Así fue la cuenta atrás para el estado de alarma en el corazón de Moncloa
El periodista y exsecretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, relata cómo se vivieron en el Gobierno los acontecimientos que condujeron a la declaración del estado de alarma hace tres años
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, era cauto sobre un cierre total de la actividad en España en las semanas previas al confinamiento, mientras que Pablo Iglesias requería un cierre duro de la economía
Videopodcast 'A ver si me he enterado', con Miguel Ángel Oliver: Tres años del estado de alarma, un recuerdo persistente
MadridLas administraciones, los partidos políticos y la sociedad en general, incluidos los medios de comunicación, parecen haber decidido pasar página al cumplirse tres años del decreto del estado de alarma. Soy parte de esa alegre banda, ansiosa por vivir, creyente fiel de que la parca pasó cerca, pero se fue. Carpe diem.
Sin embargo, las víctimas mortales del coronavirus no han parado de acumularse en todo el mundo. A finales de 2022 se alcanzaban los quince millones. Solo en España se reconocen casi 120.000 muertos por esta causa. Y a nuestro lado, de forma silenciosa, viven invisibles, arrastrando los pies, cientos de miles de afectados por un síndrome inescrutable: el Covid persistente.
He querido recordar cómo fue todo pensando en ellos, en los que se fueron y en los que caminan despacio. En mi cabeza, los recuerdos me remiten automáticamente a finales de enero, cuando todavía el Gobierno vivía feliz. El presidente, Pedro Sánchez, acababa de ser investido y los nuevos ministros y ministras estrenaban sus carteras. Yo mismo acababa de ser confirmado nuevamente como secretario de Estado de Comunicación.
Aquel 31 de enero
Eran casi las doce de la noche del viernes 31 de enero de 2020. Después de un día duro, estaba tomando una cerveza con mi mujer cerca de casa. Habíamos salido un rato para diluir en un par de tragos las tensiones de una jornada intensa. Pocas horas antes mi equipo había escrito en twitter: “El avión procedente de China ha aterrizado en la base aérea de Torrejón. Se están realizando las primeras pruebas a los pasajeros, todos son asintomáticos, según los test realizados en origen y a su llegada a Londres, y serán trasladados en autobús al hospital Gómez Ulla”.
Desde la Secretaría de Estado de Comunicación habíamos propuesto al Ministerio de Sanidad reutilizar la cuenta en desuso “Salud Pública”, que en su día se había creado para informar de la crisis del ébola. En un pestañeo se disparó el interés por ella.
La ansiedad por saber lo que estaba pasando hizo que se multiplicaran por miles sus seguidores con la llegada de los veintiún españoles de Wuhan.
Hacía solo dos días que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y su vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales, Pablo Iglesias, con la ministra de Economía, Nadia Calviño, y la de Trabajo, Yolanda Díaz, habían firmado un acuerdo con los sindicatos y la patronal CEOE para subir el Salario Mínimo Interprofesional a 950 euros. La firma se celebró en el salón Barceló, que poco después -aún se ignoraba-, iba a convertirse durante meses en la sala de guerra del Gobierno y sus comisiones de crisis, el lugar donde se analizarían cada mañana las peores noticias imaginables.
El Ejecutivo de coalición se estaba estrenando con pactos y con un nuevo ritmo, un nuevo aire. Recién constituido, a principios de enero, el presidente, con el asesoramiento de su director de Gabinete, Iván Redondo, había decidido que el Consejo de Ministros se celebrara los martes. La idea era conquistar la semana desde el principio, restar espacios a la oposición y no dejar el acto más relevante de Ejecutivo, la reunión de su órgano colegiado, para los viernes, casi en tiempo basura, cuando miles de españoles cargaban el coche para irse de fin de semana.
Recuerdo con estupefacción las imágenes de aquellos primeros consejos de veintidós ministras y ministros, apiñados en torno a la gran mesa ovalada de la sala.
