Pepe Demi, entrenador y experto en coaching deportivo, sobre cómo animar a los hijos tras una derrota: "Hay una primera regla sagrada"
Pepe Demi, coach y entrenador de tenis, ayuda a muchos padres porque habla de lo que realmente está en juego cuando un niño compite: el deporte es mucho más que ganar
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Si hablamos de deporte infantil es común ver en los campos de fútbol, en las de baloncesto, en las de tenis al típico padre-entrenador, una figura que se asoció en algún momento con el éxito deportivo, pero que ahora mismo está en tela de juicio. ¿Ayuda realmente la presión y la exigencia de los padres en el deporte a los niños? Hemos visto casos de éxito, como el de la tenista Serena Williams, cuya historia fue llevada al cine con la película El método Williams, ganadora del Óscar y en la que Will Smith encarna el papel del padre de Williams, Richard. Estrés, depresión y baja autoestima suelen ser comunes en los niños cuyos padres o entrenadores se obsesionaron y llevaron al límite la práctica deportiva. Por otro lado, está el ambiente en estos entrenos y competiciones donde, en muchas ocasiones, se dan conductas de violencia física o verbal.
Las cifras que aportaba, en este sentido, el Colegio de Psicólogos de Madrid en 2025 eran alarmantes. De ahí que se hayan propuesto iniciativas como psicólogos y profesionales de la salud mental como apoyo en muchos clubes deportivos. El informe señalaba que el 78% de deportistas españoles habían sufrido algún tipo de violencia interpersonal durante su etapa como deportistas cuando eran menores de edad. A ello se suman fenómenos en aumento como el agotamiento emocional, los trastornos de la conducta alimentaria, el acoso y el abandono deportivo prematuro, especialmente entre niñas, ya que el 48% deja el deporte al llegar a la adolescencia, frente al 33 % de los niños. Este y otros motivos personales, son los que han llevado a profesionales como Pepe Demi a compartir su experiencia y consejos en redes sociales. Pepe Demi, coach y entrenador de tenis, fue jugador de tenis, que como explica en su primero libro 'Mucho más que ganar' (Ediciones B, 2026) se quemó, se alejó de la competición y volvió desde otro lugar: el de quien ha vivido el desánimo y la presión desde dentro. Hoy, su trabajo en pista como entrenador y su impacto en las redes sociales conectan con miles de familias porque habla de lo que realmente está en juego cuando un niño compite: mucho más que ganar. Charlamos de todo ella en esta entrevista concedida a la web de 'Informativos Telecinco'.
Pregunta: ¿Por qué muchos padres y madres se obsesionan o presionan a sus hijos en el deporte y no tanto en la educación académica?
Respuesta: Realmente no creo que la presión en sí sea tan diferente si nos vamos a los extremos. Si un chaval saca todo dieces, apunta a la mejor nota de selectividad y su seña de identidad es el alto rendimiento académico, en su casa la presión va a ser exactamente igual de salvaje. Lo que ocurre es que hay muchísimos menos niños definidos por un rendimiento académico tan alto que niños que destacan en el deporte. En el deporte hay mil disciplinas diferentes y es infinitamente más probable que a un chaval se le dé bien algo. Además, los niños se entregan y lo dan todo en aquello que eligen por pasión, no por obligación, y por eso es más habitual que el deporte se convierta en su seña de identidad desde muy pequeños.
A partir de ahí se dan varios factores en los adultos. Primero, que el deporte es algo que los padres sienten que conocen y "tienen más por mano" que las matemáticas avanzadas, por lo que se ven con el derecho de opinar y meter la cuchara. Segundo, que la pista se convierte en el contenedor donde muchos adultos vuelcan los sueños y las expectativas frustradas que ellos no pudieron conseguir en su día. Y, por último, está el sesgo del superviviente, que nos hace mirar a los pocos que llegan y pensar que todos pueden conseguirlo, pero el núcleo real es ese: el deporte es donde el chaval pone su pasión y donde el adulto encuentra la excusa perfecta para exigirle desde muy temprana edad.
P: En el fútbol, por ejemplo, es donde más presión hay. ¿Por qué sucede?
