Sevilla

"Ya me puedo morir tranquila": el último deseo de Carmen frente al Jesús del Gran Poder a sus 93 años

Carmen visita la Basílica del Gran Poder gracias a la ambulancia de los deseos. Fundación Ambulancia del Deseo
  • Tras meses postrada en una cama, la Fundación Ambulancia del Deseo trasladó a la anciana desde Tomares hasta la Basílica para asistir a misa frente al Señor de Sevilla

  • "No nos dejaba ir, nos pedía beso tras beso", relatan los voluntarios que acompañaron a Carmen en una jornada que culminó con un desayuno al sol en la Plaza de San Lorenzo

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SevillaHay deseos que no entienden de diagnósticos ni de informes médicos. Tampoco de edad. Para Carmen, una mujer sevillana de 93 años recién cumplidos, ese anhelo tenía un nombre propio. Uno que ha invocado durante toda su vida, el del Señor del Gran Poder. Sin embargo, la realidad de esta abuela es compleja porque vive con una inmovilidad grave y varias enfermedades crónicas paliativas que la mantienen postrada en una cama en su casa de Tomares. Así que para ella, el mundo se había reducido a lo que alcanzaba a ver desde su almohada.

Pero hace unos días algo cambió. Después de un invierno marcado por las borrascas y la lluvia incesante que parecía no tener fin en Sevilla, el sol decidió dar una tregua. Fue la señal que esperaban los voluntarios de la Fundación Ambulancia del Deseo.

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Ellos sabían que Carmen no quería ir a cualquier sitio, sino que quería estar "cara a cara" con el Señor. Poseedora de una fe inquebrantable, la anciana llevaba meses soñando con ese reencuentro que, a su edad y en su estado, parecía físicamente imposible.

Un equipo de guardianes para un sueño

La expedición para devolver a Carmen a su devoción comenzó temprano. En la puerta de su domicilio aparecieron Mercedes León, Chari Rodríguez y Luis Perera, tres voluntarios que no solo conducen una ambulancia, sino que escoltan ilusiones. Cuando entraron en la habitación, se encontraron con una Carmen pletórica. A pesar de sus limitaciones motoras, su mente estaba "lúcida, orientada y llena de luz", según relata Luis Perera.

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La sonrisa de la mujer al ver la camilla fue el primer motor del viaje. Durante el trayecto desde Tomares hasta el centro de Sevilla, el ambiente dentro de la ambulancia fue de una calidez absoluta. Carmen no paró de hablar, de compartir su alegría y de expresar lo que significaba para ella volver a pisar las calles. No era un traslado sanitario convencional; era una misión llena de vida.

El encuentro en la Basílica

Al llegar a la Plaza de San Lorenzo los nervios y la emoción de Carmen se destaron. La Hermandad del Gran Poder, encabezada por su hermano mayor, Ignacio Soro, ya estaba al tanto de la visita. Como suele ocurrir en estos casos, la corporación se volcó con la paciente, facilitando que la camilla pudiera situarse en un lugar de honor, en primera fila ante la presencia del Señor.

En ese momento, el silencio de la Basílica se llenó con el sentimiento de Carmen. Al encontrarse de nuevo frente a Él, después de casi un siglo de rezos, la anciana rompió a llorar. Eran lágrimas de plenitud, de quien siente que ha llegado a la meta. Escuchó la misa con una devoción que conmovió a todos los presentes y, al finalizar, recibió varios obsequios de la hermandad que guardó con un inmenso cariño.

Fue entonces cuando pronunció esa frase que resume el sentido de todo el proyecto: “Ya me puedo morir tranquila…”. Sentía que el círculo de su vida se había cerrado.

Un café bajo el sol de San Lorenzo

Pero la jornada de Carmen no terminó bajo las naves de la Basílica. Al salir al exterior, el sol de febrero seguía brillando con fuerza sobre los adoquines de San Lorenzo. Con esa lucidez que la caracteriza, Carmen hizo una petición que desarmó a los voluntarios: "Quería desayunar en la plaza", cuenta Luis.

Así, lo que habitualmente es un traslado hospitalario se convirtió en una estampa de normalidad absoluta. Carmen, rodeada de dos de sus hijas y dos de sus nietas, se tomó su tostada y su café en los veladores de un bar de la zona. "Pasamos un rato maravilloso charlando, compartiendo la felicidad que ella irradiaba", recuerda Perera. Para Carmen, ese café era el sabor de la libertad y del reencuentro con su ciudad tras meses de encierro.

El valor de un beso

El regreso a Tomares fue el momento más tierno y, a la vez, el más duro para los voluntarios. Al llegar a su habitación, el espacio que había sido su mundo durante tanto tiempo, Carmen se resistía a que Mercedes, Chari y Luis se marcharan. Con una ternura que conmovió profundamente al equipo, la anciana les pedía "beso tras beso", agradeciéndoles con gestos y caricias lo que las palabras apenas alcanzaban a expresar.

La dejaron radiante, con una paz que, según los técnicos, jamás olvidarán. Esta historia de Carmen se suma al legado de la Fundación Ambulancia del Deseo, un proyecto que sigue demostrando que cumplir un anhelo es mucho más que un traslado técnico. Estas acciones devuelven al paciente su identidad y su dignidad, permitiéndoles ser protagonistas de su propia historia una vez más, por encima de la enfermedad.