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Las veces que abres el frigorífico también se reflejan en el consumo eléctrico

Un frigorífico abierto
Un frigorífico abierto. Ernest Brillo en Unsplash
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Abrir la puerta del frigorífico veinte veces al día puede subir su consumo hasta un veinte por ciento. La cifra explica una parte discreta pero real de la factura eléctrica de cualquier hogar. No es un aparato del que uno se acuerde. Es el que está siempre encendido, funcionando las veinticuatro horas del día, todos los días del año. Precisamente por eso, cada gesto que altera su equilibrio térmico interior se paga.

El frigorífico es, en cifras del IDAE, el electrodoméstico que más peso tiene sobre el consumo eléctrico total de los electrodomésticos de una vivienda española: alrededor del 36%. En un hogar medio, esos porcentajes se convierten en entre ciento treinta y doscientos siete kilovatios hora al año en modelos eficientes de clase A, y hasta setecientos kilovatios hora en modelos antiguos de clases D o E. Un frigorífico combi de más de cinco años consume prácticamente el doble que uno nuevo de gama alta, y esa diferencia se paga cada mes en el recibo.

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Sobre esa base, el acto de abrir la puerta multiplica el trabajo del motor. Cada vez que se abre la puerta, el aire frío interior, que es más denso que el ambiente, se derrama al exterior y es sustituido por aire caliente de la cocina. La sonda de temperatura del interior detecta el aumento y da la orden al compresor de reactivarse. El motor arranca, consume potencia elevada durante los segundos iniciales, y trabaja durante minutos hasta que el aire recién introducido ha sido enfriado de nuevo hasta los cuatro o cinco grados centígrados de régimen. 

Si esta operación se repite muchas veces al día, si la puerta permanece abierta más de unos pocos segundos, o si la temperatura ambiente de la cocina es alta, como puede pasar típicamente en verano, la suma del trabajo adicional del compresor se traduce en un incremento del consumo que ronda ese veinte por ciento.

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Hay dos factores que amplifican el efecto y que la mayoría de los usuarios no relaciona con el hábito. El primero es la carga interior del frigorífico. Un aparato con poca comida en su interior contiene mucho aire, y el aire tiene una capacidad térmica baja, por lo que se enfría rápido y se calienta rápido. 

Una nevera llena

Cada apertura de puerta lleva consigo, en ese escenario, una renovación casi completa del aire interior. Un frigorífico razonablemente lleno de alimentos y bebidas acumula masa térmica que buffer las oscilaciones. Cada apertura desplaza aire, pero el frío almacenado en los sólidos y líquidos del interior compensa la pérdida y reduce el trabajo posterior del compresor. Contra la intuición popular, un frigorífico lleno gasta menos que uno vacío ante el mismo número de aperturas.

El segundo factor es la ubicación. Un frigorífico junto al horno, cerca de la vitrocerámica o expuesto a la luz solar directa recibe un aporte térmico constante del ambiente que obliga al motor a compensarlo permanentemente. En esas condiciones, cada apertura de puerta ocurre en un contexto ya de por sí desfavorable, y la suma se multiplica. La recomendación técnica de los fabricantes es dejar entre diez y quince centímetros de separación con la pared trasera para que el condensador disipe correctamente el calor generado por el compresor. Un frigorífico embutido en un mueble sin holgura trabaja siempre por encima de su régimen óptimo.

A estas dos variables se añaden una serie de errores que multiplican el efecto de la apertura de la puerta. 

  • Guardar alimentos aún calientes obliga al aparato a extraer una cantidad desproporcionada de energía interior para restablecer la temperatura, con el compresor trabajando de forma continua durante muchos minutos. 
  • Bajar el termostato por debajo de los cuatro grados por si acaso o para creer que la comida durará más no aporta ningún beneficio de conservación y sí un incremento notable del consumo. 
  • No descongelar el congelador cuando la capa de hielo supera los tres o cuatro milímetros de espesor genera una capa aislante que obliga al motor a compensar el mal contacto térmico entre las paredes y el aire interior.

El frigorífico no admite trucos milagrosos. Su consumo depende más del uso que del propio aparato, y ese uso se concentra en un gesto que casi nadie contabiliza: cuántas veces se abre la puerta y durante cuánto tiempo. La factura, sin embargo, sí lo contabiliza. Cada mes.