Las incógnitas del crimen de Chiara Poggi: aparece un nuevo sospechoso mientras su novio lleva 10 años en la cárcel
Andrea Sempio es el nuevo sospechoso del crimen tras reabrirse un caso que ya condenó al novio de la joven, que lleva 10 años de cárcel.
El crimen de Chiara Poggi ha sido un misterio desde que el 13 de agosto de 2007, esta joven graduada en Economía, de 26 años, fue asesinada a golpes
El crimen de Chiara Poggi ha sido un misterio desde que el 13 de agosto de 2007, esta joven graduada en Economía, de 26 años, fue asesinada a golpes y abandonada en un charco de sangre. A la joven la golpearon en la cabeza y en la cara con un objeto pesado, al menos, en 12 ocasiones. Alberto Stasi, su novio, y la persona que encontró el cuerpo, fue condenado por el crimen en 2015, después de haber sido absuelto dos veces. Ahora lleva cumplidos 10 años de una pena de 16. Siempre se declaró inocente. Desde ese día, Italia no ha dejado de discutir quién la mató, cómo y por qué.
Pero la realidad judicial ha vuelto a poner en primer plano este crimen que Italia nunca ha olvidado. No en vano, el año pasado, la fiscalía reabrió el caso del asesinato: tenía un nuevo sospechoso: Andrea Sempio, un empleado de comercio de 38 años que en la época del crimen era amigo del hermano menor de la víctima, y al que ahora se va a juzgar como presunto autor del crimen. El motivo: la negación de Chiara a mantener relaciones sexuales con él y una prueba de ADN en las uñas de la víctima compatibles con el suyo. No solo eso, la huella número 33 registrada en la pared de la escalera del sótano, a pocos metros del cuerpo de la joven y descartada en su momento por considerarse demasiado tenue, tiene 15 puntos en común con el nuevo acusado.
Aunque la gran novedad que precipitó la convocatoria a declarar de Sempeio fue revelada esta semana por el diario Corriere della Sera. En abril de 2025, un micrófono colocado por los investigadores en el coche de Sempio captó un soliloquio en el que el acusado habría hecho referencia a un video íntimo de la víctima guardado en una memoria USB, un detalle que —según la fiscalía— solo podía conocer alguien que efectivamente lo hubiera visto, dado que Poggi había copiado y luego borrado esos archivos.
En la grabación, Sempio imita una voz femenina y reconstruye un supuesto diálogo en el que habría intentado un acercamiento a la víctima en los días previos al crimen y habría sido rechazado. La versión contradice lo que el acusado sostuvo durante años -ya había sido investigado por el crimen entre 2016 y 2017- , que era haber llamado a casa de los Poggi por error, buscando a su amigo Marco, el hermano de Chiara. Sus abogados afirmaron que Sempio “está en condiciones de explicar” las grabaciones una vez que pueda escucharlas en contexto.
El joven de 38 años ha acudido ahora a la fiscalía de Pavía como único acusado del asesinato y se ha acogido a su derecho a no declarar, pero antes de ello siempre ha manifestado que es inocente.
Los abogados de Stasi intentarán anular su condena
Y qué pasa ahora con Stasi. Sus abogados buscan anular la condena, aunque la familia de Ghiara, aún cree que Stasi es culpable. Alberto fue condenado en última instancia no tanto por las pruebas, sino por la pregunta de fondo: si no fue él, ¿entonces quién?”, explicó al diario británico The Guardian Giada Bocellari, una de sus abogadas. La frase resume con precisión lo que muchos juristas italianos sostienen desde hace años: que la condena de Stasi se construyó sobre pruebas indiciarias y, sobre todo, sobre la ausencia de un sospechoso alternativo.
La policía siempre consideró a Stasi como el principal sospechoso. Sus zapatos estaban demasiado limpios para alguien que se había topado con el cadáver ensangrentado. Apuntaron que debió lavarlos. Los detectives afirmaron que Poggi conocía a su asesino porque abrió la puerta de su casa en pijama. Nunca se encontró el arma homicida. Esos indicios apuntaban, según los investigadores, a su novio. Su físico y carácter tampoco le ayudó ante la opinión pública. Stasi es una persona fría, de ojos azules y rubio, de hecho, fue apodado por la prensa como el rubio de ojos de hielo.
El caso es un cúmulo de despropósitos. Por la casa de los Poggi pasaron, en las primeras horas tras el crimen nada menos que veinticinco personas sin las fundas protectoras reglamentarias en los zapatos, lo que después obligó a la fiscalía a secuestrar las veinticinco pares de calzado para descartar pisadas. Buena parte de quienes trabajaron en la escena no llevaban guantes; alguien resbaló en la sangre, otro vomitó, el sofá del salón fue desplazado sobre algunas manchas y el gato de la familia quedó suelto durante todo el operativo, deambulando por las habitaciones.
Hubo más errores. Las huellas dactilares de la propia víctima nunca fueron tomadas, un olvido que obligó a exhumar el cadáver una semana después del crimen, dos días después del funeral. El ordenador de Stasi, decisivo para verificar su coartada, fue manipulado.
La familia de la víctima, paradójicamente, se opone a la reapertura del juicio: sostiene que la justicia ya identificó al culpable.