Trasplantes

Marta dijo adiós a la diabetes y a la diálisis tras un doble trasplante de páncreas y riñón: "He vuelto a nacer"

Marta Lafuente del Olmo, trasplantada de páncreas y riñón
Marta Lafuente del Olmo, trasplantada de páncreas y riñón. Cedida
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Hace casi un año, durante la madrugada del 14 al 15 de febrero, mientras muchos terminaban de celebrar San Valentín, Marta Lafuente del Olmo entraba en un quirófano para recibir un doble trasplante de páncreas y riñón.

Aquel día no solo marcó un antes y un después en su salud, sino también en su manera de entender la vida. "He vuelto a nacer", resume. Desde entonces, celebra el amor hacia la vida más que nunca y el gesto inmenso de una familia que, en uno de los momentos más duros, decidió donar los órganos de su ser querido.

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Hoy Marta ya no necesita insulina ni depende de una máquina para vivir, como ocurrió durante los últimos años antes del trasplante. Ahora disfruta de las pequeñas cosas como poder improvisar un plan, viajar sin calcular cada día en función de la diálisis o darse pequeños caprichos con la comida sin pensar en su diabetes. También ha vuelto la energía que la enfermedad le fue apagando poco a poco y que ahora, casi once meses después, cuida y valora más que nunca.

40 años conviviendo con la diabetes y casi dos en hemodiálisis

A Marta le diagnosticaron diabetes tipo 1 con solo cinco años. Durante cuatro décadas convivió con la enfermedad y con un tratamiento diario de insulina que se repetía tres veces al día. "Fue un palo para mí y para mi familia, pero con el paso del tiempo conseguimos mantenerla bastante estable", explica. Hubo etapas más complicadas, especialmente durante la adolescencia, cuando sufrió episodios de hipoglucemias e hiperglucemias, aunque nada hacía presagiar hasta dónde podía llegar la enfermedad.

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La diabetes, a menudo descrita como una enfermedad silenciosa, puede avanzar sin síntomas evidentes y dañar progresivamente órganos y vasos sanguíneos. En su caso, las primeras consecuencias aparecieron en la vista. "Empezó afectándome a un ojo, pero gracias a un tratamiento con láser no perdí visión", recuerda. Más tarde, el impacto llegó a los riñones.

Durante un tiempo, los controles mensuales y la medicación lograron frenar el deterioro renal. Sin embargo, el empeoramiento fue repentino. "De un mes para otro el riñón pegó una bajada enorme y, cuando fui a revisión, la nefróloga me dijo: 'Tienes que empezar diálisis'. Aquello fue como un jarro de agua fría", cuenta durante una charla con la web de Informativos Telecinco.

Tenía entonces 42 años y no estaba dispuesta a renunciar a su trabajo, algo incompatible con acudir varias veces por semana al hospital para recibir hemodiálisis debido a su tipo de jornada. Primero probó la diálisis peritoneal, que podía realizar mientras dormía, pero tras varias complicaciones tuvo que pasar a la hemodiálisis domiciliaria. "Me permitió seguir trabajando y organizar mi vida, aunque con limitaciones: me dializaba dos horas y media cinco días a la semana y el cansancio era constante", explica.

Así vivió durante casi dos años, hasta que los médicos le propusieron entrar en la lista de espera para un trasplante conjunto de páncreas y riñón. Tras un año de pruebas, comenzó una espera que se alargó otro año y ocho meses. El trasplante llegó al tercer intento: encontrar un páncreas compatible es complejo y en las dos ocasiones anteriores no se pudo llevar a cabo.

"La primera vez me llamaron para que acudiera al hospital estaba muy nerviosa y después de ocho horas, en las que me realizaron alguna pruebas, me mandaron de vuelta a casa —la compatibilidad definitiva no se confirma hasta el último momento—. La segunda fui más tranquila. Y la tercera, casi como quien va a tomarse una caña, porque pensaba que tampoco iba a ser", recuerda. De hecho, la llamada definitiva de la coordinadora de trasplantes la recibió mientras estaba haciendo la compra semanal en el supermercado.

