Motor

Una avería silenciosa puede disparar el consumo de combustible sin que muchos conductores la detecten a tiempo

Una sonda lambda. Telecinco.es
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Casi ninguna avería mecánica tiene como resultado facturas tan altas y avisos tan discretos como el desgaste de la sonda lambda, un pequeño sensor situado en el tubo de escape que buena parte de los conductores desconoce hasta que un mecánico lo nombra. Cuando esa pieza empieza a fallar, el consumo de combustible del vehículo puede subir entre un 10 y un 15% sin síntomas evidentes. Sin ruidos, sin pérdida de potencia perceptible, sin que haya un testigo encendido en el salpicadero. 

El coche puede circular meses así, gastando cada mes más gasolina de la que debería, y el propietario puede atribuir el sobrecoste al precio del carburante o a la mala suerte del último viaje.

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Qué es la sonda lambda

La sonda lambda es un sensor pequeño ubicado en el tubo de escape. Su función es medir la cantidad de oxígeno presente en los gases que salen del motor y transmitir esa información en tiempo real a la unidad de control electrónico. Con ese dato, la centralita ajusta la proporción de aire y combustible que se inyecta en los cilindros. 

Cuando la sonda funciona bien, la mezcla es la que el fabricante diseñó para un consumo mínimo. Cuando envejece, se contamina con carbonilla o se avería, la centralita deja de recibir información fiable y funciona según mapas predefinidos. Ante la duda, casi siempre enriquece la mezcla, por lo que inyecta más combustible del necesario para evitar cualquier daño al motor. Es la opción más segura, pero también la más cara.

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Bosch, la compañía alemana que inventó el componente hace más de cuatro décadas y que sigue siendo el mayor fabricante mundial de sensores para automoción, cifra en un quince por ciento el sobreconsumo medio de un vehículo con la sonda deteriorada. Así, para un conductor con un kilometraje medio de catorce mil kilómetros al año, el sobrecoste anual puede superar los 300 euros al precio actual del combustible.

¿Por qué pasa desapercibida la avería?

El motivo por el que la avería pasa desapercibida es sencillo de entender. El testigo de control del motor, el llamado check engine, solo se activa cuando la sonda está muy degradada, y en muchos casos no llega a encenderse durante todo el ciclo de deterioro. 

El motor sigue arrancando bien, el ralentí puede mostrar oscilaciones leves que el conductor atribuye al frío, el rendimiento no cae de forma evidente. La única pista fiable es vigilar la media de consumo del propio vehículo. Cuando un coche que hasta hace unos meses hacía seiscientos kilómetros por depósito empieza a hacer quinientos veinte o quinientos cincuenta sin cambio de ruta ni en el estilo de conducción, la sonda lambda entra directamente en la lista corta de sospechosos.

Un taller profesional detecta el problema en diez o quince minutos con un lector de diagnosis OBD. Un sensor en buen estado genera una señal variable, alternando aproximadamente dos veces por segundo entre valores de 0,1 y 0,9 voltios. Un sensor desgastado responde con lentitud, mantiene valores fijos o presenta un patrón irregular que el escáner traduce en códigos de error específicos, típicamente de la familia P013X.

Bosch recomienda revisar la sonda cada treinta mil kilómetros y sustituirla cuando el análisis lo aconseje. Su vida útil habitual ronda los ciento cincuenta mil kilómetros, con variaciones según el estilo de conducción, la calidad del combustible y la acumulación de carbonilla en el sistema de escape. La sustitución cuesta entre cien y trescientos euros con mano de obra incluida, dependiendo del modelo del coche y del número de sondas —los vehículos modernos suelen llevar dos, una antes del catalizador y otra después—. La cifra es sensiblemente inferior al sobrecoste acumulado de circular con la pieza averiada, y notablemente menor que el coste asociado al deterioro que la sonda defectuosa produce con el tiempo en el catalizador, componente cuya sustitución supera con facilidad los mil euros.