Entrevista a Adolfo Suárez Illana: "El poder judicial no puede estar en manos de los políticos, tiene que estar al margen de sus disputas"
El hijo del expresidente del Gobierno y figura más emblemática de la Transición política española desde la dictadura franquista lanza 'La concordia es posible'
El abogado y político charla con la web de Informativos Telecinco sobre el pasado, el presente y el futuro de España utilizando la experiencia de la Transición
Adolfo Suárez Illana lleva toda una vida respondiendo, de una manera u otra, a una misma pregunta: qué significa ser el hijo de un hombre que forma parte de la historia de España. Lo ha hecho desde el Derecho, desde la política, desde los ruedos y también desde una vida pública en la que su apellido siempre ha ido por delante. Ahora decide hacerlo desde un libro. 'La concordia es posible' es su particular invitación a detenerse y mirar de nuevo hacia una palabra que considera esencial para entender no solo la Transición, sino también la España de hoy.
Nacido en Madrid en 1964, Suárez Illana es el primogénito de Adolfo Suárez y Amparo Illana. Creció, por tanto, en el entorno de quien fue presidente del Gobierno durante los años clave de la Transición y acabó convirtiéndose en una de las figuras más reconocibles de la democracia española. Él, sin embargo, ha recorrido su propio camino.
Estudió Derecho, amplió su formación en Estados Unidos y desarrolló una carrera profesional vinculada al mundo jurídico y empresarial. La política terminaría formando también parte de su trayectoria, primero como candidato del PP a la Presidencia de Castilla-La Mancha y después como diputado por Madrid y miembro de la Mesa del Congreso.
Ahora se sienta con la web de Informativos Telecinco para hablar de todo ello, pero sobre todo de una idea que atraviesa las páginas de su nuevo ensayo: la necesidad de recuperar la capacidad de entenderse con quien piensa diferente.
En 'La concordia es posible', publicado por Espasa, Suárez Illana mira al pasado sin limitarse a reivindicarlo y utiliza la experiencia de la Transición para plantear preguntas sobre el presente. Qué hemos aprendido, qué hemos perdido por el camino y si aquella capacidad de alcanzar acuerdos que marcó una etapa decisiva de España puede seguir teniendo espacio en una sociedad cada vez más dividida son algunas de las cuestiones que aborda en esta conversación.
Pregunta: ¿Qué quiere transmitir con su libro y por qué se ha visto en la necesidad de publicarlo ahora?
Respuesta: Nace de una invitación que me hicieron en Puerto Rico para hacer una conferencia sobre la Transición, y dándole vueltas entendí que la concordia era lo que realmente marcaba una diferencia entre las diferentes etapas que hemos vivido a lo largo de nuestra historia de transiciones. De un Gobierno autoritario o dictatorial a una democracia o de un partido a otro, el hecho diferencial realmente era la concordia. El que una generación entera de españoles, con el rey a la cabeza y toda la crisis política, entendiera que había que romper ese ciclo de las dos Españas excluyentes y enfrentadas permanentemente en imposición de media España sobre la otra y que todos renunciaran a no ganar. Curiosamente al final acabamos ganando todos. De ahí acabó saliendo este libro.
P: El título es 'La concordia es posible', frente a la frase de la lápida de su padre, 'La concordia fue posible'. ¿Qué le hace pensar que hoy todavía es posible?
R: Cuando decidí inscribir ese epitafio en la lápida era muy consciente del verbo que empleaba. Y era tanto un homenaje biográfico a Adolfo Suárez como también una provocación, porque si fue posible en unas circunstancias tan difíciles como las de aquel momento entonces también es posible siempre, ¿no? Hoy en día he cambiado el verbo no solo por no repetir el epitafio, sino también una vez más por un pelín de provocación. Los que han sido españoles, lo son hoy y lo serán mañana. Unidos por un presente eterno que nos obliga a todos a recibir el legado de nuestros mayores y a transmitirlo hacia el futuro de nuestros hijos. Esa elección de qué es lo que hacemos y qué es lo que transmitimos a los demás es nuestra, es indeleble, cada generación hace la suya y yo lo que pretendo es que se conozca lo que hizo una generación en un momento concreto de nuestra historia. Lo hago sin nostalgia ninguna y simplemente como información para que la nueva generación tome sus decisiones lo más informada posible.
