Eva Matsa, maestra, sobre cómo ayudar a los niños a poner límites: "Podemos prepararles con los mantras integrados"
Saber cuándo decir "no" y saber poner límites en la infancia es un reto para los niños y también para los padres. La maestra Eva Matsa lo hace más fácil con cuentos infantiles
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Cada noche, antes de ir a dormir, el hijo de Raquel le pedía el mismo cuento. Se trataba de uno muy curioso porque la protagonista era una niña a la que le costaba decir lo que sentía, nunca se atrevía a decirles que no a sus compañeros de clase. Y así pasaban situaciones diarias que para maestros y sus padres pasaban inadvertidos pero no para ella, que poco a poco se iban haciendo más y más grandes. Una compañera que se colaba todos los días en la fila del comedor, un compañero que le escribía todos los días en su cuaderno sin pedir permiso, o algún chantaje de "si no me dejas este juguete ya no te quiero". Cuando lo expresó en casa, sus padres de forma amorosa la intentaron ayudar a través de una metáfora, la de las señales de tráfico. Los primeros días que veía una situación en la que quería decir que no pero no podía, se imaginaría un "Stop". Las primeras veces no se atrevió, pero poco a poco fue haciéndolo y su situación en la escuela cambió a mejor. ¿Qué había cambiado para ella? Por un lado, en casa sintió la confianza de abrirse y que sus padres la apoyaban, y eso le dio la fuerza para poder empezar a marcar sus propios límites.
El cuento es un reflejo de lo que a niños y a mayores nos cuesta hacer que es decir que no a determinadas situaciones que son abusivas y nos hacen sentir bien, y marcar límites. ¡Cuántas situaciones de abuso se detendrían a tiempo si lo practicáramos más! Pero qué difícil es hacerlo a veces. En el cuento 'Yo también sé decir "NO"' (PENGUIN KIDS, 2026), escrito por la maestra y divulgadora Eva Matsa se pretende precisamente eso: ayudar a los más pequeños a cuidar su espacio personal. Charlamos con ella para entender mejor cómo podemos hacerlo desde la mirada adulta.
Pregunta: ¿A todos los niños les cuesta de forma natural poner límites o a algunos más que a otros?
Respuesta: A ningún niño le gusta que le pongan límites de forma natural. El límite implica frustración, y la frustración es una emoción difícil que el cerebro infantil todavía no sabe gestionar bien. Esto tiene una base neurológica clara: la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro encargada de la regulación emocional y el autocontrol, no madura completamente hasta los 25 años aproximadamente. Por eso los niños no es que no quieran gestionar la frustración, es que literalmente aún no pueden hacerlo igual que un adulto.
Dicho esto, no todos los niños reaccionan igual. Si en casa los límites han sido inconsistentes, el niño ha aprendido que si insiste suficiente el límite desaparece. Entonces resiste más, no porque sea rebelde, sino porque esa ha sido su experiencia. Es un aprendizaje, no un rasgo de personalidad. El psicólogo Albert Bandura ya demostró con su teoría del aprendizaje social que los niños aprenden fundamentalmente por observación e imitación, y eso incluye cómo los adultos de su entorno gestionan los conflictos y los límites.
Hay que puntualizar además que los 2-3 años son el pico de resistencia al límite, porque el niño está descubriendo su autonomía y su yo separado del de sus cuidadores. Es lo que popularmente se llama la "rabieta", y es completamente esperable y sano. A los 4-5 años ya tienen más recursos emocionales y lingüísticos para gestionarlo. No es para siempre, aunque en el momento lo parezca.
P: ¿Qué te has encontrado en la escuela y en casa para querer escribir este libro?
R: La respuesta corta es que a veces queremos hacer las cosas distintas, pero nos faltan recursos. Muchas familias y docentes me decían lo mismo: "Quiero respetar a mi hijo, pero quiero que él se haga respetar. ¿Y cómo se consigue eso evitando los "tortazos"? Con palabras. Y eso requiere práctica, vocabulario emocional y herramientas concretas. No basta con decirle a un niño "defiéndete" o "dile que no" si nunca le hemos dado el cómo. La investigadora Brené Brown habla mucho de esto: no podemos pedir a los niños que sean vulnerables o que pongan límites si no les enseñamos el lenguaje para hacerlo. El cuento nace de ahí, de esa necesidad real que veía repetirse. Es una forma bonita y accesible de que los niños interioricen mantras que les cuidan, frases que les salgan solas cuando las necesiten, sin tener que construir un discurso en un momento de tensión. Porque en esos momentos el cerebro emocional toma el mando, y lo único que funciona es lo que ya está automatizado.
P: ¿Qué consejos les darías a los padres para empezar a enseñar a sus hijos a decir que no?