Es difícil creer lo que iba a ocurrir poco tiempo después. Aún tengo en la cabeza la curiosa estampa de las carteras negras acumuladas en la antesala del Consejo, mientras el nuevo equipo salía a las escalinatas, en la mañana del 14 de enero, a posar frente a la prensa.
El primer Gobierno de coalición desde la Guerra Civil. Un hito. Tantos eran, que no había sillas suficientes para los ministros y ministras. Hubo que buscarlas en todos los rincones de Moncloa y resultó que las que se necesitaban estaban precisamente en mi despacho. Cuatro sillas, para los cuatro ministros de Podemos, salieron del comedor de la Secretaría de Estado de Comunicación para soportar el peso de los nuevos responsables de la gobernación de España.
Es curioso recordar cómo la historia me atrapó en la mayor desgracia vivida por este país desde la contienda civil cuando apenas unas semanas antes había guardado todas mis cosas, convencido de que no iba a seguir en mi puesto. Recogí mis libros, mis fotos y un reloj de cuerda que me había llevado de casa para darle calor al tiempo interminable que pasaba en Moncloa. Después de aquello, no volví a intentar poseer de ninguna manera aquel lugar, sabedor de que mi paso era efímero; mi huella, deleble y borrable, como así ha demostrado el tiempo.
Teníamos una nueva ministra portavoz, la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, que había llegado a poner gracejo y picardía política a la elegantísima y vasquísima portavocía de Isabel Celaá. Todo había cambiado a mí alrededor, pero yo seguía en el cargo y fui felicitado por cientos de compañeros que debían creer, desde fuera, que se alcanza el gozo cuanto más cerca se está del poder, cuando lo que se alcanza más fácilmente es angustia y ansiedad. Por eso, aquella noche del 31 de enero de 2020, salí con mi mujer a que me diera en la cara el aire frío de enero y me despejara un poco.
Llamada a medianoche desde un número oculto
Faltaban unos minutos para la medianoche cuando sonó el teléfono. Número oculto. Era el presidente. “Oliver, ponte en contacto con Salva (Salvador Illa) y coordina con él la comunicación. Se acaba de confirmar el primer caso de coronavirus en España. Es un extranjero, alojado en un hotel de La Gomera”. Desde ese momento, fue un no parar. El día había comenzado pendiente de los veintiuno de Wuhan, con una llegada retransmitida en directo al atardecer y sin conductores que quisieran trasladarlos en autobús al Hospital Gómez Ulla, territorio de Margarita Robles, la ministra de Defensa.
Tuvieron que ser policías y militares quienes lo hicieran, en medio de un impresionante despliegue de señales luminosas, de advertencia. Yo estaba horrorizado con tanto destello. ¡Ojo, que aquí van los de Wuhan! A la aprensión social por meter el virus dentro, se sumó el susto de última hora: con el caso de La Gomera, se confirmaba que el coronavirus ya estaba en suelo español y que nada sería igual a partir de ese momento.
Los contagios comenzaron a propagarse con inicial parsimonia y en algún momento se pensó que podría evitarse la transmisión comunitaria, pero fue en vano. Con el posterior crecimiento exponencial, el Gobierno llegó a marzo sin terminar de creer lo que estaba pasando. Se había nombrado en febrero, desde el primer momento, a un portavoz técnico, Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, que ya actuó como tal en el episodio del ébola. Aquella enfermedad procedente de África se cobró en 2015 la vida de un misionero, contagió a una enfermera, obligó a sacrificar a su perro y aterrorizó a toda España. Nada comparable con lo que estaba por venir.
Simón había dejado buen recuerdo por su bonhomía y naturalidad en el trato con los medios de comunicación, por su carácter optimista y su valentía. Asumió la tarea con esa naturalidad incauta de quienes no tienen nada que temer, salvo decir lo que honestamente saben. Y eso fue lo que pasó al principio: que, honestamente, Simón sabía poco, como todos los epidemiólogos que se enfrentaban por primera vez al nuevo mal, y la amabilidad inicial con la que fue recibido se tornó en furia contra el Gobierno. Simón, un tipo estupendo, un epidemiólogo honrado, fue un buen pararrayos.