P: ¿Considera que, por ejemplo, un acto de concordia sería elegir a un partido político contrario al que uno ha votado desde siempre porque piensa que es necesario para el bienestar común?
R: Cada uno tiene que hacer sus elecciones y yo no soy quién para dar lecciones a nadie de cómo hace esa elección, lo que digo es que es necesario hacerlo en concordia, y eso no es un sentimiento volátil, no es una idea vaga, sino que son hechos concretos, es un método de vida, es un método de hacer política y que no significa renunciar a los principios de cada uno. Tampoco significa la ausencia de firmeza en la defensa de sus principios, ni siquiera la ausencia de vehemencia se puede discutir con vehemencia sin estar faltando a la concordia. Lo único que se requiere es respeto y pensar que tus libertades y tus derechos solo son exigibles en la medida en que también los puede disfrutar aquel que piensa distinto a ti. Todo dentro de un orden y que eso no suponga enfrentamiento.
P: ¿Qué tendría que suceder para que dentro de 20 o 30 años alguien pudiera decir que esta generación también consiguió que la concordia fuera posible?
R: Eso está en manos de esta generación, de todos y cada uno de nosotros, de no aplaudir aquello que criticamos. Si no queremos que se insulte el parlamento, no insultemos tampoco nosotros en nuestras tertulias. El clima lo creamos entre todos. No son responsables los demás. Es un ejercicio de autocontención que cada uno tiene que hacer. No se puede predicar entendimiento si tú no eres capaz de hacer un esfuerzo. Yo no digo que se consiga siempre, todos somos humanos, fallamos, nos equivocamos y algún día sacamos los pies del tiesto. Pero hay que hacer un ejercicio permanente de concordia y dar respeto a los demás.
"La escritura de este libro viene condicionada por toda una vida al lado de un gran hombre"
P: Adolfo Suárez, su padre, dijo en su discurso más recordado de 1977: "Puedo, en fin, prometer, y prometo, que el logro de una España para todos no se pondrá en peligro por las ambiciones de algunos y los privilegios de unos cuantos". Han pasado casi 50 años de aquello. ¿Cuáles cree que son las grandes diferencias entre la España actual y esa España y qué pensaría él?
R: Los que quieran saber qué pensaría Adolfo Suárez González de esta España, que estudie a Adolfo Suárez y que saque sus propias consecuencias. Pero lo cierto es que partimos de una situación muy difícil que consiguió pasar de una dictadura a una democracia sin traumas ninguno, aunque hubo terrorismo y hubo momentos, insisto, muy difíciles. Se consiguió una arquitectura constitucional acordada por todos, se rompió con la lógica de los bandos del siglo pasado y la España excluyente. Se consiguió que a pesar de las diferencias tuviéramos un marco común donde discutir nuestras distintas posiciones. Y a partir de ahí se produjo también un desarrollo económico muy importante que, a diferencia de otras, permitió, con todos sus defectos, que esa generación de bienestar económico fuera permeando hacia todas las capas de la sociedad. Siempre habrá gente más beneficiada que otra, pero la España de hoy es inmensamente mejor en ese sentido que la que teníamos hace 50 años. Pero eso no es algo que se alcance y se mantenga por sí solo, sino que es necesario la participación de cada una de las generaciones que se van incorporando a la vida pública.
P: ¿Mantuvo alguna conversación privada con su padre sobre la Transición que haya condicionado la escritura de este libro?
R: La escritura de este libro no viene condicionada por una conversación, viene condicionada por toda una vida al lado de un gran hombre. En el fondo estoy escribiendo sobre cosas muy básicas, pero que son muy exigentes, que requieren de un esfuerzo inmenso y que no es mérito de una sola persona, sino de toda una generación. Y esto es lo importante.
