La Garma, la cueva de Cantabria que permaneció sellada durante 16.800 años con restos únicos en Europa

El hallazgo ha permitido conocer restos únicos desconocidos hasta ahora en la prehistoria europea
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Un desprendimiento natural hace 17.000 años preservó intacta la cueva de La Garma en Cantabria. Un hallazgo que hoy se ha convertido en una joya de la arqueología prehistórica.
Los expertos que han estudiado los restos de la cueva estiman que unas 20 personas vivían dentro de esta para refugiarse del frío extremo. Además, los arqueólogos han podido averiguar que las personas que vivían aquí, no lo hacían directamente sobre las rocas de la cueva, construían cabañas típicas de la edad de piedra dentro del propio yacimiento.
Los restos de una de esas cabañas todavía se pueden ver en la cueva. En el fondo de esta, un círculo de estalagmitas y piedras indica el lugar en el que se encontraban las viviendas construidas con palos y pieles. "Hasta ahora en la prehistoria española no se conocían este tipo de viviendas", explica Roberto Ontañón, codirector del proyecto de investigación de La Garma.
En su día a día, las personas que vivían en la cueva cazaban para comer y en ocasiones apresaban grandes piezas como un león de las cavernas. Los restos del animal han sido descubiertos con el hallazgo de la cueva. "Desollaron al animal, las garras quedaron adheridas a la piel y con la piel del león de las cavernas, recubrieron una parte de esas estructuras", añade Roberto Ontañón.
Además, de la caza, los que habitaron esta cueva también recolectaban otro tipo de alimentos tal y como ha detallado el codirector del proyecto que estudia la cueva: "Podemos determinar que comieron setas, frutos rojos y también frutos secos. También iban a las rocas de la costa, cogían las lapas y los caracolillos".
Una cápsula del tiempo
Después de casi 20.000 años cerrada, la cueva ha conservado intactos algunos restos singulares de la prehistoria europea como una figura considerada única dentro del paleolítico europeo. En esta figura se pueden apreciar un uro, un mamífero considerado como el ancestro salvaje de las vacas y los toros; una flecha y un rostro humano que Roberto Ontañón ha interpretado como el rostro del cazador del animal representado: "Se quiso retratar a sí mismo para decir: 'este soy yo y cacé este día el uro".
El equipo de investigadores de la cueva también cree que, por los signos pintados en las paredes de la cueva, era un lugar de encuentro con otros grupos. "Pintaron en la pared un signo que viene del este y otro de los que viene del oeste, esto es un indicio", indica Roberto Ontañón.
Más allá de las tareas cotidianas, los habitantes de esta cueva adornaban paredes y esculpían figuras de animales la luz del fuego. Sin embargo, algunos de sus hábitos como el cepillado de dientes, todavía se siguen realizando hoy en día tal y como explica el investigador Roberto Ontañón: "Lo hacían con palillos".
En resumen, se trata de una vida que a grandes rasgos recuerda a la nuestra, pero sin la tecnología.