Es como una gripe
A principios de febrero, el miedo de la gente comenzó a transformarse en una forma deleznable de xenofobia. Es verdad que enseguida se atajó, pero brotó un grave conato de rechazo hacia la colonia china en España. El “virus chino”, se le llamaba, y nada más lógico para muchos que aborrecer a los chinos que poblaban los barrios de muchas ciudades españolas. Especialmente, Madrid. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se reunió con representantes de esa comunidad en Moncloa para transmitirles apoyo, tranquilidad y confianza.
Por aquel entonces, todavía en los Consejos de Ministros y en las ruedas de prensa posteriores, se afirmaba que estábamos ante algo parecido a una gripe y que no estaba por tanto justificada la histeria. María Jesús Montero, la ministra portavoz, lo dijo varias veces, con el refrendo de mí departamento, dada la inicial evolución de la enfermedad y sus primeros efectos en otras partes del mundo.
En China, las autoridades parecían contener el virus. Y en España, el Gobierno quería contener el miedo. Pero los casos comenzaban a extenderse y se produjeron las primeras víctimas.
El primer fallecido fue un padre de familia que había hecho un viaje por Nepal. Murió el 13 de febrero, en la Comunidad Valenciana, aunque la causa se conoció a principios de marzo. Como suele ocurrir cuando el mal acecha, es fácil conformarse con una explicación como esta: el hombre se había contagiado fuera, no lo había cogido en España. Pero, ¿habría transmitido el virus?
Hasta ese momento, la vida política seguía su ritmo. El 6 de febrero de 2020 el presidente Sánchez acudió a Barcelona para reunirse con el president de la Generalitat, Quim Torra, y mantener otros contactos con autoridades y representantes sociales.
Agenda de concordia. Esfuerzo de normalización. Ese era el programa y el verdadero objetivo por el que Salvador Illa había venido al Gobierno. ¿Quién le iba a decir cuando se hizo cargo del Ministerio de Sanidad, un cascarón vacío, que las cornadas más graves las iba a pegar un virus desconocido: el SARS COV 2?
Dos días después, el 8 de febrero, el presidente convocó a todos sus ministros para una jornada de confraternización del nuevo Ejecutivo en los Quintos de Mora, Toledo. Todo eran risas y buenos augurios. Ninguna medida de seguridad. Fotos en grupo. Abrazos, besos. En el comedor, a la hora del aperitivo, todos le cantamos el cumpleaños feliz al ministro Manuel Castells.
El Mobile se cae
Se confirmó otro caso en Mallorca. Comenzaba el goteo. Pero nada generaba en aquel momento un miedo irrefrenable. Pensábamos que la enfermedad estaba contenida en el Extremo Oriente. Incluso hubo una convocatoria del Consejo Europeo. Sánchez viajó a Bruselas antes de que acabara febrero.
Sin embargo, un acontecimiento marcó el comienzo de ese mes: el Mobile World Congress, la principal feria internacional de la telefonía móvil que se celebraba en Barcelona, se canceló después de numerosas llamadas a la calma, que no sirvieron para nada. Miles de asistentes tendrían que venir de Asia, de China. Un riesgo inasumible para los organizadores. El director de Gabinete de Moncloa, Iván Redondo, lo tuvo claro desde el principio: “Esto es imparable, las empresas se van a ir cayendo una tras otra. El Mobile se va a cancelar”, nos dijo con su habitual pragmatismo una semana antes de que se consumara la cancelación.
El nuevo Gobierno de coalición se reunió por primera vez en Zarzuela, presidido por el rey, el 18 de febrero. Aquella escena era impagable: el vicepresidente Iglesias, sentado a la derecha de Sánchez, a un metro del rey.
La preocupación iba en aumento, aunque todavía era algo difusa. Y entonces llegaron, aquel mismo día, las palabras del director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Ghebreyesus: “Estamos ante una situación de difusión descontrolada de este virus. ¿Tiene este virus un potencial de pandemia? Por supuesto que sí”. Todavía, sin embargo, nos parecía algo muy lejano, pues miles de kilómetros nos separaban de la onda expansiva de aquel tsunami.
