Bilbao

Así trabajan, a 55 metros de altura y colgados de cuerdas, los cuatro especialistas que limpian los 2.500 cristales del Museo Guggenheim

Dos operarios escalan por cuerdas por la fachada del Guggenheim Bilbao.
Serveo lleva 29 años encargándose del mantenimiento y limpieza de los exteriores e interiores del museo.. Serveo
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BilbaoEl Museo Guggenheim Bilbao irrumpió hace casi 30 años en la capital vizcaína, con su traje de titanio, para convertirse en uno de los mayores atractivos turísticos de la Villa y, por encima de eso, en el buque insignia de la transformación de Bilbao. Lejos queda aquella ciudad industrial y gris con una ría sucia y contaminada.

Hoy Bilbao es otra cosa, y ahí, precisamente a orillas de la ría y junto al Puente de La Salve, el Guggenheim lleva tres décadas, sumando artistas, exposiciones, colecciones y visitantes, como si el tiempo no pasara por el. Los responsables de que luzca siempre impoluto son cuatro especialistas: Julen, Pablo, Iñigo e Isaac.

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Los cuatro son operarios de la empresa Serveo, que lleva 29 años, desde que se inauguró el museo, encargándose del mantenimiento y la limpieza de estas instalaciones, y forman parte de un equipo más amplio, compuesto por medio centenar de profesionales que ponen su granito de arena a diario para, desde las sombras, hacer también que el museo sea lo que es. “Pero los escaladores nos eclipsan a todos”, bromean sus compañeros.

2.500 cristales, a 55 metros del suelo

Sin embargo, hoy levantamos la vista al cielo para encontrarnos con esos cuatro hombres que, al más puro estilo del cinematográfico ‘Spiderman’, trepan por la fachada del museo ayudándose de cuerdas para, entre otras labores, encargarse de la limpieza de los 2.500 cristales que recubren los exteriores del museo.

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Trabajan por parejas y "procuramos que no permanezcan más de dos horas seguidas colgados"

Normalmente, trabajan por parejas y las cuerdas, los extensores, los ganchos, anclajes y arneses forman parte de una rutina diaria en la que la seguridad es la máxima. A 55 metros del suelo, la altura del museo en su punto más alto a excepción de la torre de piedra anexa que alcanza los 65, “un fallo puede ser mortal”, puntualiza Oscar Rábade, facility manager de Serveo. Aquí, no hay lugar para los despistes, “no podemos tener ni un susto”; tampoco para la suerte, “vamos atados a dos líneas de vida por si fallara una, contar con un plan b”.

Estar en buena forma física, “para subir 20 metros a pulso” y poder aguantar horas colgados de las cuerdas; y no sufrir de vértigo, por supuesto, para poder pasarte tu jornada laboral en las alturas son algunos de los requisitos imprescindibles para descender con soltura en vertical por la fachada mientras se adecentan los muros acristalados expuestos a la intemperie y la polución.

Las caprichosas formas del Guggenheim no facilitan la tarea que se complica en puntos muy concretos, “donde los cristales están muy extraplomados”, es decir, inclinados hacia fuera. El atrio central por ser una de las zonas “más visibles” del museo es también una de las que con más frecuencia se somete a una limpieza. “Normalmente se limpia una vez al mes y lo hacen los cuatro operarios a la vez, durante unos cuatro o cinco días”, añade.

De las paredes del Guggenheim a escalar paredes de piedra

La experiencia de estos trabajadores, “son escaladores que los fines de semana cambian las paredes del Guggenheim por las del monte”, sumada a que todos ellos llevan ya varios años desempeñando esta labor, les permite desarrollar con soltura un trabajo que, a ras de suelo, genera curiosidad. No son pocos los visitantes del museo que al verles despegan momentáneamente la mirada de las colecciones expuestas en las galerías del Guggenheim para seguir las andanzas de estos ‘hombres araña’. “Es habitual que nos hagan fotos y hasta vídeos”, relata Óscar, con humor.

En un edificio de estas dimensiones la limpieza de las fachadas de vidrio se acomete por partes y siempre con planificación previa, pero en una ciudad como Bilbao, con fama de ser una de las más lluviosas de la península, toca mirar al cielo y consultar las previsiones antes de encaramarse a la plataforma elevadora, que iza a los trabajadores hasta un máximo de 15 metros, y a partir de ahí, empezar a tirar de brazos. “Ocurre como en casa, si ves que va a llover no merece la pena ponerte a limpiar los cristales”.

Por estaciones, la primavera es, tal vez, la época del año en la que los cristales del Guggenheim Bilbao más se ensucian. La culpa la tiene el polvo, el polen y la combinación de días de lluvia y calima, “eso es lo peor”, admite Óscar.

Entre las funciones de estos profesionales hay tareas menos visibles, pero igual de importantes para que dentro del museo todo funcione como un reloj. Así, se recorren las fachadas para revisar los canalones y sumideros, que condicionados por las caprichosas curvas y pendientes del edificio de Frank Gehry, “hay que mantenerlos limpios de hojas y suciedad” para que “el agua fluya por los exteriores” y no termine filtrándose dentro. También son ellos los responsables de “subirse a los falsos techos” para reforzar los tirantes que se emplean para que algunas obras de arte se suspendan en el aire, cuando hay un cambio de exposición.