Las prisas están acabando con la merienda: "Se asocia a la infancia, pero tiene sentido en la edad adulta y ayuda a manejar el hambre"
“Una merienda sencilla puede aportar vitaminas, minerales, proteínas, fibra y grasas saludables”, apunta José Manuel Ávila, director general de la Fundación Española de Nutrición
El palacio frente al Retiro en que el cada tarde se merienda con sofisticación: "Están arrasando los bocados dulces con Champagne"
Ana no merienda. “Siento que se me junta con la cena”, confiesa con humor. Solo recae en el hábito de infancia cuando está en casa de su madre, en la que si se pica algo a media tarde. Se une, dice, aunque con limitaciones. Si se hace un bocadillo, está lejos de ser como el que se hubiese hecho en la adolescencia. Lo cierto es que no está sola. Puede que la merienda sea un hábito que da para tantos reels admirativos de choques culturales de extranjeros que llegan a España, que se sorprenden con que tengamos una palabra para esta comida, pero lo cierto es que a la hora de la verdad está en peligro de extinción.
Las estadísticas más recientes sobre cómo y cuánto merendamos apuntan que la merienda está perdiendo terreno, especialmente entre la población adulta. Eso es lo que concluye el 'III Radar Saludiable', que elabora la Fundación Española de Nutrición (FEN) y Dia. Cuatro de cada diez españoles confiesan que ya no merienda nunca. Es, eso sí, una media, porque si se pone el foco en las estadísticas emerge una realidad concreta. Merendar se ha convertido en algo de la infancia, a lo que se va renunciando a medida que se cumplen años. Así, en los hogares sin menores solo el 25,8% de los encuestados reconoce que sigue merendando todos los días (o prácticamente todos). Entre los que sí tienen niños y niñas, el porcentaje sube hasta el 58%.

De hecho, eso es lo que ocurre en casa de Cristina, que asegura que ella misma no merienda, pero que sus criaturas no le perdonan esa comida. “Si alguna vez no le damos de merendar porque acabamos de comer a las cinco, mi hijo se enfada”, cuenta. “Mi hijo no perdona la merienda”, resume. Sus hijos hacen merienda, pero también una media mañana.
“Asociamos la merienda a la infancia porque es una comida que tradicionalmente forma parte de las rutinas de los niños”, apunta a la web de 'Informativos Telecinco' José Manuel Ávila, director general de la Fundación Española de Nutrición, “especialmente durante la etapa escolar ya que facilita cubrir las necesidades del crecimiento”.
Sin embargo, pensar que este es solo un hábito digno de niñas y niños es un error. El experto asegura que “puede tener sentido en la edad adulta”. “No se trata de merendar por obligación, sino de entender que puede ayudarnos a distribuir la ingesta a lo largo del día, a variar los distintos alimentos que consumimos y, en muchos casos, a equilibrar la ingesta energética ya que puede manejar el hambre”, promete, destacando el calor que tiene para las personas mayores, a quienes ayuda a fraccionar la ingesta alimentaria y a cubrir sus necesidades nutricionales.
Los beneficios son múltiples. Ávila apunta que “una merienda sencilla puede aportar vitaminas, minerales, proteínas, fibra y grasas saludables”. El experto también destaca un punto que no debe infravalorarse, el del valor social de la merienda. “También puede ser un momento de disfrute y socialización”.
Pero, si la merienda tiene tanto valor potencial, ¿por qué desaparece?
Las prisas matan a la merienda
El Radar Saludiable ha identificado unos cuantos mitos sobre la merienda que se han enquistado. Uno es ese que indica que esto es un hábito infantil. Los otros dos son que engorda y que quita tiempo.
Justamente el tiempo es una de las cuestiones fundamentales que explican el ocaso de la merienda en España: es un daño colateral más de unas agendas cada vez más aceleradas. Un 33,3% de los encuestados asegura que no merienda porque no tiene tiempo para hacerlo. “La falta de tiempo hace que, en ocasiones, improvisemos nuestras comidas o demos menos importancia a momentos como la merienda”, asegura Pilar Hermida, directora de Comunicación y Sostenibilidad de Grupo Dia. También impacta el precio. Un 35% asegura que si la merienda no forma parte de sus rutinas diarias es por su coste.

En parte, este último punto se conecta con otra percepción merendil. Un 31,7% lo asocia a darse un “capricho dulce”, como muestra el estudio, lo que refuerza esa percepción de que no es muy saludable (y saldrá un poco más caro). Sin embargo, nada obliga a que la merienda sea dulce. Cuando sí se merienda, de hecho, lo que más se come es fruta (31,7%) o un lácteo (30,6%).
“No existe una única merienda ideal para todo el mundo”, señala Ávila. “La clave es priorizar alimentos de calidad, variar las opciones y adaptar la merienda a las circunstancias de cada persona”, afirma el experto. Si tuviese que recomendar qué escoger, apunta hacia dejar en la merienda entre el 10 y el 15% de la ingesta diaria de energía y favorecer productos “con una buena calidad nutricional”. Ni siquiera para seguir este consejo se necesita reinventar la rueda. El nutricionista habla del bocadillo tradicional o los frescos (especialmente de temporada y proximidad).
