Salud mental

Xavi Cañellas, reconocido psiconeuroinmunólogo: "La felicidad se entrena, igual que aprendemos una habilidad"

Xavi Cañellas, psiconeuroinmunólogo, da las claves para ser felices. Cedida
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Con más de veinte años dedicados a integrar ciencia, clínica y divulgación, Xavi Cañellas se ha convertido en una de las voces de referencia en psiconeuroinmunología en España. Fisioterapeuta de formación y especialista en biología molecular, cofundador de Regenera y director del Máster en Psiconeuroinmunología Clínica de Regenera University, donde asesora a deportistas de élite, su enfoque conecta cuerpo, mente y sistema familiar para comprender el bienestar desde una mirada integradora

En esta entrevista con 'Informativos Telecinco' reflexiona sobre las expectativas, la familia, el cuerpo y la coherencia interna como claves para entrenar la felicidad y, sobre todo, para construir una paz más profunda y sostenible en la vida cotidiana.

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Pregunta: Dices que “la felicidad es igual a la vida menos lo que esperas de ella”. ¿Cómo nació esta reflexión?

Respuesta: Esta reflexión nace de observar muy a menudo que vivimos centrados en lo que nos falta, en lo que no tenemos o en lo que creemos que la vida debería darnos. Nos acostumbramos a mirar desde la expectativa y la queja, y desde ahí resulta muy difícil percibir la felicidad que ya está presente. 

Cuando dejamos de comparar la vida con ese ideal permanente (ese 'pedestal' de cómo debería ser todo) y empezamos a reconocer lo que sí existe, lo que sí hemos logrado y lo que ya somos, cambia profundamente nuestra experiencia. Al disminuir la expectativa, aparece con más claridad el valor de lo cotidiano y el simple hecho de estar vivos como un regalo extraordinario

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Esta idea también nace de personas que han marcado mi camino. Mi gran amigo Víctor Sánchez, que siempre me repetía que lo único importante es ser feliz (una frase que inspiró y a la que dedico parte de mi último libro), y también leyendo a Mo Gawdat, me marcó cómo tras la pérdida de su hijo y en medio de un dolor devastador, decidió reflexionar y escribir sobre la felicidad, mostrando que incluso en las circunstancias más difíciles la felicidad tiene más que ver con nuestra relación con la vida que con lo que la vida nos da. 

En el fondo, la felicidad no es añadir más cosas a la vida, sino aprender a reducir la distancia entre lo que vivimos y lo que esperamos vivir.

La vida es un juego. Y como todo juego, se vive mejor cuando uno está presente, alineado consigo mismo y conectado con lo que realmente es

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P.: ¿Por qué crees que vivimos con tantas expectativas —y muchas veces tan alejadas de la realidad— sobre cómo debería ser la vida?

R.: Vivimos con tantas expectativas porque hemos normalizado compararnos constantemente con los demás y tomar como referencia vidas que no son la nuestra. Intentamos cumplir modelos externos de éxito, bienestar o felicidad sin tener en cuenta nuestro propio contexto, nuestra historia y el momento vital que estamos atravesando.

Cada etapa de la vida tiene sus ritmos y sus demandas. No vive igual una persona que acaba de ser madre o padre (con cansancio, falta de sueño y cambios profundos en su día a día) que cuando tenía otra realidad distinta. Sin embargo, muchas veces seguimos exigiéndonos el mismo rendimiento o la misma imagen idealizada de vida. No tendremos la casa perfecta ni el equilibrio ideal en ese momento, pero precisamente esa experiencia también forma parte de la vida y ¡qué maravilloso es también!

A esto se suma la influencia de las redes sociales, donde estamos expuestos de forma continua a versiones parciales e idealizadas de la vida de otros. Comparamos nuestra experiencia real, con sus dificultades y matices, con fragmentos seleccionados que no sabemos hasta qué punto reflejan la realidad.

Desde mi visión, la vida es un juego. Y como todo juego, se vive mejor cuando uno está presente, alineado consigo mismo y conectado con lo que realmente es. Jugar implica algo simple y a la vez exigente: disfrutar del hecho de estar vivo y dedicar energía a aquello que nos apasiona.

El bienestar no aparece solo por crecer hacia fuera (en logros, éxito o reconocimiento), sino cuando existe coherencia interna. Cuando dejamos de pelearnos con lo que somos, cuando aceptamos nuestra experiencia y nos alineamos con nuestra propia naturaleza, la vida deja de ser una lucha constante y empieza a ser una experiencia más plena. Aceptar lo que hay no es resignarse, sino partir de la realidad para poder vivir con mayor conciencia, libertad y sentido.

