Mitos

"Las vacunas causan autismo": el estudio que dio origen al mito y por qué la ciencia lo rechazó

El impacto mediático de este estudio sembró una duda en la sociedad
El impacto mediático de este estudio sembró una duda en la sociedad. Freepik
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MadridA finales de los 90, comenzó a extenderse con rapidez una idea entre familias, medios de comunicación y profesionales sanitarios: las vacunas podían estar relacionadas con el autismo. Lo que empezó simplemente como una hipótesis en un estudio pequeño y controvertido, terminó convirtiéndose en uno de los debates más intensos y persistentes de la medicina moderna.

Desde ese momento, la preocupación ha calado en parte de la sociedad, alimentada por la incertidumbre, la desinformación y el miedo cuando se trata de la salud infantil. No obstante, mientras la duda crecía fuera de los laboratorios, la comunidad científica ha dedicado décadas a investigar esta posible relación.

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El resultado es muy claro y contundente: no existe evidencia científica que demuestre que las vacunas causen autismo. Pero, ¿cómo surgió esta creencia y por qué sigue presente hoy en día?

¿Cómo surgió este mito?

La creencia de que las vacunas causan autismo no nació de una acumulación de evidencias, sino de un único estudio publicado en 1998 por el médico británico Andrew Wakefield en la revista The Lancet. En este trabajo, Wakefield sugería que la vacuna triple vírica, la que protege frente al sarampión, paperas y rubéola, podía estar relacionada con el desarrollo de autismo en niños.

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Este estudio analizaba únicamente a 12 niños, una muestra extremadamente pequeña para poder extraer conclusiones científicas. A pesar de esto, el artículo tuvo una enorme repercusión. Fue difundido rápidamente y sembró dudas en la población, sobre todo en padres preocupados por la salud de sus hijos.

Con el paso del tiempo, otros investigadores comenzaron a analizar en profundidad el trabajo de Wakefield. Lo que encontraron fue mucho más grave que un simple error metodológico. Estas investigaciones demostraron que los datos del estudio fueron manipulados, que existían conflictos de interés económicos y que las conclusiones no estaban respaldadas por los resultados.

Esto supuso un auténtico escándalo. En 2010, la revista The Lancet retiró oficialmente el artículo y Wakefield fue inhabilitado para ejercer la medicina en Reino Unido por mala praxis. A pesar de esto, el daño ya estaba hecho y esta idea había calado en la opinión pública quienes la tomaban como verdadera.

¿Qué dice la ciencia sobre ello?

Después del impacto inicial del estudio, la comunidad científica reaccionó con una gran cantidad de investigaciones para comprobar si había una relación real entre vacunas y autismo. El resultado ha sido el mismo durante décadas: no hay ningún vínculo.

Algunos de los estudios más importantes han analizado a cientos de miles de niños de diferentes países, distintas vacunas del calendario infantil y múltiples variables de riesgo. Un estudio hecho en Dinamarca con más de 650.000 niños concluyó que la vacuna triple vírica no aumenta el riesgo de autismo. Asimismo, otros trabajos con decenas de miles de participantes han llegado a la misma conclusión: los niños vacunados no presentan más casos de autismo que los no vacunados.

Además, organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud o los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades respaldan esta evidencia: las vacunas son completamente seguras y no causan autismo.

Entonces, ¿por qué sigue vivo el mito?

A pesar de que la evidencia científica ha descartado que exista una relación entre las vacunas y el autismo, este mito continúa vivo por una combinación de factores. Por un lado, el autismo es un trastorno complejo cuyo origen no siempre es fácil de explicar, esto lleva a muchas familias a intentar buscar causas claras y comprensibles. Además, hay que contar con la coincidencia temporal entre la administración de algunas vacunas y la aparición de los primeros signos de autismo, lo que puede generar una falsa impresión de causalidad.

Por otro lado, la difusión inicial que tuvo el estudio de Wakefield causó un enorme impacto mediático, algo que no consiguió el desmentido. Además, las redes sociales han amplificado este problema, facilitando la circulación de desinformación y reforzando creencias erróneas dentro de determinados grupos.

Las consecuencias de este mito han sido muy reales y preocupantes desde el punto de vista de la salud pública. En ciertos países, la desconfianza que existe hacia las vacunas ha provocado descensos en las tasas de vacunación, lo que ha favorecido la reaparición de enfermedades que estaban controladas, como el sarampión. El problema es que estos brotes no solo afectan a quienes no están vacunados, sino también a personas vulnerables que no pueden inmunizarse por motivos médicos.

El mito no solo ha generado un miedo infundado a las vacunas, sino que ha puesto en riesgo avances médicos conseguidos durante décadas, demostrando que la desinformación en materia de salud puede tener consecuencias colectivas de gran alcance.

La ciencia apunta a que el autismo es un trastorno del neurodesarrollo con un fuerte componente genético y multifactorial. No hay una única causa, se trata de una combinación de factores biológicos que todavía se investigan. Lo que sí está claro es que las vacunas no forman parte de estos factores.