Cómo cuidar la microbiota en la adolescencia, según una doctora: "Los padres no deben convertir esta etapa en una batalla sobre la comida"

¿Qué ocurre en el intestino de los adolescentes? Silvia Gómez Senent explica en su nuevo libro todo lo que los padres deben saber en esta nueva etapa
'Lucía, mi pediatra', sobre la adolescencia: "Es una etapa de enorme remodelación cerebral en la que necesitan límites y consecuencias"
Sabemos que la adolescencia es una de las etapas vitales donde hay más cambios, tanto a nivel físico —algo evidente— como a nivel cerebral. Es el momento en el que hay una reorganización de las conexiones neuronales, y continúa madurando la corteza prefrontal, implicada en funciones como la planificación, el control inhibitorio, la toma de decisiones o la valoración de consecuencias. Es un momento, además, donde al mismo tiempo, los sistemas relacionados con la recompensa, la novedad y la emoción tienen un enorme peso. Por eso los adolescentes suelen buscar experiencias nuevas y en las que, a veces, incluso arriesguen más. Sin duda, la adolescencia está llena de emociones e intensidad. Como expresa la pediatra Lucía Galán Bertrand ('Lucía, mi pediatra') en su libro 'Adolescencia' es no debemos esperar que reaccionen siempre como adultos cuando todavía están aprendiendo a serlo.
En esta multitud de cambios, hay otro muy importante: el de la microbiota. Se ha hablado de la microbiota como eje de nuestra salud, sin embargo, poco de qué le ocurre a nuestro intestino cuando somos adolescentes. ¿Por qué puede dolernos la tripa justo antes de un examen? ¿Qué ocurre cuando dormimos poco y pasamos la noche mirando una pantalla? ¿Por qué a veces comemos sin tener hambre? La conexión entre el intestino y el cerebro sirve como punto de partida para hablar de estrés y emociones, pero también de alimentación, sueño, ejercicio y trastornos de la conducta alimentaria, cambios hormonales, menstruación, acné o relaciones sociales. Porque hablar de microbiota no es hablar solo de digestión: es entender un ecosistema que convive con nosotros y que también responde a nuestra forma de vivir.
La microbiota en la adolescencia
La adolescencia lo pone casi todo patas arriba: cambian el cuerpo, el sueño, el apetito, el estado de ánimo y, sobre todo, la forma de relacionarse con los demás. Y mientras todo eso ocurre, también cambia la microbiota. Durante estos años continúa evolucionando y responde a lo que comemos, a cuánto nos movemos, a cómo dormimos o al estrés que soportamos. Lo explica en su libro 'Tu microbiota adolescente en acción' (Espasa, 2026) la doctora Silvia Gómez Senent quien lleva quince años investigando la relación entre el intestino, la salud y el bienestar, combinando la experiencia clínica con la divulgación científica. El libro, que viene ilustrado por el trabajo de Patricia González Irala, trata precisamente de descifrar todas esas incógnitas planteadas.
"Durante esta etapa adquieren especial importancia factores como la alimentación, el sueño, el ejercicio físico, el estrés, el sedentarismo, el uso de antibióticos o determinados hábitos. Todos ellos pueden modificar la diversidad y el equilibrio de los microorganismos que viven en nuestro intestino. Además, la microbiota intestinal está estrechamente relacionada con el eje intestino-cerebro. Por eso, a los padres les diría que no debemos obsesionarnos con la microbiota ni intentar que nuestros hijos hagan todo perfecto. Lo realmente importante es acompañarles en la adquisición de hábitos saludables: una alimentación variada, rica en alimentos vegetales y fibra; movimiento diario; un buen descanso; y herramientas para gestionar el estrés", señala la doctora a la web de 'Informativos Telecinco'.
"No se trata de controlar lo que come un adolescente, sino de darle herramientas para comprender su hambre, sus emociones y la importancia de lo que come para su microbiota y su salud"
Ayudarles a alimentarse mejor
En esta etapa la alimentación y los hábitos, como podemos ver, juegan un papel importantísimo. Como subraya, hay que tener en cuenta que el apetito es muy variable. Hay momentos en los que parece que tienen hambre continuamente y otros en los que se saltan comidas o simplemente no tienen demasiado apetito. Y esto puede tener que ver con muchos factores: el crecimiento, la actividad física, los cambios hormonales, el sueño, el estrés, las emociones y también los horarios y hábitos de esta etapa.
Además, tenemos que distinguir entre hambre física y hambre emocional. El hambre real suele aparecer de forma progresiva y se calma con prácticamente cualquier alimento. En cambio, el hambre emocional puede aparecer de repente y estar relacionada con el aburrimiento, el estrés, la ansiedad o simplemente con el estímulo de ver un determinado alimento. "Por eso, más que hablar de alimentos “buenos” o “malos” o prohibir determinados productos, creo que es fundamental enseñar a los adolescentes a escuchar las señales de su cuerpo y entender qué necesitan en cada momento". Por lo tanto, no es recomendable prohibirles pero sí enseñarles qué tipo de alimentos son los más sanos. En este sentido, las bacterias intestinales necesitan, sobre todo, alimentos de origen vegetal como frutas, verduras, legumbres, frutos secos, semillas y cereales integrales. También son importantes las grasas saludables y los alimentos ricos en polifenoles. Una alimentación variada aporta nutrientes y fibra que ayudan a mantener una microbiota diversa y un intestino saludable.
