Alimentación

El queso asturiano creado a la luz de la luna y a la venta solo un día al año

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Imagen de archivo de quesos.. Pexels
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Si eres amante del queso esto te interesa… aunque venga, de inicio, con un hándicap: solo vas a poder hacerte con él una vez al año. Y es que hay alimentos que son difíciles de encontrar y otros que, directamente, solo pueden comprarse durante unas horas. Es lo que ocurre con el queso de Urbiés, una de las elaboraciones más singulares de Asturias y, probablemente, una de las más desconocidas fuera de la región. Su producción es tan limitada que su venta se concentra en una única jornada al año, coincidiendo con el certamen dedicado a este producto tradicional.

Este queso se elabora en Urbiés, una pequeña parroquia del concejo de Mieres, con poco más de 270 habitantes, donde apenas tres queseras continúan elaborándolo de manera artesanal. Su método de producción apenas ha cambiado con el paso del tiempo y conserva rituales tan llamativos como remover la masa siguiendo las fases de la luna.

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Un queso que se hace como hace siglos

A diferencia de otros quesos, el de Urbiés no necesita cuajo ni fermentos para elaborarse. Se prepara con leche entera, que coagula de forma natural mediante un proceso de acidificación que dura entre cuatro y cinco días. Durante ese tiempo, además, la leche se va desnatando poco a poco hasta obtener la masa con la que posteriormente se elaborará el queso.

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Esa masa se introduce después en pequeños sacos de tela, donde comienza una larga maduración que puede prolongarse entre seis y nueve meses. Es en esta fase cuando entra en juego una de las tradiciones que hacen único a este producto: cada luna menguante hay que remover la masa en el sentido de las agujas del reloj para repartir de forma uniforme el moho que aparece en la superficie y favorecer su correcta evolución. Una vez finalizado todo el proceso, la masa se traslada al recipiente definitivo, dando lugar a un queso cuya elaboración apenas ha cambiado generación tras generación.

Solo se vende un día al año

Además de su peculiar proceso de elaboración, el queso de Urbiés tiene otra característica que lo hace todavía más exclusivo. Al no disponer de registro sanitario para comercializarse por los canales habituales, su venta está limitada al certamen que organiza cada año el Ayuntamiento de Mieres, una cita que reúne a vecinos, productores y curiosos alrededor de este producto tradicional. La expectación suele ser máxima.

En la última edición, las piezas disponibles se agotaron apenas unos minutos después de ponerse a la venta, algo que no resulta extraño si se tiene en cuenta que la producción anual ronda únicamente los 70 kilos.

Solo tres personas mantienen viva la tradición

Si este queso sigue llegando hasta nuestros días es gracias al trabajo de Consuelo Noval, Luisa Fidalgo y Ángeles Crespo, las tres únicas queseras que continúan elaborándolo. Su labor se complementa con la de la asociación Guardianes del Queso de Urbiés, que hace unos años decidió recuperar el certamen para evitar que tanto la fiesta como este producto tradicional terminaran cayendo en el olvido.

El objetivo no es solo dar a conocer el queso entre quienes visitan el valle, sino también mantener viva una elaboración que forma parte del patrimonio gastronómico asturiano y cuya supervivencia depende, en buena medida, de que no desaparezca el conocimiento transmitido durante generaciones.

El relevo generacional

Pese al interés que despierta cada edición del certamen, el queso de Urbiés también afronta importantes desafíos. El principal tiene que ver con el relevo generacional. Con el paso de los años ha disminuido el número de personas dedicadas a elaborar este queso y también el de explotaciones ganaderas capaces de producir la leche necesaria para mantener esta tradición.

Por eso, tanto las elaboradoras como las asociaciones locales trabajan para dar visibilidad a un producto que representa una parte de la historia del valle. Un queso que sigue elaborándose prácticamente igual que hace siglos, sin grandes cambios en el proceso, y que demuestra que algunas de las joyas gastronómicas más valiosas son también las más frágiles.