R: No creo que en el fútbol haya un problema más grave que en otros deportes; simplemente es un problema más visible porque lo juega muchísima más gente. Centrarlo solo en el fútbol es una visión muy limitada que impide poner el foco en el deporte base en general. El problema de fondo con el deporte base empieza en cómo los adultos van el fin de semana a liberar la tensión de toda la semana y proyectan en los chicos sus propias expectativas de éxito o esa sensación de victoria que ellos jamás consiguieron. Pero hay un error todavía más profundo: el ambiente en general es tóxico porque se permite que se compita demasiado pronto y bajo el marco equivocado. Como explico en el libro, cometemos la atrocidad de juzgar y organizar el deporte formativo bajo las reglas, preceptos y exigencias del deporte para adultos. Esas dinámicas agresivas que se ven en una grada o en la valla no salen de un padre loco; salen de un entorno entero que replica los estadios de adultos en niños de corta edad.
P: ¿Qué podemos hacer como padres para reducir esa presión y fomentar el divertimento en el deporte?
R: Hay que romper con ese cliché absurdo de "no, si lo único que tienen que hacer los niños es divertirse". No se trata de elegir entre la barbarie o la diversión. El niño se tiene que divertir, pero también tiene que sufrir, entender el alto rendimiento, aprender a perder y no frustrarse ante la derrota. Competir implica llegar a límites emocionales que a veces no nos gusta ver en las reacciones de nuestros hijos, y está bien que así sea.
Por lo tanto, la clave del papel del padre o de la madre es ser un potenciador de la competición: darles la libertad absoluta para que compitan a su límite, tanto si ganan como si pierden. Vuestro trabajo no es quitarles el sufrimiento, es dejarlos competir libres para que sea su propio proceso. En el momento en que un niño siente que compite para satisfaceros a vosotros, ahí ya habéis perdido todo, porque el chaval pierde la libertad de ser él mismo.
P: Como expresas en el libro, es común ver al padre-entrenador. ¿Cómo podemos huir de esa figura?
R: Mi recomendación es rotunda: si puedes evitar ser el entrenador de tu hijo, hazlo. Si quieres ir a la pista o al campo con él, tienes que aprender a ir a jugar, no a entrenarle. Si vas con el traje de técnico te vas a perder momentos maravillosos de absoluta pasión, diversión y conexión compitiendo juntos. Y te aseguro que, después de muchísimas sesiones online y de ayudar a cientos de padres en todo el mundo, me he encontrado mil veces más la figura del "papá arrepentido" —aquel que se lamenta de haber intentado ser el entrenador cuando no le tocaba y de haber perdido esos años de complicidad con su hijo— que a un padre que diera con el gesto técnico mágico que le cambió la vida al chaval. No existe esa pócima técnica paterna.
P: ¿Qué consecuencias tiene? Hablas de muchos casos de famosos en el libro…
R: Como padre o madre tienes una cantidad de energía y de influencia limitada. Si gastas tu "hilo rojo" y tu autoridad corregidle el revés, la empuñadura o el pase por la mañana, la desgastas por completo. Tienes que reservar ese capital de autoridad para las cosas verdaderamente importantes de la vida: la educación, los valores, sus amistades o sus decisiones cuando las cosas se pongan difíciles. Si por un tema económico o de logística no te queda más remedio que entrenarle, entonces hay que aplicar herramientas de contención como la regla de los sombreros: un objeto físico en pista para marcar cuándo eres el entrenador, y quitártelo al cruzar la valla. Pero, sobre todo, la norma sagrada es no hablar de deporte fuera del momento del deporte. En cuanto te despistas, el tenis o el fútbol actúan como un virus que lo contamina todo: las cenas en casa, los viajes en coche y los momentos de descanso. Y tu hijo necesita un padre y un hogar al que volver, no un vestuario permanente.
P: En el deporte es básico saber motivar, pero los padres no somos entrenadores. ¿Qué mensajes son los más adecuados?
R: La clave de esta respuesta no está en buscar el discurso motivacional perfecto, sino en entender dos principios humanos fundamentales. El primero es una máxima que para mí es sagrada: en las victorias se corrige, en las derrotas se abraza. Y para entender esto solo tienes que hacerte una pregunta como adulto: ¿tú cuándo estás más receptivo a escuchar una crítica constructiva o un consejo de mejora? ¿Cuando las cosas te han salido bien y te sientes seguro, o cuando acabas de fracasar, estás frustrado y te sientes roto por dentro? Es de pura lógica. Cuando un niño gana un partido está fuerte, con la autoestima alta y con ganas de aprender; ahí es cuando se puede analizar qué mejorar. Pero cuando pierde, no necesita una lección técnica ni un análisis de sus fallos; solo necesita un abrazo, contención y sentir que su casa es su refugio incondicional.
El segundo principio es cambiar el foco por completo: deja de preocuparte por qué le tienes que decir y empieza a pensar en qué le tienes que preguntar. Los padres viven obsesionados buscando la frase mágica para motivar a su hijo, y lo único que consiguen es soltar un discurso o una chapa que el cerebro del niño filtra automáticamente como ruido de fondo.
