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Tarjetas prepago o tarjetas monedero: qué son, cómo funcionan y cuánto duran

¿Cómo son las tarjetas monedero?. Getty Images
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No necesitan cuenta bancaria, permiten pagar en la mayoría de los comercios físicos y online, y solo gastan el dinero con el que tú decides cargarlas. Las tarjetas prepago, también conocidas como tarjetas monedero, llevan años siendo una alternativa sencilla y segura para gestionar el dinero sin sobresaltos ni descubiertos. Pero no todas funcionan igual, ni duran lo mismo.

Una tarjeta sin sobresaltos: recargas lo que usas

Piénsalo como si de una hucha digital se tratara, en la que tú decides cuánto dinero le metes y, a partir de ahí, puedes pagar con ella como si fuera cualquier otra tarjeta bancaria. La diferencia es que no accede a tu cuenta corriente ni a líneas de crédito. Si no hay saldo cargado, simplemente no se puede pagar. Tan simple como eso.

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Estas tarjetas se pueden recargar por transferencia, en cajeros o incluso desde otras tarjetas, y pueden ser físicas, es decir, de plástico tradicional o completamente virtuales, pensadas para usarse solo en compras online o integrarse en wallets digitales de distintas tiendas, como pueden ser Apple Pay o Google Wallet. Algunas, como la CyberTarjeta de CaixaBank, ni siquiera existen físicamente: viven en el móvil y se activan solo para un pago.

Para qué sirven y por qué pueden ser útiles

Hay tres razones clave por las que las tarjetas prepago siguen ganando terreno. La primera es la seguridad, ya que al no estar vinculadas a una cuenta bancaria, si se pierden o te las roban, solo podrían gastar lo que tú habías cargado antes. Ni un euro más.

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La segunda, el control del gasto. Para adolescentes, compras online, presupuestos cerrados o simplemente como barrera frente a tentaciones, son un mecanismo eficaz para no gastar más de la cuenta.

Y la tercera: su versatilidad. Pueden usarse como método de pago único, como tarjeta para suscripciones, para recibir devoluciones o como solución temporal cuando no quieres compartir los datos de tu cuenta principal. Además, no están vinculadas a tu cuenta bancaria, por lo que en caso de extravío, solo pierdes el saldo cargado.”

¿Cuánto tiempo duran?

Aquí es donde conviene no dar por hecho nada. Las tarjetas prepago caducan también, pero lo hacen de forma diferente en función del emisor y del tipo de tarjeta que tengamos. Lo más habitual es que la tarjeta tenga una fecha de caducidad muy concreta y determinada de antemano, y a partir de ese día simplemente deja de funcionar. Por ejemplo, el contrato marco de MoneyToPay, una de las entidades más activas en tarjetas prepago en España establece que “las tarjetas emitidas son válidas hasta el último día del mes de la fecha de caducidad que consta en las mismas.”

Por supuesto, esta caducidad no suele ser inmediata. De este modo, en tarjetas físicas, el plazo estándar suele ser de entre 3 y 5 años, aunque algunas entidades, como CaixaBank, han extendido ya la duración hasta los siete años por motivos de sostenibilidad.

Ojo con no usarla: la inactividad también cuenta

Otro aspecto importante que se debe tener en cuenta es que no solo se trata de dejarlas en barbecho hasta que llegue la fecha de caducidad que tienen estas tarjetas impresas, ya que algunas tarjetas penalizan la inactividad. La CyberTarjeta prepago de CaixaBank, por ejemplo, impone una comisión de inoperancia si no la usas en 365 días. En este caso concreto se aplica una comisión de inoperancia de 12 €. 

Es decir, existen casos en que, aunque el plástico (o la tarjeta virtual) siga siendo válido, si te olvidas de ella un año entero ininterrumpido, puedes perder parte del saldo que tuvieras acumulado o enfrentarte a comisiones inesperadas.

En resumen, las tarjetas prepago no son un producto financiero menor. Son una herramienta útil, segura y flexible para quienes buscan controlar el gasto, evitar sustos o moverse por el mundo online sin exponer sus cuentas bancarias. Pero como cualquier otro medio de pago, hay letra pequeña: no todas duran lo mismo, y la inactividad puede salir cara.

Antes de solicitar una, comprueba no solo si tiene comisiones de recarga o retirada, sino también qué caducidad tiene y qué ocurre si pasa un año sin usarla. Porque como sucede con tantas cosas en el mundo financiero, lo que no se usa… se cobra.