Así criaron a nueve hijos Agustín y Emilia en un poblado minero abandonado de la Sierra de Baza, Granada: tenían luz gracias a una dinamo
Agustín y Emilia vivieron gran parte de su vida en Don Martín, un antigua aldea minera de la Sierra de Baza que hoy está totalmente abandonada
Consiguieron llevar la electricidad a su casa mediante una dinamo y gracias al agua del manantial que emabana de la propia mina
Agustín y Emilia criaron a nueve hijos en una aldea casi vacía de la Sierra de Baza de Granada. Vivían entre barrancos, minas de hierro viejas y caminos de montaña a unos 1.600 metros de altitud. Allí pasaron buena parte de su vida, sacando partido a lo poco que había. Una aldea que hoy, medio siglo después, se encuentra ya totalmente abandonada.
Agustín había trabajado en las minas y completaba lo que entraba en casa con la caza. A principios de los ochenta, se las apañó para montar una dinamo junto a una fuente y asi consiguió traer luz en su casa.
El recuerdo de esta familia está en la memoria de Don Martín, un antiguo poblado minero de Granada que hoy está abandonado. La asociación Proyecto Sierra de Baza recoge su historia en una ruta por la cuenca del arroyo Uclías, y allí cuenta cómo era la vida de quienes habitaron aquellas montañas durante décadas.
La magia de la dinamo
La vida de Agustín y Emilia transcurrió en una aldea de apenas una decena de casas. Don Martín está junto al barranco del mismo nombre, también conocido como barranco de los Chortales, situado a unos dos kilómetros del poblado minero de El Tesorero. El asentamiento se dividía en dos núcleos pequeños. En un margen del barranco estaban las casas de El Zambombo y en el otro había un grupo de viviendas que formaban la aldea en sí.
En ese paisaje de cuestas, caminos y casas dispersas creció la familia. Agustín conocía bien las minas porque había trabajado en ellas. Y, según el testimonio que recoge la asociación Proyecto Sierra de Baza, también cazaba para complementar los recursos de casa. Esa necesidad de aprovechar lo que hubiera explica una de sus iniciativas más recordadas.
A comienzos de los ochenta instaló una dinamo junto a la fuente de Don Martín para dar electricidad a la familia. En un sitio apartado de todo, Agustín tiró del agua que brotaba de la sierra para conseguir electricidad. Y no deja de ser curioso que ese recurso tuviera que ver con el propio pasado minero de Don Martín. La documentación que obra en poder de la asociasción bastetana no dice cuánto tiempo funcionó, pero sí guarda el recuerdo de una solución casera pensada para vivir mejor en un lugar tan aislado.
Los estudios sobre Don Martín sitúan el abandono general a partir de los sesenta pero el testimonio sobre Agustín y Emilia indica que algunas casas del barranco siguieron habitadas hasta años después.
La mina que acabó dando agua
El agua que Agustín usó para producir electricidad tenía su propia historia. Durante décadas, la extracción de hierro fue una de las principales actividades de aquella mina de la Sierra de Baza. La actividad minera se sitúa entre comienzos del siglo XIX y principios del XX hasta que el filón se agotó y la explotación dejó de ser rentable.
Pero aquella vieja mina terminó dando a los vecinos de Don Martín algo muy distinto del hierro. De sus galerías empezó a manar un caudal de agua que sirvió para abastecer el poblado y regar las pequeñas huertas de los vecinos.
La explotación ya no daba dinero, pero su utilidad no se acabó con el cierre. Donde antes se sacaba mineral, las familias encontraron agua para cultivar y sostener parte de su vida cotidiana. La fuente de Don Martín sigue siendo uno de los elementos más singulares de este paraje.
El origen del caudal no está del todo claro, pero lo que sí está documentado es la existencia del manantial, el carácter ferruginoso de sus aguas, que dejan tonos ocres en el terreno, y su aprovechamiento por los vecinos de Don Martín.
Casas de piedra
Las viviendas que cobijaron a las familias de Don Martín se construían con lo que daba la montaña y adaptadolas a esos terrenos. La técnica más usada era la piedra seca, que consiste en ir colocando unas piedras sobre otras sin mortero que las una.
La firmeza de los muros dependía de saber elegir, colocar y equilibrar cada pieza. Un oficio transmitido de generación en generación y empleado en casas, corrales y otras construcciones rurales de la Sierra de Baza.
Tras más de medio siglo de abandono muchos de estos muros seguían en pie. Esa resistencia permite adivinar todavía la distribución de las antiguas casas, aunque el paso del tiempo amenaza con borrar para siempre las huellas de aquella aldea.
En 2018, la UNESCO incorporó a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad los conocimientos y técnicas del arte de construir muros en piedra seca, una práctica tradicional presente en numerosos territorios.