Crimen

La vecina de Laura Domingo, la niña asesinada en Burgos cuyo crimen prescribe en 2029: "Hay gente que sabe y está callada"

Laura Domingo, la niña que fue asesinada en Burgos en abril de 1991. Informativos Telecinco
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En el número 4 de la calle Sasamón, en el barrio burgalés de Capiscol, el tiempo parece haberse detenido en la tarde del 8 de abril de 1991. Allí vivía Laura Domingo, una niña de seis años cuya sonrisa se apagó tras 20 días de búsqueda angustiosa. Su cuerpo apareció el 28 de abril en un paraje de San Medel, a cinco kilómetros de su hogar, tras haber sido asfixiada por una persona que sigue sin estar identificada por las autoridades 35 años después. El caso encara, de hecho, su cuenta atrás definitiva hacia la prescripción en 2029.

María García, portavoz de la Asociación Vecinal Capiscol Bulevar XXI y vecina de la planta inferior de la familia Domingo en aquella época, mantiene la memoria intacta a sus 77 años. "Yo vivía justo enfrente de su casa", recuerda esta mujer que, junto a una amiga que ahora está en una residencia, se convirtió en una de las principales voces que han mantenido vivo el caso.

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Tal y como explica María a la web de 'Informativos Telecinco', ambas han convocado numerosas manifestaciones para reclamar justicia durante mucho tiempo y, año tras año, han depositado flores en una cruz que colocaron en memoria de la pequeña donde fue hallada sin vida y que ahora se disponen a renovar: "El año pasado no pude ir por las piernas, pero ahora he encargado una cruz nueva. La vamos a pintar y a poner su foto, porque eso nadie me lo puede impedir".

La desaparición de Laura y los 20 días de búsqueda

Aquel 8 de abril, mientras la madre de Laura preparaba en casa la tarta para el cumpleaños de la pequeña, que se celebraría al día siguiente, el destino de la familia se truncó. Según el relato de los niños que jugaban con ella, "que ahora son adultos y siguen residiendo allí", un hombre joven se la llevó de la mano con el pretexto de un regalo de cumpleaños. No hubo forcejeos ni gritos, parece que la niña conocía al individuo. "Se la llevó alguien que ella conocía", precisa María, que asegura que el individuo y la pequeña se fueron caminando en dirección al centro de Burgos, donde, a su juicio, "seguramente la mataron".

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Los padres de la niña, junto a algunos vecinos, se alertaron por la desaparición y comenzaron a buscar. La incertidumbre se acrecentó con el paso de los días, pero semanas después, el 28 de abril, se halló el cuerpo sin vida de la pequeña en un paraje llamado La Majada, cerca de un pequeño arroyo del río Arlanzón, a 400 metros de San Medel. El cadáver estaba limpio e intacto, con la ropa planchada y sin signos de haber estado a la intemperie.

No se apreciaron signos de agresión sexual ni de violencia física traumática, salvo unos pequeños hematomas en el rostro. Los investigadores determinaron que Laura murió por asfixia, provocada por un objeto romo que pudo ser un cojín u otro elemento blando. Además, llamaron la atención varios objetos hallados junto al cuerpo cuya procedencia se desconocía, como unas bolsas y una toalla. Al no poder acudir los padres a la identificación, fue su tío materno, Alberto, quien se presentó en el paraje de San Medel. La familia esperaba que la autopsia arrojara luz sobre el cautiverio, pero los resultados solo aumentaron el misterio. Los análisis apuntaban a que Laura pudo haber sido cuidada y alimentada hasta poco antes de su muerte. Según recuerda María, se indicó entonces que en su estómago se hallaron “restos de cabeza de jabalí”, un detalle que sugiere que la menor permaneció en un entorno doméstico, alejada de la intemperie, y bajo el cuidado de alguien que la conocía.

Errores judiciales y el descarte del primer sospechoso

La investigación inicial estuvo marcada desde el inicio por errores que aún hoy resultan difíciles de explicar. Se perdieron objetos en los traslados y, lo más grave, se destruyeron varios pelos extraídos del cadáver de Laura en un laboratorio de Santiago de Compostela; la tecnología de ADN de 1991 era tan incipiente que consumió las muestras sin dar resultados. Esto llevó al archivo del caso por primera vez en 1993.

Años después, en 1999, se produjo una reapertura y un segundo archivo. Al no haber un móvil del crimen (ni económico ni sexual), las autoridades sospecharon que el criminal podía ser de la zona y estar diagnosticado con algún tipo de trastorno. Se revisó una lista de personas y encajó el perfil del hijo de unos conocidos hosteleros. Su familia tenía una casa en San Medel, por lo que se procedió a un registro y a otras diligencias.

