Jorge Aragone, el maestro vidriero enamorado del modernismo: "Mi oficio es mágico. Genera muchas emociones"
Jorge Aragone, con 50 años de oficio, trabaja en un taller en el barrio del Raval de Barcelona
El maestro vidriero, nacido en Argentina, ha restaurado vidrieras de edificios modernistas emblemáticos
BarcelonaPor azar, Jorge Aragone se sumergió en la inesperada magia de las vidrieras a los 17 años. "Una noche, volviendo de fiesta, me encontré con un amigo que tenía las llaves del único taller que había en el centro de Rosario (Argentina). Me dijo que necesitaban a alguien y me enganché. Eso fue un viernes y el lunes empecé a trabajar. Era un matrimonio de buenos artesanos que sentían amor por el oficio y me enseñaron todo lo que sabían", recuerda.
El mismo amor que Jorge sigue sintiendo fascinado por el vidrio: "Es mágico mi oficio. Genera muchas emociones. Tiene muchas sutilezas y cambios en las horas del día". Este artesano llegó a Barcelona hace más de 30 años. "A finales de los 70, era asfixiante vivir con la dictadura. Me fui a Costa Rica. Quería aprender más y en 1982 llegué a Barcelona. El primer día salí a caminar y me encontré con la Casa Batlló. Fue una patada en el corazón. De una belleza increíble. Me encandiló. Me pareció sublime y, cuando entré a restaurarla, toqué el cielo con las manos", explica el maestro vidriero.
Jorge empezó a dar vueltas por Europa detrás del oficio por Alemania, Italia o Francia. Volvió a Buenos Aires para regresar en 1988 a Barcelona, que "fue como la universidad porque me propuso una serie de retos a nivel de restauración. Entre Gaudí, Domènech i Montaner, Puig i Cadafalch, estos arquitectos, que me ha tocado restaurar obras que diseñaron, son de un nivel espectacular y algunas con una complejidad técnica interesante. Mi universidad ha sido Barcelona. Aquí he encontrado mi lugar en el mundo. El barrio del Raval es mi lugar".
"Ser artesano es mi vida"
Y es ahí donde este artesano vidriero tiene su taller con su sello, al que "quiero mucho". Un espacio donde cada día siente la emoción de sus 50 años de oficio: "Ser artesano es mi vida. Trabajar con las manos es básico como respirar. Tiene que ver con la nobleza. Trabajo con un material que lo fabrica la naturaleza. El mar erosiona la roca, genera la arena, a partir de la cual se fabrica el vidrio. Trabajamos con algo natural para que dure eternamente. Vamos al revés del mundo y con un tiempo de realización medieval. Es ir contracorriente, pero tiene un sabor totalmente diferente". Y cada vez son menos. En Barcelona, talleres de vidrieros con historia solo quedan dos.
Y en este siglo XXI, sigue la técnica clásica, la misma que hace más de mil años. "Nace con un boceto que se pasa a una plantilla. Se define el color y se numeran las piezas como si fueran un puzle. Se recorta el papel para los patrones para cortar el vidrio. Fabricamos nuestro propio plomo. Una vez emplomado, se sueldan las cruces con estaño y se sella con una dilución de masilla de pescado para rellenar entre el plomo y el vidrio. Cortarlo bien es fundamental en mi oficio", detalla.
"Domènech i Montaner es Messi"
La restauración fue su mejor escuela de aprendizaje: "No he dejado de hacerlo. Hago mitad restauración y mitad obra nueva. Llevo 30 años en Barcelona y hay mucho por restaurar". Sus manos han cuidado vidrieras de edificios modernistas emblemáticos: "El más preciado es la Casa Lleó i Morera. Es una joya de Domènech i Montaner. Cada piso tiene tres paredes enteras de vidrieras. Ahí restauré dos de las cinco plantas. En la Casa Batlló de Gaudí, el friso principal del salón y varias puertas. Fue un placer enorme. Y en el Hospital de Sant Pau, la cúpula de la entrada, alguna ventana y el reloj de la torre que es una vidriera". Unos trabajos para alargar la vida a estas joyas. "Domènech i Montaner es Messi y Gaudí es Ronaldinho", compara con una sonrisa.
En su taller, Aragone también crea vidrieras emplomadas para establecimientos de renombre y casas particulares. El secreto de su oficio lo tiene claro: "Mucha paciencia por el proceso y la empatía con los clientes que encargan los pedidos. Dedico tiempo a conectar con ellos. La presencia de mi trabajo es muy fuerte en un piso. Les puedes arruinar la vida. Trabajo como los modernistas. Intento que mi obra encaje. Eso no falla. Las vidrieras tienen que encajar y hacer la vida algo más feliz. El éxito es que te cambie el estado de ánimo si el sol la ilumina y te dé una inyección vital. Es lo que intento que suceda. Es poner un granito de arena para que sean más felices".
Y a sus 69 años, quiere seguir llevando esa felicidad. "El taller lo necesito como respirar. Me da mucha vida. Es una renovación de energía continua. De momento, no lo suelto", confiesa.