R: Parece una tontería, pero la mejor forma de enseñar cómo hacer algo es siendo modelo. Poner límites como adultos, tanto a nuestros iguales como a nuestros propios hijos, es la forma más poderosa de que ellos aprendan a hacerlo. La investigación en desarrollo infantil lo confirma: los niños aprenden las competencias sociales principalmente por imitación de los adultos de referencia, no por instrucción directa.
Y aquí la pregunta incómoda es: ¿tú tienes claro cómo decirle no a tu amigo? ¿Cómo gestionas tú el conflicto o el rechazo? Porque si como adultos tenemos dificultades para poner límites, es muy probable que nuestros hijos también las tengan. No por genética, sino por modelo. Otro consejo práctico es normalizar las emociones que vienen con el límite. Decirle a un niño "entiendo que te frustra, y aun así la respuesta es no" le enseña que puede sentir y que el límite se mantiene. Son cosas que pueden coexistir.
P: ¿A qué edad son más necesarios?
R: Los límites son necesarios siempre, desde el principio. Lo que sí cambia es cómo los trabajamos y cómo los comunicamos según el momento evolutivo del niño. No le explicamos el concepto de límite igual a un niño de 3 años que a uno de 9.
"Las señales de alerta serían cambios de humor asociados al colegio, resistencia a ir, o frases como "es que siempre hago lo que él quiere""
P: ¿Cómo podemos saber si nuestro hijo está poniendo límites en la escuela?
R: Para saber si nuestro hijo está bien en sus relaciones, lo mejor es observar y conocerle. Podemos preguntar cómo se siente cuando juega con X, o con quién va al recreo, pero sin convertirlo en un interrogatorio. La clave, como siempre, es modelar: si tú cuentas tu día, cómo te has sentido, con quién has hablado, el niño poco a poco interioriza que eso es lo normal, que hablar de las relaciones y las emociones es algo que hace la gente. Funcionan por imitación antes que por instrucción. Las señales de alerta serían cambios de humor asociados al colegio, resistencia a ir, o frases como "es que siempre hago lo que él quiere". Ahí vale la pena preguntar más y, si es necesario, hablar con el tutor.
P: ¿Qué ocurre cuando a un niño le cuesta más decir no? ¿Y qué hacemos con los chantajes?
R: Es algo muy común entre niños, y si lo hacen, es porque han aprendido el recurso de algún sitio y han comprobado que funciona. No hay que patologizarlo, pero sí abordarlo. Con el niño que recibe ese chantaje, el trabajo es de autoestima y empoderamiento. La confianza no se construye de un día para otro, es un proceso gradual. Y aquí los mantras ayudan mucho porque son respuestas automáticas que no requieren pensar ni argumentar en caliente. Frases como "así no me cuidas" o "esto no me cuida" le dan al niño una forma de responder sin tener que construir un discurso en el momento. Con niños más mayores ya se puede ir más al grano: "En mi casa no cedemos con el chantaje."
La investigación sobre vínculos de apego muestra que los niños con un apego seguro, es decir, los que saben que sus adultos de referencia los sostienen, toleran mejor el conflicto social y tienen más facilidad para poner límites. Cuidarlos es darles herramientas para que puedan ser ellos mismos sin coacción.
"Pedir ayuda no es señal de debilidad, es inteligencia social. Cuanto antes lo aprendan, mejor"
P: ¿Qué es lo que les puede dar más seguridad y confianza para poner límites?
R: Los padres no podemos estar en el recreo, y en el fondo tampoco queremos, porque el objetivo es que ellos aprendan a navegar esas situaciones solos. Lo que sí podemos hacer es prepararles antes. La clave son los mantras integrados, frases que les salgan automáticas y que no requieran grandes discursos ni explicaciones. Pongamos un ejemplo: si alguien te habla mal o te grita, puedes decir "a mí no me gusta que me hablen así". No tienes que justificarlo ni convencer a nadie. Es simplemente tu forma de cuidarte. Y siempre, siempre, dejarles claro que si necesitan ayuda, la piden. Pedir ayuda no es señal de debilidad, es inteligencia social. Cuanto antes lo aprendan, mejor.
P: ¿Cómo les enseñamos a cuidar su espacio personal cuando son tan pequeños?
R: En el cuento uso la metáfora de un jardín que hay que cuidar. Me encanta esta imagen porque los niños la entienden de forma muy intuitiva y conecta con algo positivo: no se trata solo de defenderse de lo malo, sino de mantener algo bonito que es tuyo. Mantener el jardín florecido y radiante es la muestra de estar en calma y en paz. Y hay un ejercicio muy sencillo que funciona muy bien incluso con los más pequeños: "Cierra los ojos y dime, ¿cómo está tu jardín ahora?". Esa pregunta abre una conversación sobre el estado emocional sin que el niño sienta que le estamos preguntando directamente cómo está, que a menudo genera respuestas cerradas. Las metáforas en la infancia no son adorno, son una puerta de acceso a la vida interior. La psicología narrativa lleva décadas trabajando esto precisamente por eso.