Entrevistas

Sergio de Vocht, psicoterapeuta, sobre por qué queremos tener la razón siempre al discutir: "No es que una persona quiera ganar sin más"

Sergio de Vocht.. Cedida por el autor.
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¿Recuerdas cuándo discutiste con alguien por última vez? Seguramente sí, porque las discusiones son momentos que todos tememos de alguna manera y solemos recordar: discutir con nuestros padres, con amigos, con nuestra pareja, con nuestros hijos... No es nada fácil, mucho menos si no te gusta el conflicto o no te sientes cómodo en él. Porque sí, hay personas que se manejan mejor que otras en el conflicto, y consiguen salir airosas en una discusión o defender sus ideas de una forma más vehemente que otras.

En las discusiones, hay, sin duda, dos tipos de personas: las que suelen pedir perdón (o no les cuesta) y las que siempre quieren llevar la razón. De hecho, un gran porcentaje de las discusiones tienen para algunas personas un objetivo claro: tener la razón. ¿Por qué queremos tener la razón? Para contestar a esta pregunta, tomamos la palabra al psicoterapeuta y mediador de conflictos Sergio de Vocht, fundador de Emosocial, un proyecto comprometido con el apoyo, la comprensión y el acompañamiento de adolescentes en su evolución personal y adaptación social, y autor del libro 'Aprende a discutir mejor' (Grijalbo, 2026).

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"Aunque no creo que discutamos por querer llevar razón, lo que realmente hacemos es proteger la narrativa que sostiene nuestra identidad, es decir, la historia que nos contamos sobre quiénes somos. Cuando alguien cuestiona esa narrativa, aunque sea en un detalle pequeño, no lo vivimos solo como una diferencia de opinión, sino casi como una amenaza personal. Por eso tendemos a justificarnos, reformular lo que pensamos, reafirmarnos e incluso, a veces, a contradecirnos. Lo importante ahí no es tanto la verdad de lo que decimos, sino mantener la coherencia de la imagen que tenemos de nosotros mismos". En este momento, aparece lo que él llama razonamiento motivado que quiere decir que defender nuestras ideas previas nos aporta seguridad. "No porque una persona quiera ganar sin más, sino porque siente que, si cede, pierde algo de sí misma. El aprendizaje está en darnos cuenta de que esa narrativa no es algo fijo ni sagrado: es una construcción, una interpretación, muchas veces hecha con ideas aprendidas, miedos, contexto y experiencias. No siempre habla de quién soy, sino de quién creo ser". 

En ese sentido, si discutimos para llevar razón -tal y como explica- nos alejaremos de la posibilidad de resolver el conflicto y de escuchar, es decir, nos quedamos atrapados en un bucle infinito. ¿Qué puede ayudar? Un consejos podría ser aprender a soltar la necesidad de tener la razón y atrevernos a escuchar lo que hay debajo de cada defensa, la nuestra y las de los demás.

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El arte de discutir entre padres e hijos

Como explica a la web de 'Informativos Telecinco', el primer paso para discutir mejor es entender qué es una discusión, y sobre todo, qué es una discusión sana y adónde nos lleva. "La discusión sana no busca convencer, busca conectar. Y, ojo, porque conectar no significa pensar igual, sino poder sostenernos mutuamente mientras no pensamos lo mismo". He aquí la clave: discutir implica entender al otro. "Si queremos aprender a discutir mejor, el primer paso es comprender que detrás de cada palabra dura, de cada reproche o de cada silencio cargado, suele esconderse un miedo más profundo: el de dejar de ser importantes para el otro. Los conflictos no surgen solo porque dos personas tienen opiniones distintas, sino porque detrás de esas diferencias hay necesidades más profundas relacionadas con la reacción primitiva, la cultura, la identidad y el amor", añade.

Por lo tanto, discutir es inevitable, pero para discutir bien deberíamos poder transformar el impulso emocional inicial en una conversación más consciente, donde nos guíe nuestra parte más reflexiva y empática, aunque a veces eso parezca imposible. En las discusiones entre padres e hijos, por ejemplo, ¿cuál sería el enfoque más recomendable para que discusión sea -por lo menos- provechosa? Pues bien, como sugiere Sergio de Vocht, una discusión se puede entender no solo como un conflicto sino también como una escena educativa.

"En el caso de padres e hijos, esto se ve especialmente claro, porque ahí no solo hay desacuerdo, sino también mucha carga emocional. Por parte de los padres suele aparecer mucha frustración y mucho miedo: miedo a estar haciéndolo mal, miedo a no saber guiar bien, miedo incluso a estar contribuyendo al sufrimiento futuro de sus hijos. Y cuando uno siente que puede estar fallando en algo tan importante, es fácil reaccionar desde la angustia, la exigencia o el desborde emocional". Mientras que los hijos, al estar en pleno desarrollo aún no tienen las herramientas necesarias para saber regularse por lo que puede que no interpreten lo que ocurre o no sepan anticipar las consecuencias de sus actos.

"Muchas veces les exigimos un nivel de madurez que todavía no pueden sostener. Por eso, enfocar bien una discusión entre padres e hijos implica, primero, rebajar la presión. Tanto la presión que se ponen los padres a sí mismos como la presión que muchas veces se deposita sobre los hijos". ¿Qué puede ayudar aquí? Pues dejar de imponer desde arriba, no obsesionarse con tener la razón, saber pedir perdón o corregir y entender que quizá necesitan más experiencia y aprendizaje. En esto también coincide la psicóloga Patricia Ramírez, quien asegura que muchos padres no tienen por costumbre pedir perdón, pero es una forma que une y repara el vínculo, sobre todo en etapas como la adolescencia.

"Para cerrar bien una discusión se exige una cierta inteligencia emocional, pero sobre todo humildad"

Cómo terminar una discusión bien

Hay discusiones que se hacen eternas, que pueden durar días y horas. Entonces, ¿cómo se pone punto y final a una discusión de forma asertiva? ¿Qué ingredientes debe haber? La respuesta de Sergio de Vocht es la siguiente: "Al final, muchas discusiones se alargan porque se produce una especie de transmisión del conflicto: una emoción activa otra, una reacción provoca otra reacción, y así sucesivamente. Por eso, cerrar bien una discusión se exige una cierta inteligencia emocional, pero sobre todo humildad. Humildad para reconocer que, seguramente, algo de lo que estoy diciendo no está llegando como yo creo; que no estoy teniendo en cuenta todos los factores que están influyendo en el otro; y que mi manera de ver la situación no agota la realidad". 

Por ello, los ingredientes son humildad, conciencia de los propios límites, capacidad de autorregulación y reconocimiento de la diferencia. "Entender que el otro no soy yo, que yo no soy el otro, y que a veces terminar bien una discusión no consiste en resolverlo todo, sino en dejar de herirse intentando tener razón". 

Además, también aconseja no ver al otro como un enemigo y no tomarnos de forma literal todo lo que dice esa persona en caliente. No es que no sea importante o que no le demos importancia, sino porque detrás de según qué comentarios hirientes no suele haber un razonamiento claro sino más bien una reacción emocional mal traducida en palabras. "Y en ese punto es fácil confundir torpeza con maldad, cuando no siempre hay una intención dañina detrás, sino dificultad para gestionar lo que uno siente", termina.