Un discurso impuesto se olvida al segundo; una buena pregunta le acompaña siempre. Pensar en una buena pregunta es infinitamente más importante que pensar en la respuesta que crees que tu hijo necesita escuchar.
P: ¿Cuáles son para ti esas preguntas?
R: Pues, por ejemplo, cuando tú le lanzas la pregunta correcta —"¿cómo te has sentido tú en la pista?", "¿de qué te sientes más orgulloso hoy?" o "¿dónde crees que se te ha ido el partido?"—. Con ellas le obligas a reflexionar, a mirar hacia dentro y a poner palabras a lo que siente. Si consigues que sea él quien se exprese y encuentre sus propias respuestas, vas a ganar muchísimo más que con cualquier sermón motivacional.
"El problema no es que los niños sean malos, es un modelo de competición absurdo que les mete en dinámicas de adultos demasiado pronto"
P: Entre niños también hay mucho mensaje de “este es bueno o este es malo”, y no hay nada más desmotivador. ¿Qué hacemos cuando el mensaje es entre niños?
R: Vamos a ver, no nos engañemos. Pretender que estas conversaciones entre niños no se den con el sistema competitivo que tenemos hoy es vivir en una realidad paralela. Queremos aplicar un fármaco, pero no estamos identificando bien la enfermedad. ¿Qué clase de comentarios van a tener entre ellos si con diez años ya tienen acceso a rankings visibles, a clasificaciones y a datos públicos que les ponen exactamente un puesto por encima o un puesto por debajo del otro? Esa comparación desde tan sumamente pequeños es el caldo de cultivo que fomenta la crueldad y las etiquetas entre ellos. El problema no es que los niños sean malos, es un modelo de competición absurdo que les mete en dinámicas de adultos demasiado pronto.
Y mientras ese sistema no cambie, los padres no vais a poder cambiar lo que dicen los demás niños en el club o en el colegio; eso no depende de vosotros. Lo único que os queda, la única herramienta real para convivir con este entorno, es fomentar en casa la conciencia de que la batalla es contra uno mismo.
P: ¿Por ejemplo con...?
R: Suena muy bonito dicho así, pero esto se aterriza con herramientas concretas y prácticas: cambiar los objetivos de resultado por objetivos de realización, dejad de medir el fin de semana en función de si ha subido en el ranking o de si le ha ganado al "malo" o al "bueno"; o poner el foco en tareas tangibles que dependan solo de él: "hoy voy a buscar tres saques abiertos" o "hoy voy a mantener la calma tras el fallo". También implementar el 'diario de éxitos', que cada tarde apunte sus tres avances diarios. Cuando un niño aprende a medir su propia evolución en su cuaderno, la batalla pasa a ser contra su versión de ayer. Su autoestima se blindará porque sabrá evaluar su progreso con sus propios datos, sin importar lo que diga el ranking o el compañero de al lado.
P: ¿Qué opinión tienes de los clubes que separan a partir de cierta edad a los niños que son mejores o peores en distintos equipos de entreno?
R: Vamos a ser muy claros con esto: el deporte es una escuela para la vida y la competición, bien entendida, jamás es mala. A mí nunca me veréis decir que competir sea algo negativo o que, si un chaval no tiene el nivel en ese momento, haya que meterlo a la fuerza en un grupo más alto para que nadie se sienta mal. La competición es lo que es, el deporte funciona así y me parece algo maravilloso y formativo. Que se compita por niveles cuando los chavales se entregan a la competición es una realidad totalmente natural. El verdadero problema no es que se separe por niveles; el problema es la espiral insana con la que la estructura de adultos rodea esa realidad. La competición ya es lo suficientemente dura por sí sola como para que encima el entorno la vuelva tóxica.
No podemos ni debemos culpar al deporte ni a la competitividad. Si un chaval tiene esa realidad enfrente, lo que necesita al llegar a casa es una red de seguridad y un padre-refugio. Si tiene un entrenador que le comprende y unos padres que le apoyan de verdad, el día que las cosas no le salgan o lo pongan en un grupo más bajo llegará triste, claro que sí, pero tendrá dónde agarrarse para aprender y levantarse. La competición es una herramienta de vida brutal, siempre y cuando los adultos asumamos nuestro papel de refugio y no nos dediquemos a alimentar la frustración.
"La primera regla es sagrada: en las victorias se corrige, pero en las derrotas se abraza"
P: Después de una derrota, ¿cómo animamos?