P.: Cuando alguien llega a consulta sintiendo que “no puede” ser feliz, ¿por dónde sueles empezar a trabajar?

R.: Siempre empiezo por el principio: por su origen. Por comprender su historia, su sistema familiar y el contexto en el que se ha construido su forma de sentir y percibir la vida.

El sistema familiar es el primer entorno donde aprendemos cómo relacionarnos con el mundo, con el amor, con el conflicto, con el merecimiento o con el bienestar. Muchas veces lo que una persona vive como un bloqueo personal tiene que ver con dinámicas relacionales, aprendizajes inconscientes o lealtades familiares que condicionan su manera de sentir y actuar.

También aporta mucha información la dimensión transgeneracional. La evidencia muestra que las experiencias de generaciones anteriores pueden influir en nuestra biología, en nuestra regulación emocional y en nuestros patrones de respuesta al estrés. Desde una mirada sistémica entendemos que no solo somos individuos aislados, sino parte de una historia que nos precede y que sigue influyendo en nosotros.

Trabajar desde la sistémica familiar permite comprender el lugar que ocupa la persona dentro de su sistema, identificar patrones repetidos y favorecer procesos de mayor coherencia interna. Cuando alguien entiende su historia y el origen de sus patrones, aparecen nuevas formas de relacionarse consigo mismo y con la vida, y desde ahí se abre la posibilidad real de bienestar.

P.: Afirmas que la felicidad se entrena. ¿Qué significa eso en la práctica, más allá de frases inspiradoras?

R.: Cuando digo que la felicidad se entrena no lo planteo como una idea inspiradora, sino como algo literal. Igual que entrenamos el cuerpo o aprendemos una habilidad, también podemos entrenar los estados internos y la forma en la que nos relacionamos con la vida.

En la práctica significa actuar de forma consciente cada día: aprender a no quejarnos, agradecer (ya sea escribiéndolo, reflexionando o cómo sientas que es mejor), cuidar el diálogo interno y hablarse con respeto y amabilidad. Significa también tomar decisiones, salir de la zona de confort, pedir ayuda cuando es necesario, cuidar los vínculos y expresar el amor hacia tus personas.

Entrenar la felicidad es pasar de la idea a la acción. Es una práctica que se construye, y como decía Pau Donés, vivir es urgente. Y entrenar cómo nos sentimos, también.

Pasar de una vida difícil a una vida más plena no depende de grandes cambios extraordinarios, sino de pequeñas decisiones cotidianas

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P.: ¿Y qué hábitos cotidianos ayudan realmente a pasar de una vida difícil a una vida más feliz?

R.: Los cambios profundos empiezan con hábitos sencillos pero sostenidos en el tiempo. En primer lugar, recuperar la conexión con uno mismo. Muchas personas viven desconectadas de lo que sienten o necesitan y ni siquiera se detienen a preguntarse cómo están o qué requiere su cuerpo en cada momento.

Exponernos a la luz solar, mover el cuerpo con regularidad, hacer ejercicio, respetar los ritmos de descanso y alimentarnos con alimentos reales. Estos hábitos regulan el sistema nervioso, la inflamación y el estado emocional de forma directa.

Otro aspecto clave es cuidar el entorno en el que vivimos. Las relaciones que mantenemos, los vínculos y el ambiente que nos rodea influyen profundamente en nuestra salud y bienestar. Rodearnos de personas que sumen.

Y, aunque parezcan gestos pequeños, conductas como sonreír más, abrazar, expresar nuestro cariño y practicar el agradecimiento tienen un impacto real en nuestra fisiología y en cómo percibimos el mundo.

En el fondo, pasar de una vida difícil a una vida más plena no depende de grandes cambios extraordinarios, sino de pequeñas decisiones cotidianas que nos acercan a una vida más coherente con lo que somos, ¡y más feliz!

P.: Desde la psiconeuroinmunología, ¿qué papel juega el cuerpo —y no solo la mente— en este proceso?

R.: Desde la psiconeuroinmunología entendemos que el cuerpo no es solo un receptor pasivo de lo que ocurre en la mente, sino un protagonista activo en los procesos de salud, bienestar y regulación emocional. El estado del sistema nervioso, el sistema inmunitario, la inflamación, las hormonas o la microbiota influyen directamente en cómo sentimos, pensamos y percibimos la realidad.

El cuerpo participa constantemente en la construcción de nuestra experiencia emocional. Por ejemplo, la inflamación sistémica, las alteraciones del eje del estrés, los cambios en la microbiota intestinal o la desregulación del sistema nervioso autónomo pueden modificar el estado de ánimo, la motivación, la percepción del peligro o la capacidad de bienestar.

