El Hogar de Nazaret, el refugio que cuida a menores vulnerables, bebés y madres sin recursos en Sevilla
La institución recibirá la Medalla de Sevilla por su trabajo silencioso con familias en situación de vulnerabilidad
El proyecto, ubicado en Triana, acompaña desde hace décadas a menores y madres inmigrantes que llegan sin apoyo familiar ni recursos económicos
El Hogar de Nazaret lleva décadas convirtiéndose en refugio para algunos de los colectivos más vulnerables: niños tutelados, bebés recién nacidos, menores con enfermedades graves y madres que llegan solas, sin recursos y sin una red familiar que las sostenga.
Detrás de sus puertas no solo hay habitaciones, cuidados médicos o acompañamiento social. Hay también estabilidad, afecto y una rutina capaz de devolver cierta tranquilidad a quienes llegan después de haber vivido situaciones muy duras. “Aquí damos mucho equilibrio y mucha estabilidad”, explica Consuelo Csanady, responsable del proyecto, que habla de su trabajo con la serenidad de quien lleva años dedicando su vida a cuidar de los demás.
La labor de esta institución, formada por hermanas, sacerdotes y laicos, será reconocida el próximo 30 de mayo con la Medalla de Sevilla, una distinción que llega tras años de trabajo silencioso y constante. Consuelo reconoce que la noticia les sorprendió profundamente. “Es una sorpresa que nos den esta medalla, porque realmente es nuestra vocación y nuestra forma de vida”, asegura emocionada.
Niños con necesidades complejas
El Hogar de Nazaret desarrolla distintos proyectos sociales repartidos en varias viviendas de la ciudad y mantiene convenios con la administración para la atención de menores tutelados. Muchos de ellos llegan siendo apenas bebés. Otros arrastran historias familiares muy complejas o necesitan cuidados especiales debido a enfermedades y patologías graves.
Entre los menores acogidos hay niños con síndrome de Down, autismo, parálisis cerebral, espina bífida o enfermedades raras que requieren atención permanente, terapias continuas y tratamientos diarios. Algunos necesitan ayuda incluso para las tareas más básicas del día a día.
Cada caso es diferente y exige un acompañamiento individualizado. Por eso, además del apoyo sanitario o educativo, en el Hogar intentan construir algo todavía más importante: un entorno seguro y estable donde los menores puedan sentirse protegidos.
“Son niños que necesitan mucha atención, mucha paciencia y mucho cariño”, explican desde la entidad. Una labor que muchas veces pasa desapercibida, pero que condiciona completamente la vida de quienes forman parte del proyecto.
Madres inmigrantes que llegan solas
El trabajo del Hogar de Nazaret no se limita únicamente a la atención de menores. Desde hace años también desarrollan programas de acompañamiento destinados a madres inmigrantes con hijos pequeños a cargo, muchas de ellas en situación de extrema vulnerabilidad.
“La mayoría son mujeres inmigrantes que tienen que trabajar, que no tienen red familiar y viven situaciones de precariedad económica”, cuenta Consuelo. Algunas incluso llegan con problemas administrativos o con su situación aún sin regularizar.
En esos casos, el objetivo no es solo ofrecer alojamiento temporal o ayuda material. El proyecto busca acompañarlas en todo el proceso de recuperación personal y familiar, ayudándolas a reconstruir poco a poco una vida estable para ellas y sus hijos.
El Hogar también trabaja con madres y bebés recién nacidos, acompañándolos durante los primeros meses de vida y ayudando a garantizar un entorno seguro para ambos. Muchos menores permanecen vinculados al proyecto hasta alcanzar la mayoría de edad y algunos continúan después a través de programas de emancipación.
La falta de recursos y las dificultades del día a día
Aunque el trabajo del Hogar de Nazaret ha crecido con el paso de los años, las necesidades siguen siendo enormes. Una de las principales preocupaciones actualmente es la falta de recursos adaptados para atender correctamente a menores con movilidad reducida o enfermedades graves.
Entre los niños acogidos se encuentra, por ejemplo, un menor con osteogénesis imperfecta, conocida popularmente como la enfermedad de huesos de cristal, una patología que obliga a extremar todas las precauciones en sus desplazamientos.
Por eso, desde la institución llevan tiempo intentando conseguir una furgoneta adaptada que permita trasladar a estos menores con seguridad. Los vehículos convencionales no reúnen las condiciones necesarias para muchos de ellos.
“Es un trabajo muy bonito, pero también vivimos muchas tristezas”, reconoce Consuelo, consciente de que detrás de cada historia hay situaciones personales muy difíciles y una lucha diaria que no siempre resulta visible.
El apoyo de Sevilla
A lo largo de los años, el Hogar de Nazaret ha encontrado respaldo en numerosas hermandades, asociaciones y entidades sociales sevillanas que colaboran aportando material escolar, uniformes, alimentos o recursos básicos para las familias y menores acogidos.
Hermandades como la Estrella, Pasión, San Esteban, el Silencio o las Cigarreras participan activamente en la ayuda al proyecto, al igual que Cáritas Diocesana, que mantiene distintos convenios de colaboración con la entidad.
Desde el Hogar destacan que esta red de apoyo resulta fundamental para mantener vivos todos los recursos sociales que desarrollan actualmente. “Sin la ayuda de tanta gente sería imposible”, reconocen.
Más de cuatro décadas cambiando vidas
El proyecto nació en 1978 en una vivienda de la calle Campoamor y, poco a poco, fue creciendo hasta convertirse en una referencia social en Sevilla. Lo que comenzó como una iniciativa centrada en la atención a menores terminó ampliándose también a las familias.
“Fue un proyecto pensado para los niños, pero enseguida vimos que también había que acompañar a las familias”, recuerda Consuelo.
Con el paso del tiempo, muchos de aquellos niños han conseguido rehacer sus vidas. Algunos continúan estudiando, otros ya trabajan y varios han llegado incluso a la universidad. La responsable del Hogar recuerda especialmente el caso de una familia colombiana cuyos hijos cursan hoy estudios universitarios. “Eso anima muchísimo”, asegura con orgullo.
Consuelo también pone en valor el papel de los trabajadores y voluntarios que forman parte del proyecto desde hace décadas. Muchos llevan más de veinte años vinculados al Hogar y, como ella misma explica, “esto termina siendo una prolongación de tu propia familia”.
La Medalla de Sevilla reconocerá ahora esa trayectoria discreta pero imprescindible de quienes dedican su vida a cuidar, acompañar y sostener a personas que atraviesan momentos extremadamente difíciles.
Un trabajo silencioso que rara vez ocupa titulares, pero que para muchos niños y madres significa, sencillamente, tener una oportunidad.