P: En el libro defiende que reformar la Constitución también puede ser un acto de concordia. ¿Qué reformas considera prioritarias?
R: Defiendo la Constitución en su integridad. Y la Constitución prevé reformar los preceptos. Para reformarla, es necesario identificar el problema y ver qué posibles soluciones hay y aplicar la que se acuerde. Esa es la forma. Si me pregunta a mí personalmente qué reformaría realmente, considero que hay otras dos mucho más importantes y necesarias y con las que no hace falta tocar la Constitución. Son la reforma de la Justicia y la reforma de la Educación. Se necesita tener un poder judicial más independiente de los partidos que hoy tienen una influencia muy importante en el Consejo General del Poder Judicial, y nos venden prácticamente que lo que emana del Congreso es lo más democrático. Mire, oiga, el vínculo entre el pueblo y el poder judicial se establece según se dice en la propia Constitución y eso es lo que da la legitimidad, no el Parlamento. El Parlamento podrá establecer una ley orgánica que regule el poder judicial. Pero eso se aplica en los actos disciplinarios, de ascensos, de promoción, de destino... No pueden estar en manos de los políticos. Porque entonces estarías condicionando el desarrollo de una carrera a su cercanía, digamos, y a su relación con un partido político. En cuanto a la Educación, no tenía previsto cuando estaba escribiendo el libro que nos encontráramos ahora en este punto, porque efectivamente hemos tenido muchas leyes y poco pacto. Voy a decir también que quizá no hemos tenido en cuenta las exigencias a las que se van a enfrentar nuestros jóvenes realmente en el futuro a la hora de redactar las leyes de educación. Las exigencias van a ser terribles, cada día es mayor la exigencia que se exige a un joven en términos de preparación y de conocimiento para poder ser competitivo en el mundo laboral, y nos estamos quedando muy atrás, tal y como nos acaban de decir en un informe.
P: ¿Hasta qué punto considera que la percepción de la politización de la Justicia está dañando la confianza de los ciudadanos en las instituciones y, valga la redundancia, en la propia justicia?
R: Es algo que todos los españoles desafortunadamente estamos viendo casi cada día. Las presiones que se intentan hacer a los órganos judiciales, como un poder del Estado descalifica a un juez, que discrepe de un auto de una sentencia, decimos que prevarican, decimos que es porque persiguen este o aquel fin espurio... El poder judicial tiene que estar al margen de las disputas políticas, y cuando un juez o un tribunal se pronuncia, se tiene que ser absolutamente respetuoso, escrupuloso y se tienen que seguir los cauces procedimentales que tenemos para discrepar o intentar cambiar ese auto, si es posible. Pero en ningún caso la descalificación entre poderes.
P: Afirma que la oposición no debe trabajar para que fracase el país con tal de demostrar que fracasa el Gobierno. ¿Dónde termina la oposición legítima y empieza, a su juicio, esta dinámica?
R: En el fondo lo que vengo a decir es que uno se puede oponer a todo aquello que entienda que se hace mal, pero desde el respeto y con una explicación del por qué y ofreciendo una alternativa. No hay más. No estoy señalando que la concordia entendida desde el punto de vista institucional sea el estar sonriendo o el estar dándole la razón a alguien cuando no la tiene o cuando tú crees que no la tiene. El juego de la disputa democrática, el contraste de pareceres, incluso el bloquear algo que crees porque estás convencido de que ello es malo para tu país, no va contra la concordia. Un partido puede entender que tal impuesto es ayuda o que tal impuesto va a ser un lastre. Y hemos visto ambas cosas a lo largo de la historia que han funcionado o que no han funcionado. Cada cosa tiene su momento, cada uno tiene sus razones, cada uno tiene sus motivos y lo importante no es tanto el acuerdo como que la discusión no suponga siempre el establecer una frontera moral infranqueable para uno o para otro. El o estás conmigo o estás contra mí o estás de acuerdo conmigo o estás del lado incorrecto de la historia. Eso no.
