NASA

Jennifer García Carrizo, la española que vivió en 'Marte': “Lo más difícil fue el proceso de preparación, me daba miedo el aislamiento"

Así se vive Jennifer García Carrizo en 'Marte'. Cortesía URJC
Compartir

Ahora que la Luna se siente mucho más cerca tras el éxito de la misión espacial Artemis II, Marte es la próxima gran frontera espacial. Se espera que la década de los 30 sea la de los grandes avances y que el primer ser humano que llegue a Marte lo haga alrededor de 2040 (o, al menos, esa es la idea que maneja la NASA). Pero, aunque no se haya llegado de forma literal al planeta rojo, sí se ha hecho ya de forma figurada: una base en el desierto de Utah (la Mars Desert Research Station) recrea cómo sería la vida en una base marciana, para comprender mejor qué retos tendrán que afrontar los equipos de astronautas. Y una española ha estado allí: ha vivido ya en 'Marte'.

Jennifer García Carrizo es investigadora y profesora de la Universidad Rey Juan Carlos. También es una de las integrantes del Proyecto Hypatia, puesto en marcha por Hypatia Mars, que en febrero de 2025 pasó un par de semanas en la Mars Desert Research Station. Ahora, cuenta sus experiencias en ‘Misión Marte’, un libro que acaba de publicar GeoPlaneta. “Lo más difícil de vivir en Marte fue lo que vino antes”, explica al otro lado del teléfono a la web de 'Informativos Telecinco', “todo ese proceso de preparación para irnos. Una vez allí, fue de lo más sencillo”. García Carrizo apunta que se habían organizado muy bien y que todas las actividades que debían realizar estaban calendarizadas, lo que ayudó a saber qué hacer en todo momento.

PUEDE INTERESARTE

La dura preparación para pisar Marte

La preparación implicaba la tensión por no contagiarse de nada (para poder entrar en la base se necesita una prueba limpia de antígenos), pero también prepararse física y mentalmente para lo que se avecinaba. Las astronautas análogas (como se llama a quienes participan en este tipo de misiones en tierra que recrean lo que se viviría en el espacio) deben realizar ejercicio y asumir que se avecina un período de completa desconexión. “A mí me daba miedo el aislamiento”, reconoce García Carrizo, “estar aislada en mitad de la nada, sin saber un poco lo que pasaba en la Tierra”.

PUEDE INTERESARTE

Esto es importante, porque posiblemente sea uno de los impactos más notables que vivirán quienes viajen a Marte. “Es complejo, porque una misión real a Marte es, según la NASA, tres años. Para la tripulación va a ser complicado gestionarlo a nivel emocional. Al final estarán tres años fuera de la Tierra”, señala.

Por eso, la tecnología, las máquinas, son fundamentales para llegar a Marte, pero también las Humanidades. “El ser humano es una máquina emocional, más allá de la física, y hay que cuidar los dos planos”, asegura la experta. “Imagínate irte a Marte y no tener cultura. Todo el mundo se va a llevar música, un libro”. Ella misma es investigadora en una ciencia, la comunicación, que no es, justamente, la que a pie de calle visualizamos primero cuando nos imaginamos un viaje al espacio.

Las misiones con astronautas análogos son fundamentales, porque permiten comprobar cómo funcionan las cosas, probar teorías y, sobre todo, descubrir potenciales fallos. “Lo normal –o lo esperado– es que las cosas salgan bien en el espacio, porque ya que han salido muy mal en la tierra”, apunta García Carrizo, “y se ha trabajado mucho que no haya fallos”.

Una expedición de científicas

En su tiempo 'en Marte', García Carrizo vivió acompañada únicamente de científicas. “Éramos la tercera tripulación en los 25 años de la estación solo mujeres”, explica. “Una de las cosas que nos comentaban es que solemos hacer más salidas extravehiculares que los hombres”, comenta, rompiendo así un estigma, ya que esas salidas requieren un importante esfuerzo físico. Esta tripulación completamente femenina ayuda, así, a deshacer estereotipos, da visibilidad a las mujeres en la ciencia e invita incluso a abrir fronteras científicas.

Uno de los temas que abordaron fue, justamente, cómo gestionar la menstruación en el espacio y probaron una copa menstrual (que ya se ha testeado en microgravedad) y cómo responder a qué hacer con la sangre menstrual. Su propuesta de estudio es la de compostarla como abono para los huertos espaciales. Esto conecta con otra de las claves de esta misión, la de reducir residuos y mejorar la sostenibilidad.

De hecho, las astronautas análogas probaron ropa de una empresa española, fabricada para resistir la suciedad y que requiere menos lavados. “El espacio que teníamos para llevar ropa era limitado. Llevábamos el mono azul, el mono de vuelo, y unas camisetas que repelían el olor, se sudaba menos con ellas, y unos pantalones que evitaban que te mancharas y repelían el polvo”, apunta García Carrizo. Este es un punto importante como lección para la exploración real, porque en el espacio no se puede lavar la ropa y toda la que usan se acaba convirtiendo en basura. Al tiempo, cada kilo de cosas que se envían es altamente costoso. Una ropa con una vida útil más larga daría más eficiencia. “Cada astronauta que está en la ISS consume al año unos 70 kg de ropa que se tiran”, indica.

Turistas en Marte

“Cuando voy a dar charlas a los colegios siempre me preguntan: ‘entonces, ¿hay marcianos?’”, señala García Carrizo, que bromea que los vio. Eran los turistas que intentan pasearse por este Marte. “Hay gente con mucho interés y curiosidad por el espacio y acaba alquilando un 4x4, haciéndose horas y horas de pista (porque casi no es ni carretera) para llegar a la base”, explica la investigadora. Pero, por mucho interés que tengan, la base no es visitable y lo cierto es que acercarse a intentar verlo rompe el aislamiento, justo uno de los puntos sobre los que se investiga in situ.