No podemos entender el sufrimiento o la felicidad únicamente como procesos mentales, sino como estados biológicos integrados. Lo que ocurre en los tejidos, en el sistema inmune o en la fisiología del organismo condiciona nuestra experiencia psicológica, igual que nuestras vivencias emocionales modifican nuestra biología.

Por eso, la psiconeuroinmunología propone un cambio de mirada: comprender que mente y cuerpo forman una unidad inseparable y que cualquier proceso de transformación personal o de salud implica necesariamente trabajar también sobre la regulación del organismo.

Entiendo la paz como un indicador más profundo de salud que la felicidad entendida como euforia. La euforia va y viene; la paz se construye

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P.: Hablas mucho de la paz como consecuencia de rebajar expectativas. ¿Por qué crees que la paz es una medida más honesta de bienestar que la felicidad entendida como euforia?

R.: Creo que la paz es una medida que no depende de circunstancias externas ni de estados emocionales intensos y cambiantes. La euforia es un estado puntual, transitorio y muchas veces condicionado por lo que ocurre fuera de nosotros. La paz, en cambio, refleja un estado de regulación interna y de coherencia con la vida tal como es.

Cuando rebajamos las expectativas dejamos de vivir en lucha constante con la realidad. Disminuye la tensión interna, el organismo sale del estado de alerta permanente y aparece una sensación de estabilidad, equilibrio y presencia. Esa calma no es ausencia de emoción, sino capacidad de sostener la vida en todas sus experiencias (las buenas y no tan buenas).

La paz se relaciona con un sistema nervioso más regulado, con menor reactividad al estrés y con mayor capacidad de adaptación. Es un estado fisiológico de seguridad interna que permite bienestar sostenido, no solo momentos puntuales de intensidad emocional.

Por eso entiendo la paz como un indicador más profundo de salud que la felicidad entendida como euforia. La euforia va y viene; la paz se construye. Y cuando hay paz interna, la vida puede vivirse con más claridad, más presencia y más libertad.

P.: En tu libro ‘Lo único importante’ explicas que la familia es clave en la felicidad. ¿Se puede construir bienestar en una familia emocionalmente difícil?

R.: Sí, es posible construir bienestar incluso en una familia emocionalmente difícil, pero para ello es necesario comprender el lugar que ocupamos dentro del sistema familiar y desarrollar una mayor conciencia sobre los patrones que hemos heredado.

La familia es el primer espacio donde aprendemos cómo amar, cómo vincularnos, cómo gestionar el conflicto y cómo percibirnos a nosotros mismos. Cuando el entorno familiar ha sido complejo, muchas veces interiorizamos dinámicas de relación, creencias o formas de responder que condicionan nuestro bienestar en la vida adulta. Pero comprender estos patrones ya es un primer paso transformador.

¡Ojo! Que no se trata de culpar a la familia, sino de entenderla. Reconocer la historia, aceptar lo que fue y encontrar nuestro lugar permite dejar de repetir dinámicas inconscientes y empezar a vivir con mayor libertad emocional.

El bienestar no depende de haber tenido una familia perfecta, sino de poder reconciliarnos con nuestra historia, de honrar de dónde venimos, integrar lo vivido y construir una relación más consciente con nosotros mismos y con los demás. Incluso en contextos difíciles, cuando hay comprensión, aceptación y responsabilidad personal, pueden abrirse caminos reales hacia la paz y el equilibrio.

P.: Un dicho budista afirma: “Quien crea que está iluminado, que pase una semana con su familia”. ¿Qué nos enseña realmente esta frase?

R.: Esta frase refleja algo muy profundo: la familia es el espacio donde aparecen con más claridad nuestros patrones inconscientes, nuestras heridas y nuestras reacciones más automáticas. Es fácil sentirse en equilibrio en contextos controlados, pero en el vínculo familiar emergen las dinámicas más profundas de nuestra historia.

La familia activa nuestras memorias emocionales más tempranas, nuestros aprendizajes sobre el amor, el conflicto, el reconocimiento o el rechazo. Por eso es un espacio que nos confronta y, al mismo tiempo, una gran oportunidad de crecimiento y autoconocimiento.

La familia funciona como un espejo, nos muestra aquello que aún no está resuelto dentro de nosotros, aquello que sigue generando reacción, resistencia o sufrimiento. No para castigarnos, sino para ofrecernos información sobre dónde podemos crecer en conciencia y coherencia.

En mi opinión, la familia no solo es un reto, también es uno de los mayores caminos de evolución personal.

Buscar la felicidad empezando por "querer tener y lograr" es intentar resolver fuera lo que solo puede ordenarse dentro

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P.: En el libro también planteas los niveles de conciencia: ser, hacer y tener. ¿Por qué solemos buscar la felicidad empezando por el 'tener'?

