El error al ducharse en verano que puede aumentar el riesgo de golpes de calor, según los expertos
Ducharse con agua fría durante una ola de calor no es la mejor solución para refrescarse ya que hace más complicado que el cuerpo regule la temperatura
El divulgador sanitario, Álvaro Fernández explica por qué ducharte con agua fría en plena ola de calor no es buena idea
MadridCuando llega una ola de calor, muchas personas piensan que meterse bajo la ducha con el agua lo más fría posible es lo mejor para intentar bajar la temperatura corporal. La sensación inicial es de alivio inmediato. El cuerpo se refresca, la piel deja de arder y durante unos minutos parece que el calor desaparece.
No obstante, los expertos avisan de que esta costumbre tan extendida podría no ser tan buena idea como parece. Distintos especialistas tanto en medicina como en fisiología y salud ambiental advierten de que ducharse con agua fría durante episodios de calor extremo puede provocar el efecto contrario al deseado e incluso puede dificultar que el cuerpo consiga regular correctamente su temperatura. En ciertas circunstancias, este cambio brusco podría aumentar el riesgo de sufrir un golpe de calor, sobre todo en personas más vulnerables.
El cuerpo tiene su propio sistema para ajustar la temperatura
El organismo humano está diseñado para mantener una temperatura corporal relativamente estable, incluso cuando el ambiente exterior cambia. Cuando hace mucho calor, el cuerpo activa varios mecanismos para intentar disipar la temperatura: la sudoración, la dilatación de los vasos sanguíneos y un aumento del flujo sanguíneo hacia la piel.
La sudoración es especialmente importante porque el cuerpo se enfría al evaporarse el sudor sobre la piel. Además, los vasos sanguíneos superficiales se dilatan para liberar calor hacia el exterior. Es precisamente por eso por lo que la piel suele verse más enrojecida durante las olas de calor. El problema llega cuando se produce un contraste térmico muy brusco.
Ducharse con agua muy fría: el error más frecuente
El agua extremadamente fría puede provocar una reacción de defensa del organismo. Cuando el cuerpo detecta un frío repentino, los vasos sanguíneos de la piel se contraen rápidamente. Este proceso se llama vasoconstricción. Aquí se produce una paradoja: al contraerse los vasos, el cuerpo reduce la liberación de calor hacia el exterior. Es decir, aunque la sensación inmediata sea refrescante, el organismo podría estar reteniendo más calor interno poco después.
Los especialistas explican que las duchas muy frías producen un alivio intenso pero breve. Cuando se sale de la ducha, el cuerpo vuelve a intentar equilibrar su temperatura y muchas personas sienten incluso más calor pasados unos minutos. Debido a ello, algunos expertos recomiendan escoger agua templada o fresca, pero nunca helada. La sensación inicial puede ser menos impactante, pero el enfriamiento corporal suele ser más eficaz y sostenido.
El riesgo aumenta en personas vulnerables
Aunque una ducha fría no provoca por sí sola un golpe de calor en una persona sana, los expertos advierten de que ciertos grupos pueden verse más afectados por los cambios bruscos de temperatura. Entre las personas más vulnerables están las personas mayores de 65 años, niños pequeños, personas con enfermedades cardiovasculares, pacientes con hipertensión, personas con problemas respiratorios, personas que toman ciertos medicamentos y personas con obesidad.
En estos casos, el cuerpo tiene más dificultades para regular correctamente la temperatura interna. Además, los contrastes térmicos intensos también pueden generar mareos, bajadas de tensión o incluso respuestas cardiovasculares bruscas.
¿Entonces nunca hay que ducharse con agua fría?
El agua fría no es peligrosa en todos los casos. El problema llega cuando existe una diferencia extrema entre la temperatura corporal y la del agua. Por ejemplo: entrar directamente en una ducha helada después de haber estado mucho tiempo bajo al sol, ducharse con agua muy fría durante una ola de calor intensa y aplicar hielo directamente sobre el cuerpo para enfriarse.
En estas situaciones, el contraste térmico puede resultar demasiado agresivo para el organismo. La recomendación general suele ser usar agua fresca o templada y enfriar el cuerpo de forma progresiva.
Uno de los motivos por los que se insiste tanto en estas recomendaciones es el aumento de golpes de calor durante los meses más cálidos. El golpe de calor ocurre cuando el cuerpo pierde la capacidad de regular su temperatura y esta supera niveles peligrosos, por lo general, por encima de 40 grados.
Es una emergencia médica grave que puede afectar al cerebro, al corazón, a los riñones y a otros órganos vitales. Los síntomas de alerta suelen ser mareo intenso, confusión, dolor de cabeza fuerte, náuseas, piel caliente y seca, taquicardia, debilidad extrema y pérdida de conciencia.
La hidratación sigue siendo la herramienta más importante
La prevención real depende de varias medidas combinadas: mantenerse bien hidratado, evitar la exposición solar en horas centrales, quedarse en lugares frescos, reducir la actividad física intensa en las horas de más calor, usar ropa ligera y transpirable y ventilar adecuadamente la vivienda.
La hidratación es especialmente importante porque el cuerpo pierde agua y sales minerales continuamente a través del sudor. Otro problema frecuentes es que muchas personas esperan a tener sed, pero la sed es ya una señal de deshidratación.