Cuál es la relación entre estrés y apuestas: ¿jugamos más cuando estamos bajo presión?
Cuando aumenta el estrés, también crece la inclinación a apostar
Estas son las siete cosas que debes saber primero antes de pensar en hacer una apuesta en la lotería
Un día cualquiera, después de una jornada difícil, alguien abre la aplicación de apuestas deportivas. Quizá solo quiera distraerse unos minutos. Tal vez no lo llama “jugar”, sino “mirar cómo va la liga”. Pero bajo ese gesto tan cotidiano, los datos muestran algo más profundo: cuando aumenta el estrés, también crece la inclinación a apostar. Y no siempre con conciencia de lo que eso implica.
Un estudio realizado en Finlandia ha seguido la evolución de más de mil personas, para descubrir que existe una correlación directa entre niveles altos de estrés y el incremento de problemas de juego. Lo notable es que esa relación se detectó tanto entre personas distintas como dentro de la misma persona en distintos momentos de su vida.
La conclusión que podemos extraer de esto, es clara: no se necesita tener un historial de adicción para que el estrés actúe como disparador. Basta con estar atravesando una etapa emocionalmente vulnerable para que se dé esta situación.
Apostar no es solo una forma de ocio; en ciertos contextos, puede convertirse en una vía de escape emocional. Así lo refleja otro estudio de 2024. Dicha investigación evaluó el impacto de lo que llaman apostar para evadir una situación emocional y encontró una relación “moderada pero consistente” con trastornos graves del juego.
Cuando el estrés no se verbaliza, se canaliza. A veces, a través del juego. Pero ese canal es estrecho, y se puede volver resbaladizo. De esta manera, apostar puede proporcionar alivio temporal de la ansiedad, la depresión, la soledad o incluso el trauma.
El problema no es solo psicológico. También lo es financiero. Otro estudio, publicado por Social Indicators Research, revela que quienes perciben una fuerte presión económica tienen más probabilidades de caer en juegos de azar problemáticos. En otras palabras: se juega más cuando se siente que no hay salida. Cuando las cuentas no cuadran. Cuando el futuro pesa.
Pero la relación entre apuestas y ansiedad es circular. Lo que empieza como una distracción puede devolver el golpe en forma de angustia. Según la Mental Health Foundation del Reino Unido, el juego problemático puede generar “baja autoestima, estrés, ansiedad y depresión”. Y entonces se vuelve a jugar. No para ganar. Para dejar de pensar. Y ahí es donde el riesgo se vuelve real.
Porque sí, jugamos más cuando estamos bajo presión. Pero no jugamos mejor.
El estrés enturbia el juicio, nubla la noción de límite y alimenta la ilusión de control. Identificar ese momento en que el juego deja de ser entretenimiento para convertirse en anestesia emocional es clave. No es un problema de voluntad. Es una forma silenciosa de pedir ayuda. Y la mejor jugada, en ese caso, es frenar. Porque si el estrés te empuja a jugar, el primer paso es saber que no se trata de azar. Se trata de escucharte a tiempo.