Entre medias, el Gobierno iba a lo suyo y se produjo uno de los grandes momentos en la política de distensión con Cataluña de Pedro Sánchez: la celebración de la Mesa de Diálogo entre el Gobierno y la Generalitat, que tuvo lugar el 26 de febrero. La puesta en escena fue perfecta. El día, fantástico, un luminoso miércoles, después de comer. La jornada terminó por la noche, en medio de un ambiente de normalidad y cordialidad.
Me encargué personalmente de todos los preparativos escénicos de la cita. La recepción al aire libre del presidente y sus ministros a los miembros de la Generalitat de Cataluña, encabezados por Quim Torra; el paseo jovial hasta el edificio del Consejo de Ministros, retransmitido con delectación por las televisiones, y, finalmente, la reunión en la sala Tapies, sobre una larga mesa de cristal transparente, con cada parte a un lado, y un fabuloso cuadro del pintor catalán a espaldas del presidente Sánchez.
Sánchez enfrente de Torra, y así cada miembro del Ejecutivo de España, cara a cara con sus invitados catalanes a la Mesa del Diálogo, a menos de un metro de distancia, casi tocándose las rodillas, todos bien juntitos, cheek to cheek. ¡Qué ajenos todos al miedo y a la prudencia! Estábamos solo a poco más de dos semanas del 14 de marzo.
La reunión, de humilde resultado político, fue un éxito de imagen. En esos días, los casos de coronavirus se contaban todavía de uno en uno, según se confirmaban. Un día después, por ejemplo, Fernando Simón consignó dos nuevos contagios en Madrid y ofreció datos sobre el confinamiento de casi un millar de turistas alojados en un hotel de Tenerife por un positivo. Este era el contexto, casos diseminados, en el que se organizó un viaje a La Rioja para que el presidente se reuniera con su presidenta, Concha Andreu, y convocase allí la primera reunión de la Comisión Delegada contra el Reto Demográfico, una de sus grandes apuestas.
A la vuelta de aquel viaje relámpago, se supo que el virus estaba circulando por aquella comunidad y que se había producido un contagio masivo, cuyo origen era un funeral celebrado en Vitoria días antes. Se nos metió una culebrilla en el cuerpo. Habíamos estado allí. ¿Y si nos habíamos traído algo? Casi al mismo tiempo, se produjo otro gran contagio en Igualada, Barcelona, tras una comida de sanitarios. La Generalitat de Cataluña llegó a confinar a 70.000 personas por ese brote en cuatro municipios de la Conca d´Òdena.
Primeras víctimas camino del 8M
Así llegó el Gobierno a marzo de 2020 y a las vísperas del 8 de marzo, Día de la Mujer. Para preparar el terreno de la gran movilización que se esperaba, el Consejo de Ministros aprobó en su reunión del 3 de marzo de 2020 el anteproyecto de Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual, con la intención de reformar el Código Penal e incorporar medidas de prevención y reparación a las víctimas de delitos sexuales. La ministra de Igualdad, Irene Montero, se presentó sonriente en la sala de prensa de Moncloa para exponerlo, junto a la nueva portavoz, María Jesús Montero, y la ministra de Educación y exportavoz, Isabel Celaá. Era martes y quedaban solo cinco días para el 8M.
Esa semana todo comenzó a precipitarse. Primero, se confirmó que el coronavirus había provocado la muerte en Valencia del español que había viajado a Nepal. Se constató otra muerte por el nuevo virus en el País Vasco. Otra en Madrid. ¿Quiénes eran?, ¿por qué habían muerto?, ¿dónde se habían contagiado? En ese momento, todavía era posible personalizar la muerte. La víctima se llamaba así, tenía tantos años, era personal sanitario… El 6 de marzo ya eran cinco muertos. El 7 de marzo, ocho. El 8 de marzo las víctimas superaban la quincena. Era evidente que los contagios y la mortalidad estaban progresando geométricamente.
