La situación límite de una familia con un hijo con autismo severo: "Lleva un año sin salir de casa y no puede tocar el agua"
Iker lleva casi un año sin salir de casa tras un episodio ocurrido en un campamento de verano y su madre denuncia la falta de apoyos para atenderle
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Hasta el verano de 2025, Iker, un niño de 15 años con autismo severo, acudía a un colegio de educación especial, practicaba natación y disfrutaba paseando con su labrador. Sin embargo, tras un incidente ocurrido durante un campamento de día, según relata su madre, comenzó un cambio repentino que transformó por completo la vida de la familia.
Desde entonces, Raquel cuenta a la web de 'Informativos Telecinco' que su hijo no ha vuelto a salir de casa y que ha desarrollado un intenso rechazo al agua. "No puede ducharse ni siquiera beber agua. Tengo que hacerle la higiene yo y mezclar el agua con zumo para que la tome", explica.
Aunque sigue sin saber qué ocurrió aquel día, Raquel asegura que desde entonces la situación de su hijo dio un giro radical. "El día anterior estábamos en la piscina y al siguiente no podía ni verla".
También denuncia que los apoyos recibidos están siendo insuficientes y que se ha visto obligada a dejar su trabajo para dedicarse a sus cuidados.
El verano que marcó un antes y un después
Iker nació en la semana 35 de gestación. Fue cuando tenía algo más de dos años cuando Raquel empezó a sospechar que algo no iba bien. Su experiencia personal cuidando de sus sobrinos y su profesión como sanitaria le hicieron percibir señales que acabaron confirmándose con el diagnóstico de autismo severo.
A pesar de sus limitaciones, Iker había conseguido desarrollar una rutina estable. Acudía al colegio, disfrutaba de actividades al aire libre y practicaba natación. Durante años también participó en actividades de verano adaptadas a sus necesidades.
Sin embargo, en el verano de 2025 tuvo que acudir a un centro diferente porque la asociación que organizaba habitualmente estas actividades no pudo ponerlas en marcha a tiempo. Fue durante la segunda semana cuando Raquel recibió una llamada para que acudiera a recogerlo.
"Me dijeron que estaba muy agresivo. Aquello me extrañó muchísimo porque nunca había sucedido algo así", recuerda. Cuando llegó al lugar, asegura que encontró a su hijo "a pleno sol y sin monitor".
Raquel regresó a casa sin una explicación clara sobre lo sucedido. A partir de entonces, asegura, comenzaron cambios que nunca antes había observado en su hijo. "Iker empezó a dejar de comer y no salía de la cama, encogido", relata. Fue entonces cuando comenzó una búsqueda de ayuda profesional y apoyo domiciliario para intentar revertir la situación.
"He tenido que hacerlo todo yo"
La situación ha sido tan exigente que Raquel, separada legalmente del padre de Iker, ha tenido que volver a convivir con él para poder afrontar los cuidados diarios.
"Mi hijo necesita que vengan a casa, que trabajen con él para ayudarle a salir de donde está. Antes, con sus limitaciones, iba al colegio, hacía natación, le gustaba saltar en la colchoneta y salir al patio. Ahora todo eso ha desaparecido", lamenta.
Actualmente recibe la visita de un enfermero y una terapeuta durante "aproximadamente media hora cada quince días", además del seguimiento mensual del psiquiatra "para regularle la medicación". Para Raquel, este apoyo resulta insuficiente. "Eso es todo lo que he conseguido tras mucha lucha".
"Sigo haciéndolo todo yo. Y eso, con un hijo que no quiere que le toques, es muy duro", afirma. Iker nunca ha llegado a mantener conversaciones. "Es capaz de decir dos palabras seguidas, pero no una frase", explica su madre. Aun así, asegura que percibe en él una gran frustración por la situación que atraviesa.
Las consecuencias también han sido económicas. Raquel tuvo que dejar de trabajar para quedarse en casa con su hijo y actualmente percibe un subsidio.
Además, Iker no pudo incorporarse al curso escolar cuando comenzó en septiembre al no ser capaz de salir de su hogar. No fue hasta hace unos dos meses que una educadora empezó a acudir al domicilio durante nueve horas semanales. "Ya estamos notando cambios. Se le nota que quiere mejorar, pero hay algo se que lo impide. Por eso necesitamos apoyos".
Una batalla administrativa
A esta situación se suma un proceso judicial que la familia mantiene con la Generalitat de Catalunya desde hace ocho años. Raquel sostiene que la valoración de la dependencia de su hijo no se ajustaba a sus necesidades reales. "El primer procedimiento lo gané, pero recurrieron la sentencia y ahora estamos a la espera de que se pronuncie el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña", explica.
Aunque reconoce que Iker ha experimentado algunas mejorías, asegura que el día a día continúa siendo extremadamente complejo.
"Mi hijo necesita que vengan a casa y le ayuden a que vuelva a ser el mismo niño de antes. ¿Por qué no nos ayudan? No todo el mundo puede permitirse pagar terapias privadas y yo no puedo pedir un préstamo cobrando un subsidio. Tengo que conformarme con lo poco que recibimos y rezar por que vaya mejorando", concluye.