R.: Solemos empezar por el tener porque culturalmente nos han enseñado que el casi todo depende de lo externo: tener éxito, tener reconocimiento, tener seguridad, tener más cosas. Hemos aprendido que cuando consigamos determinadas condiciones fuera de nosotros, entonces podremos sentirnos bien por dentro.

El problema es que ese orden está invertido. Cuando buscamos primero el tener sin haber trabajado el ser, entramos en una búsqueda constante que rara vez genera satisfacción duradera. Podemos conseguir logros externos y aun así sentir vacío, insatisfacción o desconexión.

El verdadero cambio ocurre cuando el proceso sigue el orden natural: primero el ser (quién soy, cómo me relaciono conmigo mismo, qué coherencia interna tengo); después el hacer (las decisiones y acciones que nacen desde ese estado); y como consecuencia aparece el tener.

Cuando transformamos el ser, cambian nuestras decisiones, cambia nuestra forma de actuar y, como resultado, cambia también lo que obtenemos en la vida. Buscar la felicidad empezando por el tener es intentar resolver fuera lo que solo puede ordenarse dentro.

P.: ¿Qué cambia cuando una persona empieza a preguntarse quién está siendo, más que qué está logrando? ¿Cómo afecta este enfoque a la relación con el éxito, el fracaso y la autoexigencia?

R.: Cuando una persona empieza a preguntarse quién está siendo, en lugar de centrarse solo en lo que está logrando, cambia completamente su relación con la vida. La atención deja de estar únicamente en los resultados externos y pasa a centrarse en la coherencia interna, en la intención y en la forma en la que vive cada experiencia.

Este cambio reduce la dependencia del éxito como validación personal y transforma también la vivencia del fracaso. El éxito deja de ser algo que define quién soy, y el error deja de vivirse como una amenaza a la propia identidad. Ambos pasan a ser experiencias que aportan aprendizaje y crecimiento.

Además, este enfoque suaviza la autoexigencia excesiva. Cuando la identidad está basada solo en el logro, la persona vive en presión constante, intentando demostrar continuamente su valor. En cambio, cuando uno se pregunta quién está siendo, aparece más aceptación, más responsabilidad consciente y una relación más amable consigo mismo.

Nuestra vida no depende tanto de alcanzar determinados resultados, sino de la coherencia entre lo que uno es, lo que siente y lo que hace. Y cuando hay coherencia interna, la relación con el éxito, el fracaso y el propio proceso vital se vuelve mucho más libre y equilibrada.

Mostrar una vida perfecta en redes sociales genera una desconexión brutal con nosotros mismos. Dejamos de ser la persona que somos para pasar a ser un personaje

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P.: Hablabas antes de que las redes sociales han alimentado una idea irreal de felicidad. ¿Qué opinas de la moda de “manifestar” una vida perfecta?

R.: Sí, en muchos casos las redes sociales han contribuido a construir una idea de felicidad idealizada y poco realista. Estamos constantemente expuestos a versiones seleccionadas de la vida de otras personas, donde apenas aparecen el esfuerzo, la dificultad o la complejidad propia de esa persona. Comparar nuestra vida real con esas imágenes genera expectativas poco ajustadas y una sensación permanente de insuficiencia.

Respecto a la idea de “manifestar” una vida perfecta en redes sociales, genera una desconexión brutal con nosotros mismos. Dejamos de ser la persona que somos para pasar a ser un personaje.

La felicidad pasa a medirse en cómo se ve desde fuera y no en cómo se siente por dentro. Y cuando la identidad depende de sostener esa imagen idealizada, aparece más presión, más comparación y menos autenticidad. Un peligro…

P.: ¿Qué le dirías a alguien que siente que lleva toda la vida buscando la felicidad y no la encuentra?

R.: Le diría que probablemente la felicidad no es algo que tenga que encontrar, sino algo que ya está dentro de esa persona y que solo necesita dejar salir.

A veces vivimos buscando fuera lo que ya forma parte de nuestra naturaleza. Nos tomamos la vida demasiado en serio, cuando en el fondo la vida, como he dicho antes, es un juego. Y como todo juego, se vive mejor cuando hay presencia y disfrute.

Muchas personas viven atrapadas en el drama, en la exigencia o en la lucha constante con lo que ocurre. Pero el bienestar empieza cuando reducimos esa tensión, aprendemos a disfrutar más y a complicarnos menos.

También le diría que se trate bien, que cuide su diálogo interno, porque la forma en la que se habla a sí mismo construye su experiencia de vida. Lo que crees, creas. En definitiva, más permiso para vivir, disfrutar y ser.