Era de madrugada, tres de la mañana, cuando entró en quirófano. La intervención duró 14 horas. En pacientes como Marta, el trasplante de páncreas y riñón se realiza de forma conjunta ya que trasplantar solo el riñón supondría que el páncreas, incapaz de producir insulina, podría acabar dañando de nuevo el órgano sano.

"Ahora soy una persona nueva"

"Desde el postrasplante mi vida ha cambiado por completo. Soy una persona nueva. He vuelto a nacer". A Marta todavía le cuesta poner palabras a lo que sintió al despertar tras la intervención. "Entré en el quirófano de una manera y salí siendo otra persona. No podía creerlo". Por primera vez en 40 años, no necesitaba insulina: su páncreas funcionaba con normalidad y el riñón también. "Estaba permanentemente en una nube", recuerda.

La adaptación, sin embargo, no ha sido inmediata en todos los aspectos. Uno de los mayores retos es la alimentación. "La primera noche en el hospital me trajeron una sopa llena de pasta y yo solo pensaba en los hidratos de carbono. Le decía a la enfermera: 'Esto no lo puedo comer'". Cuatro décadas de diabetes no se borran de un día para otro. "Ya no soy diabética, pero todavía me cuesta creerlo. Poco a poco me voy acostumbrando y, de vez en cuando, me permito algún capricho", cuenta.

'Hablando de trasplantes'

Vivir un trasplante en primera persona ha llevado a Marta a tomar conciencia de la importancia de la donación de órganos y a convertir esa experiencia en un propósito. "Falta mucho por hacer", asegura. "Necesitamos que la gente joven se anime a donar. Siempre piensas que no te va a tocar a ti, pero cuando te pasa, todo cambia. Donar es un acto de generosidad y hacerse donante es muy fácil".

Con esa idea nació su cuenta de Instagram @hablando_de_trasplantes, un espacio desde el que divulga y da visibilidad a todo lo que rodea al proceso del trasplante, antes y después.

Uno de los aspectos en los que más insiste es en la importancia de dejar hechas las instrucciones previas —también conocidas como testamento vital— una vez alcanzada la mayoría de edad. Se trata de un documento legal en el que una persona deja por escrito cómo desea que sea su atención médica en el futuro y el destino de su cuerpo u órganos tras el fallecimiento, designando además a un representante para garantizar que se cumpla su voluntad.

"Es un trámite sencillo y muy importante, especialmente para los jóvenes", explica Marta. "Para una familia puede ser un impacto tener que decidir en un momento tan crítico, como unos padres que acaban de perder a un hijo. Dejarlo por escrito evita ese peso y no debería posponerse pensando que aún quedan muchos años de vida, porque nunca se sabe".

En sus publicaciones también aborda la importancia del ejercicio tras un trasplante. En su caso, ha reconectado con la Marta niña que hacía ballet y ha recuperado las caminatas que tuvo que abandonar cuando su función renal empezó a fallar. "Llegó un momento en el que caminaba veinte minutos y me agotaba", recuerda.

Otro de los temas que trata con frecuencia son las adherencias abdominales tras un trasplante. "Los órganos trasplantados se suturan al tejido —no le han extirpado ni su páncreas ni su riñón — y eso puede generar adherencias internas que, en algunos casos, pueden requerir nuevas intervenciones", explica. El ballet y los estiramientos ayudan a su organismo a evitar una tejido cicatricial fibroso. "La cicatrización interna es mucho más lenta que la externa y hay que darle tiempo al cuerpo".

Su experiencia también la ha llevado a los hospitales para acompañar a otros pacientes y contar cómo es la vida antes y después de un trasplante. Participa en programas de mentoring en el Hospital 12 de Octubre y Puerta de Hierro, y próximamente también en La Princesa. "Los pacientes suelen tener miedo, dudas o muchas reticencias. Yo no tuve mentoring y me habría encantado".

"No todo es positivo ni antes ni después del trasplante. En el postrasplante estás inmunodeprimido y hay momentos duros, pero con esfuerzo y constancia se pueden conseguir muchas cosas. Al final del túnel hay luz, de verdad", concluye. Marta sueña ahora con escribir un libro que recoja su historia, acompañe a quienes atraviesan un proceso similar y refuerce un mensaje que considera esencial: la donación de órganos salva vidas.