Sin embargo, tras años de sospecha y un fuerte señalamiento social que afectó gravemente a la familia hostelera, el joven demostró que estaba en Valencia en el momento del crimen. La investigación volvía entonces al punto de partida.

El relato del tío materno en 2006 que dio un giro al caso

El silencio judicial no volvió a romperse hasta 2006, cuando el foco giró hacia el círculo íntimo de la pequeña. Los agentes citaron a Alberto, el tío materno, y le pidieron que ofreciera su propia versión de los hechos, sin que en ese momento constara como sospechoso. Fue entonces cuando, según los investigadores, el familiar ofreció un relato "pintoresco", pero con algunos elementos que consideraron verosímiles. Alberto señaló a su expareja, Rosario (Charo) -quien se había suicidado años antes en un psiquiátrico de Palencia-, asegurando que ella y un amigo, Jesús, se llevaron a Laura en su Ford Orion con la excusa de un regalo. Según esta versión, la niña murió "de forma accidental" asfixiada con un cojín dentro del vehículo y su cuerpo fue ocultado en un congelador en el ático donde vivía Charo, en la zona del Hondillo, en pleno centro de la ciudad.

En su declaración, Alberto también implicó a Martina (Marta) y Toño, inquilinos de aquel ático, como los encargados de trasladar el cadáver hasta el paraje de San Medel tras varios días de congelación. Intentó justificar su presencia en la trama alegando que la pareja le pidió prestado su coche para ir a una fiesta en Quintanar de la Sierra y que, aprovechando el viaje, usaron el vehículo para deshacerse del cuerpo sin que él lo supiera. Sin embargo, este relato chocó con un hecho objetivo: el propio Alberto estuvo presente en el levantamiento del cadáver en 1991 para identificar a su sobrina ante la incapacidad de los padres.

Fue precisamente frente a las fotografías de la escena del crimen cuando su línea de defensa resultó contraproducente. Tras 15 años de silencio absoluto, reconoció de pronto que las bolsas de publicidad y la toalla halladas junto al cuerpo eran suyas, alegando que solo "echó en falta" los objetos al limpiar el coche días después del hallazgo. Esta revelación tardía dejó en el aire una cuestión relevante: ¿cómo pudo ver sus propias pertenencias junto al cadáver de su sobrina y callar durante década y media? Pese a que un informe forense de 2008 validó que no era un fabulador, la falta de indicios condenaron el caso a un nuevo sobreseimiento en 2009. Además, Alberto falleció poco después, sin que se pudiera acreditar si aquella confesión fue un acto de conciencia o una maniobra de distracción.

El horizonte de 2029 y las sospechas de un pacto familiar

María asegura que siempre ha tenido sospechas del entorno de Alberto, aunque reconoce que nunca ha encontrado indicios incriminatorios definitivos. Asimismo, subraya que "no se hizo una buena investigación" y lamenta que ciertos testimonios quedaran en el limbo: un taxista le llegó a relatar que, un día antes de que apareciera el cadáver, trasladó a un hombre hasta la zona de San Medel con una bolsa de grandes dimensiones. Sin embargo, aquella pista nunca se esclareció.

La vecina de Laura sostiene que "el culpable del crimen ya ha fallecido", pero está convencida de que la verdad no ha muerto con él: "Hay gente que sabe y está callada". En este sentido, Pedro Torres, abogado de la familia durante años, deslizó en una entrevista para 'Castilla y León Televisión' una tesis demoledora tras conversar con los padres. Según su interpretación, el responsable pertenecía al entorno materno y la familia, en un doloroso ejercicio de supervivencia, habría optado por sellar un pacto de silencio para intentar reconstruir su vida en común. Esta apreciación, no obstante, nunca ha sido confirmada oficialmente.

La vecina de Laura recuerda que la niña "era un sol" y lamenta que algunos allegados se hayan distanciado tras sus constantes indagaciones. Mientras el barrio de Capiscol celebra estos días la fiesta del árbol, conocida como la Pingada del Mayo (una tradición que se canceló por primera vez durante la desaparición de la pequeña), la huella de Laura permanece intacta. Hoy, la Avenida de Laura Domingo en Burgos es el último baluarte contra el olvido; una herida que la ciudad no ha logrado cerrar y que, a tres años de su prescripción, corre el riesgo de quedar sin respuesta definitiva.