orden a con quién les conviene ir en cada momento, a quién presuponen que tiene apoyo por parte de la audiencia o quién les puede proporcionar protección en una próxima nominación. Si el viento cambia, se pasan de un bando a otro sin ningún pudor.
El aislamiento genera una necesidad brutal de sentirse parte de algo. Cualquier actitud interpretable como un mínimo desprecio duele, descoloca y provoca la búsqueda de un refugio rápido en otro sitio, por mucho que fuera poco grato en un momento anterior. No siempre es consecuencia de un frío cálculo, también por miedo a quedarse solo. Esa situación es indeseable desde el punto de vista humano así como mirando por el concurso. En esa casa es muy común pasar de “eres increíble” a “eres la peor persona del mundo”, o justo todo lo contrario. Lo vimos el lunes cuando Sonia alababa a Cristina y decía haberse sentido mejor que nunca tras haber hablado un rato con ella. A veces se echan falta los matices, y es porque no hay distancia emocional ni tiempo para procesar.
Incluso cuando hay una motivación basada en el juego no siempre están pensando en la posibilidad de llevarse el maletín. Muchos concursantes saben que están ahí para contar una historia, y que cualquier giro dramático, algo tan sencillo como que quien era antes enemigo ahora se haya convertido en un aliado, o viceversa, da minutos de televisión y va a poner el foco sobre ellos. Esto sucede con más facilidad en las ediciones con famosos, mucho más acostumbrados a manejar su fama y gestionar los momentos en que desean tener más o menos notoriedad.
Se me ocurren dos razones más para que sea tan frecuente ver eso que en una interpretación posiblemente simplista reconocemos como un rotondazo. Una es que cuando el concursante se siente mal consigo mismo, entre otras cosas porque sabe que la ha pifiado claramente, acostumbran a buscar un “culpable”. Esto también hace cambiar el enemigo, de acuerdo con quién interese que se lleve las culpas propias. El enemigo cambia, aunque no lo haga el malestar. Como última razón mencionaría la ausencia de consecuencias reales inmediatas. En la vida real, por así decirlo, variar de lealtades tiene un coste social, pero no tanto ahí dentro. Hoy te critico, mañana me abrazo contigo y pasado mañana hacemos ambos borrón y cuenta nueva. Todo ocurre tan rápido que nadie puede sostener coherencia mucho tiempo y tampoco se les exige.
Por resumir: no es solo falsedad, aunque pueda haberla en ocasiones. También responden esos cambios que nos ocupan a una mezcla de presión psicológica, juego, miedos, necesidad de afecto y la conciencia de tener que dar algo de espectáculo. Gran Hermano es como un laboratorio público donde se observan comportamientos que en la vida real tardarían meses, pero allí pasan en tan solo unos días. El concursante puede tener una estrategia calculada milimétricamente, pero al final florece la realidad desnuda. Al principio algunos entran jugando al ajedrez. Calculan alianzas, miden las palabras o se fabrican un personaje. Pero ese plan dura lo que dura la energía mental. Días después el desgaste gana y sale la verdad, como digo. Nadie puede sostener una máscara todo el tiempo.
Opiniones distintas sobre la compra de esta semana
Positiva fue ayer Raquel, una de las pocas en la casa que dijo algo agradable sobre la compra que había hecho el lunes Cristina y no llegó hasta la media mañana de ayer. “Lo que es, es… y lo has hecho bien”, decía la de Los Gipsy Kings, programa que hoy estrena nueva temporada en Cuatro. Como sucede de costumbre, a unos les pareció que había comprado poca carne y a otros demasiada. Esto es como la fábula del hombre, los hijos y un burro. Iban pasando todos ellos por los pueblos y siempre había quien les criticaba. Hagas lo que hagas te van a criticar. Si iban los niños sobre el burro y el hombre andando la crítica era porque los pequeños eran unos desconsiderados con su padre. Si iba el padre montado y los hijos andando tachaban a aquel de cruel por someter a los pobres niños a semejante esfuerzo. Si iban todos andando los llamaban tontos por no aprovechar al burro. Y si iban los tres montados la acusación era de maltrato animal.
La historia, atribuida a Esopo (el de las fábulas) aunque existan de ella muchas versiones (una cantada por el grupo Danza invisible), termina en todo lo alto. Al final, los tres cargan el burro a hombros para no recibir críticas… y, por supuesto, la gente se ríe de ellos y los toman por locos. Como toda fábula tiene su moraleja, que en este caso sería: Quien intenta agradar a todos acaba haciendo el ridículo y perdiendo el criterio propio. Cuadra perfectamente con lo que pasa en Gran Hermano. Si eres estratega te acusan de falso, si emocional eres inestable, el fiel es un ingenuo, traidor si cambias y soberbio si no lo haces. Aquí los concursantes son el hombre, sus hijos y el burro; mientras los pueblos serían la audiencia, las redes, los platós e incluso sus propios compañeros.
Repetidos incumplimientos de las normas por parte de Anita Williams
Anita Williams sugería ayer por la tarde que no habría gala. “¿No va a haber gala?”, preguntaba Carlos Lozano. “No sé”, respondía Anita. Pero es que antes había preguntado ella “¿qué gala?”. Por mucho que intentase disimular poco después, la pista dada era suficiente como para que se dieran por enterados. Aunque no fuera así sigue siendo una información que no debería dar alguien que ha tenido acceso a ella cuando ha estado fuera. En otras ocasiones ya se le había escapado que algunas cosas las ha visto fuera. No se puede evitar que lo haya hecho, otra cosa es contarlo con tanto descaro. Y, lo más importante, ha compartido ciertas informaciones con quienes ella ha elegido.
No ha sido solo filtrar información del exterior, algo que ha costado la expulsión disciplinaria a varios concursantes en ediciones anteriores, desde Ana Toro en GH 10 hasta Fernando Espinar en GH 17. Ambos volvieron repescados y cometieron el error de introducir informaciones del exterior en la casa. Aquella otra Ana llegó a contarles que Barack Obama había ganado las elecciones en EE. UU., cosa en absoluto relacionada con Gran Hermano, pero igualmente incompatible son sus normas. Pero la Anita actual también es amiga de mantener conversaciones secretas con algunos compañeros, algo susceptible de servir también para dar determinada información.
Ayer escribía Anita Williams mensajes a Juanpi Vega en el sofá del vestidor, aprovechando que es de piel vuelta. Eso lo convierte en una pizarra, en la cual basta con pasar la mano a contrapelo para borrar lo escrito y así poder seguir escribiendo. No diría que escribió un capítulo del Quijote, pero le dio para transmitir un torrente de información. Y, sobre todo, es otra violación de las reglas del programa. El ‘súper’ la llamó a capítulo, imagino que para leerle la cartilla en la sala de confesiones. Pero actitudes como las descritas no solo se han intentado evitar siempre, también han sido sancionadas. Tendría que ocurrir lo mismo ahora. Estamos a la espera de estar a la espera, que decían Gomaespuma.
Moleskine del gato
Pese a la información de Anita siguieron creyendo que habría gala y fueron sorprendidos con una fiesta adelantada. La habitual del miércoles fue esta vez en martes. Tocaba fiesta vikinga. Casi todos se pusieron los gorros con cuernos que caracterizan a ese pueblo. Por lo que fuera, Juanpi no.