P: También habla de cómo la política de identidades puede convertir las diferencias políticas en enfrentamientos personales. ¿Estamos llegando a un punto en el que ser de izquierdas o de derechas pesa más que la condición de ciudadano que comparte un mismo proyecto de país?
R: Justo hace escasos días escribí sobre esto que me pregunta. Sobre esa doble abstracción que hacemos hoy en día. Cuando alguien nos propone algo hacemos una abstracción curiosa, que es que, en vez de centrarnos en lo importante, que en este caso es lo concreto, la persona que tenemos delante y lo que nos está contando y con la que tenemos que convivir, me voy a lo genérico. Es decir, pienso en el partido al que pertenece y ya lo descalifico. "Este es de tal partido", y ya me opongo y ni siquiera pienso en lo que me está diciendo porque sé que lo voy a rechazar. Y luego, curiosamente, cuando estamos hablando de términos políticos puros y duros, la abstracción es al contrario. En vez de centrarnos en lo importante, que en este caso sería lo genérico, el plan a futuro que debemos acordar todos y los esfuerzos personales que tenemos que aplicar cada uno, nos vamos a lo concreto, a la pelea del día a día. Se retroalimentan el uno al otro. En la medida en la que yo desprecio al otro por ser de un grupo soy incapaz de pactar con él un proyecto a largo plazo y en la medida en la que no comparto un proyecto a largo plazo con el otro me cuesta más recibirlo y charlar con él. Con lo cual nos estamos metiendo en una pendiente que debemos cortar en algún momento. Y precisamente la forma de cortarlo es el respeto, escuchar y ver qué propone la otra persona de verdad, qué consecuencias tiene, analizarlo y discutirlo, y luego ya se verá si se llega a un acuerdo o no. Ese es el problema.
"Vemos una izquierda interesada en la deslegitimación, en la polarización y en retomar debates del pasado"
P: ¿Cree que la polarización se ha convertido en una herramienta política deliberada porque movilizar al votante contra un enemigo resulta más eficaz que intentar convencerlo con un proyecto propio?
R: Efectivamente. Hemos visto desde hace ya bastante tiempo una izquierda muy interesada en la deslegitimación, en la polarización, en volver a retomar debates del pasado. Hemos visto como una parte de la izquierda intenta trazar una línea recta entre lo que fue la guerra civil, la dictadura, la transición y la Constitución del 78, digámoslo así, como el capítulo final de aquel enfrentamiento, y eso no es más que una línea para hacer una deslegitimación general. Y lo grave es que lo que hace con eso es atribuir legitimidades políticas hoy en función del bando que se tuvo hace 100 años. Eso me parece que carece de toda lógica. Lo único que hacen es romper con esa dinámica de bloques y de legitimidades en función del bando en el que estuviste. Y además, si somos serios, ninguno de aquellos bandos luchaba por la libertad. Aquellos son un fracaso de convivencia colectiva brutal al que no debemos volver para intentar asignar legitimidades. Las legitimidades las dan los votos de una sociedad. Olvidémonos de cosas que no tienen nada que ver ya.
P: ¿Qué les espera a los jóvenes y qué pueden hacer para conseguir un futuro mejor en España?
R: Eso es precisamente de lo que va todo el libro. El primer gran asunto es tener claro que nada está definitivamente ganado y nada está definitivamente perdido. ¿Qué le diría yo a un joven? Lo primero es que, sin meterme en sus principios o ideales políticos, que se esfuerce por conseguir lo que busca dentro del respeto. Aquí, insisto, hubo una generación que viviendo en dictadura pensó que podía conseguir una democracia para su país. Y a base de mucho esfuerzo, mucho sacrificio y mucho tesón se consiguió alcanzar ese futuro democrático. Y lo segundo le diría que sueñe en grande, pero que para conseguir ese sueño que lo haga de forma legítima y sin imponérselo a los demás, incluso que transmitiera a los demás ese proyecto político por el que cree que merece la pena luchar todos juntos.