Pero la fiesta del 8 de marzo se echaba encima, a una velocidad de “no retorno”. Y, por supuesto, se celebró con la asistencia de miles de mujeres en decenas de ciudades españolas, especialmente en Madrid. A las marchas de la capital asistieron numerosas ministras del gobierno. Irene Montero, con su grupo de Podemos, por un lado. Y por otro, las socialistas, que fueron fotografiadas felices, en plena y multitudinaria celebración: la vicepresidenta, Carmen Calvo, Nadia Calviño, Carolina Darias, Arancha González Laya, Begoña Gómez, la esposa de Pedro Sánchez, Fernando Grande-Marlaska e Isabel Celaá, que lleva unos llamativos guantes de látex morados, a juego.
A partir de ese momento, los acontecimientos fueron una catarata. El 9 de marzo el presidente Sánchez acudió a la inauguración del congreso anual de la Asociación de Trabajadores Autónomos (ATA) y aprovechó la cita para anunciar un Plan de Choque contra el COVID, en coordinación con los agentes sociales. Salvador Illa le había comunicado que los datos del fin de semana eran realmente malos.
Sánchez aseguró ante los empresarios que el Gobierno estaba trabajando en este plan desde hacía un par de semanas. Fue la primera manifestación pública en la que el presidente Sánchez se mostró claramente concernido y preocupado por lo que estaba ocurriendo.
Hasta ese momento, el presidente había evitado el tema para no incrementar la preocupación social. La comunicación sobre la evolución de la enfermedad había quedado en manos del Ministerio de Sanidad, de las comunidades autónomas, y del portavoz gubernamental, Fernando Simón. Fue una decisión lógica, en la que participé activamente, tendente a generar un cinturón de seguridad informativa y política en torno al presidente.
Mientras tanto, se conocieron los positivos de varios dirigentes de Vox, que ese mismo fin de semana había celebrado un mitin multitudinario en la plaza de Vistalegre, en Madrid. Los medios reflejaron que el partido de Santiago Abascal decidió mantener el acto pese al coronavirus, aunque pidió a los que se consideraran vulnerables que no acudiesen y acusó al Gobierno de falta de instrucciones claras sobre las medidas a adoptar.
Iglesias quiere más dureza
A decir verdad, nada se paró en aquellos días. Las competiciones deportivas congregaron a miles de aficionados ese fin de semana. Miles de fieles asistieron a sus misas, comulgaron, se dieron la paz. Pero el diablo andaba suelto. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ante los casos en ascenso, ordenó cerrar los colegios. Algunos lo interpretaron como una maniobra abyecta del PP, Ciudadanos y Vox contra el gobierno de coalición, que hasta ese momento se había guiado con cierta contención. Pero las medidas comenzaron a caer por su propio peso. Por ejemplo, la disputa en España de partidos de fútbol de competiciones europeas se realizó a puerta cerrada. Dos semanas antes, el encuentro Atalanta-Valencia, de la Champions League, celebrado en el mítico estadio de San Siro, en Milán, provocó una explosión de contagios en Lombardía. En ese momento, Italia se había erigido como la gran contaminadora, el gran peligro.
Empezaron a llegar por todas partes vídeos increíbles de patrullas policiales por las calles del norte de Italia, con prohibiciones expresas a los habitantes de salir de las casas. Los altavoces de los carabineros llenaban el espeso silencio de la noche italiana con sus advertencias y helaron el corazón de miles de españoles. Las redes sociales pusieron en marcha un proceso paralelo de información. Se escucharon en todos los programas de radio y televisión los testimonios de expertos y profesionales sanitarios en ejercicio en Italia que anunciaban lo que se nos venía encima y que se alarmaban por la falta de reacción que observaban en España, donde, según ellos, se vivía como si nada estuviese pasando y nada fuese a pasar.
El 10 de marzo se anunció que las Fallas se aplazaban.