Por contra, es bastante habitual que prefieran alimentos menos sanos, ricos en azúcares, grasas y sal, es decir, ultraprocesados. Esto tiene una explicación científica y es que es una etapa donde el cerebro todavía está madurando y los circuitos relacionados con la recompensa, el placer y la búsqueda de nuevas experiencias tienen un papel muy importante. La publicidad, la presión de los grupos de amigos o malos hábitos de descanso pueden favorecer la tendencia a este tipo de alimentos que compensan las necesidades del cuerpo. Lo importante, como señalan los expertos, es no culpabilizar al adolescente.
¿Qué podemos hacer los padres para ayudarles a mejorar la alimentación? La respuesta de la doctora es clara al respecto: "A los padres les diría que esta etapa no debería convertirse en una batalla alrededor de la comida. Nuestro papel es ofrecer, acompañar y educar, creando un entorno en el que comer bien sea algo natural, no una fuente de presión. Y, sobre todo, debemos tener mucho cuidado con los mensajes relacionados con el peso, el cuerpo o las dietas restrictivas, porque la adolescencia es precisamente el momento en el que se está construyendo la relación con la comida y con el propio cuerpo. No se trata de controlar lo que come un adolescente, sino de darle herramientas para comprender su hambre, sus emociones y la importancia de lo que come para su microbiota y su salud".
Algunas de las herramientas que propone son:
- Tener siempre en casa frutas, verduras, frutos secos, legumbres y alimentos poco procesados.
- Involucrarles en la compra y preparación de los alimentos, para que aprendan a elegir y cocinar.
- Intentar mantener cierta regularidad en las comidas, sin obsesionarnos con horarios perfectos.
- Enseñarles a leer las etiquetas y entender qué están comiendo.
- No prohibir ni demonizar alimentos. Podemos consumir ocasionalmente productos menos saludables dentro de una alimentación globalmente variada.
Qué hacer cuando aparecen los trastornos de la conducta alimentaria (TCA)
La adolescencia es un momento muy proclive a que aparezcan los trastornos de la alimentación. De hecho, según la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia la mitad de los 400.000 casos de España se dan entre los 12 y 14 años. Hay muchos factores y es verdad que este tipo de trastornos no son nuevos, pero los agravan la exposición constante a redes sociales, la presión por la imagen corporal, los cánones estéticos irreales y la desinformación sobre dietas o estilos de vida saludables. Hoy sabemos que las alteraciones severas en la alimentación dañan profundamente el ecosistema intestinal, repercutiendo a su vez en la salud mental, el estado de ánimo y la regulación del apetito, de ahí que muchos especialistas y tratamientos en los TCA hagan un análisis completo y con varios especialistas para comprender y ayudar de la mejor manera a los jóvenes que los padecen.
Detectar las señales de alerta lo más pronto posible puede reducir que el trastorno se cronifique o se alargue en el tiempo. Los seis primeros meses son vitales. Para ello, la doctora señala algunas líneas rojas como:
- Los cambios en los hábitos alimentarios o restricción progresiva como, por ejemplo, eliminar alimentos sin justificación médica, o adoptar rituales rígidos a la hora de comer (cortar la comida en trozos excesivamente pequeños, desmenuzarla, contar calorías u obsesionarse con las etiquetas nutricionales).
- Aislamiento social al momento de comer. Evitar comer en familia o con amigos, poner excusas para no sentarse a la mesa ("ya he comido fuera", "estudiaré en la habitación mientras como"), o levantarse inmediatamente al baño al terminar.
- Obsesión por el cuerpo y el peso. Esto lo podemos ver con comentarios negativos constantes sobre su imagen corporal, pesarse con frecuencia excesiva o usar ropa muy holgada para ocultar el cuerpo.
- Cambios de conducta, emocionales y de rendimiento: Irritabilidad, cambios bruscos de humor, mayor ansiedad, retraimiento social o aislamiento.
- Obsesión por la actividad física compulsiva (ejercitarse de forma rigurosa o desesperada, aun sintiendo fatiga o malestar).
- Síntomas digestivos y físicos persistentes. Quejas frecuentes de hinchazón, dolor abdominal, digestiones lentas o estreñimiento acusados. A menudo, la alteración digestiva y la disbiosis intestinal son consecuencia inmediata del trastorno alimentario, creando un círculo vicioso del que es crucial salir con un abordaje multidisciplinar.
Detectar estas señales a tiempo y abordarlas con empatía, sin juzgar y buscando apoyo profesional, es clave para frenar el desarrollo del trastorno.
