La forma de conducir en ciudad que hace gastar mucho más y desgasta antes el coche
La conducción agresiva entre semáforos consume mucho más combustible y desgasta piezas del motor
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El semáforo se pone en verde. El conductor acelera a fondo para ganar tres o cuatro metros al coche del carril contiguo. Cien metros más adelante, el siguiente semáforo se pone en rojo. Frenazo brusco para detenerse a tiempo. Espera. Un nuevo verde y una nueva aceleración a fondo, seguida de una nueva frenada brusca. La secuencia se repite decenas de veces cada trayecto urbano y define un patrón de conducción de una parte importante de los conductores españoles en cualquier ciudad mediana o grande.
Las consecuencias son dobles y cuantificables. El consumo de combustible aumenta hasta un 40% respecto a una conducción tranquila en ciudad. El desgaste mecánico además se acelera de forma paralela sobre las cuatro piezas más caras del vehículo: los frenos, el embrague, los neumáticos y el propio motor.
En un trayecto urbano típico de 15 minutos, esa conducción agresiva no supone ganar tiempo de verdad, ya que los semáforos se sincronizan, los atascos esperan y el destino no se acerca más rápido, pero acorta sensiblemente la vida útil del coche y engorda la factura del combustible sin contraprestación.
Qué le pasa al coche
Cuando el motor acelera bruscamente desde parado, la centralita envía a los inyectores una cantidad de combustible muy superior a la que un arranque progresivo exigiría, porque necesita generar la energía cinética para poner el coche en movimiento en pocos segundos. Cada acelerón consume varias veces más gasolina o diésel que un arranque suave a las mismas revoluciones. Cuando el conductor frena bruscamente pocos metros más adelante, toda esa energía cinética recién generada se disipa en forma de calor sobre las pastillas y los discos de freno. El coche vuelve a estar parado. La operación completa ha quemado combustible sin un avance útil.
Las consecuencias mecánicas de repetir este ciclo docenas de veces por trayecto son medibles. Las pastillas de freno se desgastan al doble o al triple de velocidad respecto a una conducción anticipada. Los discos pierden material progresivamente y exigen sustitución antes de plazo (una intervención combinada de pastillas y discos por eje ronda los 400 o 500 euros). El embrague sufre cada vez que el conductor lo pisa y suelta con brusquedad al arrancar, y su vida útil puede reducirse a menos de la mitad de lo previsto por el fabricante (la sustitución completa oscila entre 800 y 1.500 euros según modelo). Los neumáticos pierden banda de rodadura de forma acelerada por las fricciones repetidas. Y el motor arranca cada vez desde revoluciones bajas y las sube violentamente hasta el rango alto, exigiendo trabajo extra al turbocompresor, la caja de cambios y toda la cadena mecánica.
La ciudad, además, ya es de por sí el entorno más agresivo para cualquier coche moderno. Los trayectos cortos no permiten que el motor alcance su temperatura óptima de funcionamiento, que es de entre 80 y 90 grados, con lo que la lubricación no llega a distribuirse correctamente por todos los componentes. El sistema de escape no se calienta lo suficiente para regenerarse (particularmente crítico en diésel con filtro de partículas). El aceite tarda más en circular por el motor. Y las paradas continuas impiden que los propios frenos se refrigeren adecuadamente entre uso y uso.
Cómo cambiar el patrón sin perder tiempo
La conducción eficiente que la DGT lleva años difundiendo se basa en un principio sencillo: la anticipación al tráfico. En lugar de acelerar hasta el semáforo próximo y frenar al llegar, el conductor debe observar la secuencia de semáforos, calcular la velocidad a la que llegará al siguiente en verde y ajustar el acelerador para mantener el coche en movimiento constante.
En lugar de acelerar cuando ve el semáforo en rojo delante, levanta el pie del acelerador con antelación y deja que la propia inercia del vehículo lo lleve hasta la línea de detención con la marcha engranada, sin consumir combustible durante ese tramo (los motores modernos cortan el suministro cuando circulan con marcha engranada sin acelerador pisado). En lugar de mantener el pie apoyado en el embrague durante las paradas cortas, apaga el motor si la espera supera los 60 segundos, hábito que los propios sistemas start-stop de los coches recientes automatizan sin intervención del conductor.
Respetar la distancia de seguridad al vehículo precedente es probablemente la intervención más rentable de todas. Cuando el conductor va pegado al parachoques del coche de delante, se ve obligado a frenar cada vez que aquel frena y a acelerar cada vez que aquel acelera, con lo que reproduce mecánicamente su patrón sin margen para anticipar. Con dos o tres segundos de separación entre vehículos, el conductor tiene tiempo de levantar el pie del acelerador antes de que la frenada del coche precedente le obligue a pisar el propio pedal del freno, y mantiene una velocidad más constante que permite aprovechar la inercia del propio vehículo.
Y es que una conducción tranquila no implica conducir despacio. Significa conducir con anticipación, sin acelerones innecesarios ni frenazos evitables, respetando distancias y aprovechando las inercias. El tiempo real de trayecto es prácticamente el mismo. La diferencia aparece en la factura del combustible, en la del taller y en el año extra o dos que dura el propio coche antes de necesitar la primera reparación importante.