El pueblo gallego declarado Conjunto Histórico-Artístico para disfrutar de mar y gastronomía este verano
Treinta hórreos alineados literalmente al borde del mar, junto a una constelación de casas marineras levantadas sobre roca granítica y una nómina de cruceiros de piedra
18 pueblos de ensueño para unas vacaciones muy diferentes: así es la comarca denominada la Toscana española
Existen escasos rincones en la costa española en los que la arquitectura popular se haya adaptado a la geografía con la misma elegancia que exhibe Combarro, una parroquia del concello pontevedrés de Poio, colgada a apenas seis kilómetros de la capital, sobre el margen norte de la Ría de Pontevedra.
Sus cerca de mil setecientos habitantes conviven cada verano con una avalancha discreta de visitantes que peregrinan hasta allí para comprobar in situ cómo unos treinta hórreos alineados literalmente al borde del mar, junto a una constelación de casas marineras levantadas sobre roca granítica y una nómina de cruceiros de piedra, componen una de las estampas más fotografiadas de Galicia y una de las más veteranas del catálogo estatal de patrimonio. La villa fue declarada Conjunto Histórico Artístico y Pintoresco el 30 de noviembre de 1972, con lo que este verano cumple cincuenta y tres años de protección administrativa continuada.
Un pueblo con reina y monasterio propios
La historia de Combarro se remonta al siglo XII, cuando la reina doña Urraca donó tanto el núcleo marinero como la vecina isla de Tambo al Monasterio de San Xoán de Poio, un cenobio benedictino que hoy conserva la titularidad mercedaria y una biblioteca monástica considerada una de las más importantes del Estado. Ambas dependencias mantuvieron esa filiación religiosa hasta mediados del siglo XIX, cuando el paso a la administración municipal de Poio incorporó Combarro al régimen civil.
Este origen aristocrático-eclesiástico explica en buena medida la preservación intacta del trazado urbano, ya que la comunidad monástica frenó durante siete siglos cualquier intervención que alterase la fisonomía del núcleo pesquero, y su ubicación al fondo de la ría (protegida, sin puertos de gran calado y alejada de las rutas comerciales masivas) hizo el resto.
Se ordena en torno a la calle de San Roque, en homenaje al patrón local, y de ella descienden calles secundarias hacia el mar. Un trazado aparentemente aleatorio, que obedece a la lógica del oficio marinero. Así, cada bocacalle facilita el acarreo del pescado desde el arenal hasta la vivienda, y cada solana permite el secado de los aperos.
Sobre la propia piedra se levantan las casas marineras, conocidas allí como mariñeiras, con delicados trabajos de cantería y solanas balconadas de piedra que remiten a la arquitectura barroca de los pazos gallegos.
A menos de tres kilómetros del casco histórico se levanta el Monasterio de San Xoán de Poio, conjunto benedictino de origen medieval declarado Monumento Histórico-Artístico y todavía está habitado por una comunidad mercedaria que gestiona hospedería. En su interior custodia dos claustros, una biblioteca considerada de las más importantes del Estado y un hórreo monumental. Es un punto de paso de la Variante Espiritual del Camino de Santiago y de la Ruta del Padre Sarmiento.
Frente a Combarro, la enigmática isla de Tambo cierra el horizonte con su silueta pinada, siendo solo accesible con permisos especiales. Las playas completan la propuesta veraniega para quien prefiera intercalar la ría con arenal y sobremesa larga bajo las balconadas de piedra.
Sesenta hórreos y una nueva palabra
El emblema fotográfico de Combarro son sus hórreos, construcciones elevadas sobre pilares que aíslan el grano de la humedad atlántica y de los roedores. Se conservan alrededor de sesenta en el conjunto histórico, y treinta de ellos se encuentran alineados frente al oleaje en la primera línea de mar, un hecho arquitectónico casi único en la fachada atlántica peninsular.
Los hórreos combarreses combinan piedra y madera y reciben en el habla local el nombre distintivo de palleiras, un galleguismo que reserva el término hórreo para los ejemplares más monumentales. Fueron construidos durante el siglo XVIII. La postal se completa con cruceiros de los siglos XVIII y XIX, incluidos los que jalonan las plazas y salidas del pueblo, y con uno más moderno de 1997 en la calle da Fonte, el único en el que la Virgen mira tierra adentro y el Cristo orienta la vista al mar.
Cuando las mariñeiras se hicieron restaurantes
El cambio más visible de las últimas décadas ha sido conservacionista, no cosmético. Y es que casi todas las casas marineras del frente litoral han sido rehabilitadas y hoy funcionan como restaurantes que ofrecen productos frescos de la ría en salones apenas alterados de su estructura tradicional.
El plato canónico es el pulpo a la gallega, cocido en su tenedor lento sobre pimentón y sal gorda. La carta se prolonga con zamburiñas a la plancha, almejas a la marinera, mejillones al vapor extraídos de las bateas visibles desde la costa y pescado de lonja variado según el día.
La cercanía a los criaderos de mejillón de las Rías Baixas, denominación de origen que compendia dos tercios del molusco europeo, garantiza el aprovisionamiento diario y explica por qué la crítica gastronómica coloca regularmente a Combarro entre los mejores destinos de sobremesa marina de Galicia.