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La organización del congelador también ayuda a gastar menos energía

La escarcha del congelador se puede evitar
Un congelador vacío. Getty Images
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El congelador es probablemente uno de los electrodomésticos peor gestionados desde el punto de vista energético en cualquier hogar. Funciona ininterrumpidamente 24 horas al día durante los 365 días del año, supone entre el 8% y el 12% del consumo eléctrico total de una vivienda tipo y eso supone entre 80 y 150 euros cada año, según el modelo, el tamaño y las condiciones concretas de uso. Sin embargo, la mayoría de propietarios lo abre y lo cierra durante años sin plantearse que la propia organización interna del aparato tiene un impacto en su eficiencia energética. Es decir, que el qué se coloca dónde, cuánto se llena, con qué frecuencia se descongela, cómo se distribuyen los productos entre cajones y bandejas importa. 

La diferencia entre un congelador bien organizado y uno caótico puede alcanzar el 20 o 25% de su consumo eléctrico anual, sin cambiar de aparato ni renunciar a ninguna funcionalidad.

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La primera lección que debemos saber es que un congelador vacío consume sensiblemente más que uno bien lleno. La explicación es sencilla. Los alimentos congelados actúan como masa térmica y retienen el frío mucho mejor que el aire, contribuyendo a mantener la temperatura estable del interior del aparato. Cuando la puerta se abre y entra aire caliente del exterior, un congelador lleno de alimentos apenas altera su temperatura interna porque la masa congelada absorbe rápidamente el frío perdido. Un congelador semivacío o vacío sufre variaciones térmicas mucho mayores tras cada apertura, y el compresor debe activarse con más frecuencia para restablecer la temperatura de consigna. 

Al mismo tiempo, un congelador excesivamente lleno tampoco es óptimo. Cuando el aparato queda sobrecargado, el aire frío no puede circular correctamente entre los productos y algunas zonas quedan mal congeladas mientras el compresor se esfuerza para tratar de homogeneizar la temperatura. 

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El equilibrio ideal sería llenarlo entre dos tercios y tres cuartos de la capacidad total del aparato. Cuando no hay suficientes alimentos congelados para alcanzar ese umbral, un truco consiste en llenar los espacios vacíos con botellas de agua congelada. La masa térmica adicional cumple exactamente la misma función que los alimentos y estabiliza la temperatura interna sin coste extra.

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Organización interna del congelador

La distribución de los productos dentro del congelador también afecta al consumo energético. Un congelador organizado por categorías, con carnes en un cajón, pescados en otro, verduras y frutas juntas, preparados listos para descongelar en una zona identificada, permite localizar cualquier producto en pocos segundos, reduce sensiblemente el tiempo de puerta abierta y evita búsquedas prolongadas en las que se escape el aire frío. Cada segundo adicional con la puerta abierta obliga al compresor a un ciclo de recuperación posterior que consume energía sin aportar valor real.

El etiquetado y el datado de todos los productos completan la operación. Cada alimento debería llevar visible una etiqueta con la fecha de congelación y el contenido, sistema que además permite aplicar la lógica FIFO (lo primero que entra, lo primero que sale) para consumir siempre los productos más antiguos antes de que se deterioren. Además, los recipientes rectangulares uniformes, apilables y ajustados al tamaño de los cajones aprovechan sensiblemente mejor el espacio disponible que las bolsas irregulares acumuladas sin lógica, y facilitan la circulación del aire entre los propios productos.

Las variables que multiplican este efecto

Junto a la organización propiamente dicha, hay tres variables que completan el catálogo de acciones que podemos llevar a cabo. Lo primero es conocer la temperatura ideal. El estándar recomendado se sitúa en -18 grados. Se pueden ajustar temperaturas inferiores, pero cada grado adicional aumenta el consumo eléctrico sin que realmente suponga una mejora real en la conservación de los alimentos. 

Otro punto al que debemos prestar atención es la presencia de escarcha acumulada. En modelos sin sistema no frost, la acumulación gradual de hielo sobre las paredes internas del congelador funciona como aislante indeseado que obliga al compresor a trabajar mucho más para mantener la temperatura. Una capa de 5 milímetros de escarcha es suficiente para aumentar el consumo hasta un 30%. La descongelación periódica resuelve el problema y devuelve al aparato su eficiencia original.

Finalmente, también es importante comprobar el sellado de la junta de goma que rodea la puerta. Con el paso de los años, esa junta puede deteriorarse, cristalizar o perder elasticidad, con la consiguiente pérdida progresiva de aire frío por los bordes. La prueba es sencilla: colocar una hoja de papel entre la junta y el marco del aparato, cerrar la puerta y tirar suavemente del papel. Si el papel se desliza sin resistencia, la junta ha perdido eficacia y debería ser sustituida.