R: Mira, lo primero para potenciar la autoestima tras una derrota es cargarnos de un plumazo lo que nunca debemos hacer al salir de la pista. Y hablo de esa dichosa pregunta trampa que se nos escapa a casi todos: "Bueno, ¿pero te has divertido?". Vamos a ver, si el chaval acaba de perder 6-0, ha jugado mal y está con un nudo en la garganta, decirle que se divierta es casi tomarle el pelo. Le estás invalidando su dolor y haciéndole sentir que estar triste por haber perdido es algo incorrecto. A partir de ahí, para animar y construir una autoestima de acero, la receta es mucho más simple y humana de lo que pensamos. La primera regla es sagrada: en las victorias se corrige, pero en las derrotas se abraza. Cuando sale roto de la pista, tu hijo no necesita un informe táctico, ni un sermón de autoayuda, ni que le quites importancia a lo que siente. Solo necesita contención. Un abrazo sincero, un "ha sido duro hoy, ¿eh?" y sentir que su casa sigue siendo su refugio incondicional, pase lo que pase en el marcador.
Al subir al coche, muérdete la lengua y dale el control de la situación con el menú del coche. Pregúntale con total tranquilidad: "¿Quieres que hablemos del partido, prefieres charlar de otra cosa o ponemos música y nos callamos?". Ese respeto a su silencio y a sus tiempos vale infinitamente más que cualquier discurso que le puedas soltar.
P: ¿Cómo potenciamos la autoestima?
R: Ojo con la autoestima, porque no se construye inflándole el ego con mentiras piadosas como "para mí eres el mejor" cuando él sabe perfectamente que ha jugado un partido nefasto. La autoestima real se blinda cuando aprende que su valor como persona no sube ni baja según la bola entre o salga. Tráele la lección de Roger Federer: ganó más del 80% de sus partidos en su carrera, pero solo se llevó el 54% de los puntos que jugó. Perdió casi la mitad de los puntos que disputó en su vida y es una leyenda. Perder forma parte del juego, no define quién eres.
Por la tarde, cuando la tormenta haya pasado y estéis tranquilos en casa, pregúntale qué tres cosas positivas va a guardar hoy en su cuaderno. Enseñar a un niño a descubrir que, incluso en mitad de una derrota amarga, tuvo el valor de pelear un punto o de mantener la calma en un momento difícil, es lo que de verdad le construye una confianza indestructible para toda la vida.
P: Sabemos que el deporte es competición, ¿cómo podemos conseguir que luego no se traslade en la vida diaria o con sus compañeros de clase?
R: Lo primero que debemos entender los padres para quitarnos un peso enorme de encima es que la reacción de tu hijo dentro de la pista o del campo no es el reflejo de la educación que le has dado en casa. Cuando un chaval compite, el deporte lo lleva a unos límites de pulsaciones, frustración y tensión que no dependen del civismo que le hayas enseñado en la mesa. Aceptar que el deporte es simplemente un campo de prácticas para la vida da muchísima paz. En la pista tu hijo no está mostrando tu educación, está experimentando con sus límites. Ahora bien, fuera de la pista... ahí sí que se ve la educación que tiene.
La gran clave para que esa competitividad no se filtre a su vida diaria o a sus relaciones en el colegio es preguntarnos algo fundamental en familia: ¿quién es tu hijo cuando no está compitiendo?
P: Por lo tanto, hay que construir una identidad fuera del deporte...
R: Sí, porque si toda su personalidad, su valor y su autoestima dependen exclusivamente de ser "el tenista" o "el futbolista", va a ser imposible que disocie. Si el chaval solo es alguien cuando gana partidos, se llevará esa tensión y esa agresividad al aula porque no sabe ser otra cosa. Tenéis que forjarle una identidad al margen del marcador. Tu hijo tiene que saber quién es sin la raqueta o sin el balón en los pies.
Y para marcar ese punto y aparte claro cuando acaba el partido, usad como concepto vital el tercer tiempo del rugby. Explicadle bien lo que significa: durante el partido se compite con fiereza y se da el máximo al límite de tus fuerzas. Pero en cuanto suena el pitido final, se produce un corte radical. Te das la mano con el rival, os sentáis juntos a comer y recuperáis la empatía y el respeto. El tercer tiempo es la capacidad mental de decir: "Lo que ha pasado en la pista se queda en la pista; ahora vuelve la vida real".
Si en casa le ayudáis a tener claro quién es sin el deporte y le enseñáis a cerrar el partido al salir del campo, la competición cumplirá su verdadera función: ser una escuela genial para la vida, sin pudrir sus relaciones fuera de ella.