Cómo es disfrutar de 'Coachella', la influencer Sandra Pérez destapa el exceso tras vivir el festival por su cuenta: "De 8.000 dólares no baja"

Las condiciones extremas en el desierto y una experiencia muy alejada del glamour que muestran las redes
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Dicen que Coachella es el festival más glamuroso del mundo, un escaparate de tendencias, música y celebridades en mitad del desierto de California. Sin embargo, detrás de esa imagen aspiracional que inunda redes sociales, la experiencia real puede ser muy distinta. Así lo cuenta la influencer Sandra Pérez, que ha asistido en varias ocasiones tanto como invitada como pagando todos los gastos de su bolsillo.
“He vivido las dos versiones de Coachella”, explica. Y la diferencia, según subraya, es notable: “En el caso de los influencers es casi todo postureo, la realidad se vive más cuando vas pagándotelo tú”.
Un escaparate de lujo, con unos precios desorbitados
El acceso al festival ya marca una primera barrera. “La entrada general para los tres días, 500 dólares”, detalla. Pero ese es solo el inicio de una factura que no deja de crecer.
El alojamiento, uno de los puntos más críticos, puede dispararse hasta cifras difíciles de asumir. “Los alojamientos se han puesto prohibitivos, igual 5.000 dólares los tres días. Total, de 8.000 no te baja”, asegura. Una cantidad que sitúa la experiencia completa fuera del alcance de muchos.
Dentro del recinto, el gasto continúa. La oferta gastronómica, lejos de ser accesible, refuerza esa sensación de exclusividad: “Tres trozos de pollo con trufa, 36 dólares. Cuatro churros, 20 pavos. Un agua fresca, 13,50”. A esto se suman otros costes habituales como cargar el móvil o comprar bebida, que elevan aún más el presupuesto final.
Calor extremo, polvo y agotamiento
Más allá del dinero, la exigencia física del entorno es otro de los factores que contrasta con la imagen idealizada del festival. Coachella se celebra en pleno desierto, con temperaturas que pueden superar los 40 grados durante el día y descender bruscamente por la noche.
“Vas a tragar y respirar tanta arena que van a salir los mocos negros, literal”, relata la influencer, describiendo las condiciones ambientales a las que se enfrentan los asistentes. Las tormentas de arena, además, no son algo puntual y pueden incluso afectar a la programación.
El tamaño del recinto obliga a recorrer largas distancias a pie, algo que pasa factura con el paso de las horas: “Al final estás en el desierto y hay que caminar un montón. Me he tenido que quitar los zapatos porque no podía más”.
A estas condiciones se suma un fenómeno cada vez más conocido entre los asistentes: el llamado “Coachella flu”, una especie de bajón físico tras el festival. “Mucha gente se pone mala después de ir”, afirma.
Falta de descanso, calor, polvo y grandes aglomeraciones configuran un cóctel que contrasta con la narrativa de lujo y diversión constante que predomina en redes sociales.
Entre el postureo y la experiencia real
Pese a todo, Coachella sigue siendo un evento altamente deseado, especialmente entre influencers y celebridades, que encuentran en él un escaparate global. Sin embargo, según Sandra Pérez, esa imagen no siempre refleja la realidad completa.
“Ir al camping y al barro, sí”, recuerda sobre sus primeras experiencias, muy alejadas del confort que se muestra en muchas publicaciones actuales.
Su testimonio pone el foco en una doble cara: la del festival como símbolo de exclusividad y tendencia, y la de una experiencia exigente, costosa y, en muchos casos, idealizada. Un contraste que explica por qué, año tras año, Coachella genera tanta atracción, como críticas.
