La costumbre de no usar nunca la vajilla “buena” dice más de nuestra relación con el disfrute diario de lo que parece
Guardar la vajilla “buena” para ocasiones especiales puede hacer que cada vez parezca más difícil encontrar el momento perfecto para usarla
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MadridHay casas en las que existen dos vajillas: la buena y la de diario. Una sirve para desayunar deprisa, comer cualquier día y meter los platos en el lavavajillas sin pensarlo mucho. La otra permanece cuidadosamente guardada en un armario esperando a que llegue la Navidad o alguna otra fecha especial en la que vengan invitados dignos de poder disfrutarla.
Puede ser una vajilla heredada, un juego que fue un regalo de boda o unos platos que eran demasiado bonitos como para usarlos todos los días. Guardar determinados objetos para momentos importantes es algo normal en nuestra sociedad. Puede aumentar la ilusión previa a una celebración y ayudar a conservar piezas delicadas.
Sin embargo, la psicología del consumo ha dado con un fenómeno curioso: cuanto más tiempo se evita usar algo porque parece especial, más especial puede acabar pareciendo y más complicado puede resultar encontrar una ocasión que pueda ser suficientemente buena para usarlo o directamente estrenarlo.
Cuando esperar aumenta el valor del objeto
Jacqueline Rifkin y Jonah Berger, profesores e investigadores del área de marketing y comportamiento del consumidor, analizaron por qué algunos objetos cotidianos terminan convirtiéndose en piezas que reservamos indefinidamente para una ocasión especial.
En sus estudios encontraron lo que denominaron una especie de “espiral de especialidad”. Cuando una persona decide no usar un objeto porque prefiere reservarlo para una ocasión futura, esa decisión puede aumentar su percepción de que se trata de algo especial. La siguiente vez, una situación cotidiana parece todavía menos apropiada para usarlo y el objeto vuelve a ser guardado. Esto puede repetirse durante meses o años.
Los investigadores estudiaron objetos cotidianos, no específicamente vajillas, pero el mecanismo encaja perfectamente con esos platos que permanecen dentro de una vitrina esperando una ocasión suficientemente importante.
La búsqueda de la ocasión perfecta
Este comportamiento se ha denominado “occasion matching”, algo así como hacer coincidir un objeto especial con una ocasión que esté a la altura. Las investigadoras Suzanne Shu y Marissa Sharif estudiaron este fenómeno con productos como vino, chocolates y artículos asociados al placer o al consumo ocasional. Encontraron que las personas tendían a retrasar su consumo cuando los consideraban especiales, caros, recibidos como regalo o alejados de sus compras habituales.
El problema llega cuando los requisitos para usar ese objeto son demasiado exigentes. Quizá los platos solo puedan salir cuando vienen invitados. Después, únicamente cuando se trata de una comida importante. Más tarde parece preferible reservarlos para Navidad. Finalmente, ni siquiera esa ocasión resulta suficientemente buena porque existe el miedo a romperlos.
Guardar algo también puede dar placer
Reservar objetos no siempre es necesariamente un error. Saber que una botella especial se va a abrir durante un aniversario o que una vajilla familiar va a aparecer todas las Navidades puede aumentar el significado de la celebración. El problema no está en esperar, sino en que la espera deje de tener un final concreto.
La investigación sobre consumo señala precisamente esta diferencia. Vincular un objeto a una ocasión determinada puede aumentar su valor simbólico, pero esperar indefinidamente una situación perfecta que quizá nunca llegue puede llevar a que siga sin utilizarse.
Los objetos pueden acabar representando mucho más que su función
Por otro lado, también hay razones sentimentales para mantener ciertas piezas protegidas. Una vajilla heredada de los abuelos no es solo un conjunto de platos. Puede representar comidas familiares, una casa de la infancia o una persona que ya no está. El sentimiento de propiedad puede aumentar el valor subjetivo que atribuimos a los objetos.
En este contexto, evitar usar una pieza no es únicamente por el miedo a romper la porcelana. Puede sentirse como si se estuviera protegiendo un recuerdo. Por eso, se puede entender que algunas personas prefieren conservarlas y esa elección puede tener todo el sentido del mundo.
La cuestión estaría cuando el objeto en cuestión fue comprado precisamente para disfrutarlo, pero la necesidad de protegerlo ha terminado eliminando cualquier posibilidad de poder hacerlo.
Dar valor a lo cotidiano también cambia la experiencia
No hace falta organizar una celebración para que una comida se sienta más especial. A veces con pequeños gestos como poner la mesa con más cuidado o usar una vajilla más bonita puede hacer que la experiencia cambie completamente porque se presta más atención al momento.
Utilizar de vez en cuando esos objetos que se suelen reservar puede tener sentido. No porque conviertan una cena corriente en un acontecimiento importante, sino porque ayudan a recordar que no todo el disfrute tiene que quedar aplazado para ocasiones especiales.
