Crimen

El asesino de la baraja: el perfil del exmilitar que mató para sentirse alguien y su situación actual

Alfredo Galán, el asesino que no sentía nada al matar: perfil psicológico y pasado militar. Personas, bestias
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Alfredo Galán Sotillo, conocido como 'el asesino de la baraja', fue un exmilitar que sembró el pánico en Madrid tras cometer seis asesinatos y tres intentos de homicidio en apenas 53 días, entre enero y marzo de 2003. Su paso por el Ejército, con misiones en los Balcanes, le permitió familiarizarse con armas de origen soviético como la pistola Tokarev que utilizaría después. Más de dos décadas después, su caso sigue generando interés por el perfil psicológico que hay detrás de sus actos y por su posible salida de prisión en los próximos años.

El quinto capítulo del videopodcast 'Personas, bestias', dirigido por Carmen Corazzini, analiza el perfil del asesino en serie. A diferencia de otros criminales, Galán no actuó por venganza, dinero o impulso inmediato. Según su propia confesión, mataba para comprobar qué se sentía y para alcanzar notoriedad. Esa mezcla de frialdad emocional y necesidad de reconocimiento es clave para entender su comportamiento.

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La idea de un perfil narcisista

La psicóloga forense Victoria Trabazo sitúa el origen de ese perfil en la infancia. La muerte de su madre durante el parto de su hermana marcó un antes y un después: pasó de ser el niño pequeño de la casa a sentirse desplazado. A ello se sumaron problemas académicos (no obtuvo la ESO) y una trayectoria marcada por la frustración. Intentó ingresar en la Guardia Civil, aprobó el examen, pero no superó las pruebas físicas. Después optó por el Ejército, donde buscaba un papel heroico. Participó en misiones en el extranjero, en Bosnia, pero lejos de encontrar ese reconocimiento, regresó cada vez más huraño.

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Ese deterioro se tradujo en crisis de ansiedad que motivaron su ingreso en el Hospital Gómez Ulla. Fue diagnosticado con un trastorno adaptativo ansioso-depresivo, aunque pidió el alta voluntaria. Pese a ello, los peritos concluyeron posteriormente que era plenamente consciente de sus actos.

Cuando comenzó a matar, a principios de 2003, ya estaba de baja psicológica y en proceso de salida del Ejército. Posteriormente trabajó como vigilante de seguridad, una etapa en la que, según él mismo relató, observaba con satisfacción los carteles con su retrato robot cuando le buscaban. Ese comportamiento refuerza la idea de un perfil narcisista que necesitaba verse reflejado en el impacto mediático.

Alfredo Galán tiene 48 años y continúa en prisión

La notoriedad fue, de hecho, el motor de su caída. Con el paso de los meses, la atención mediática disminuyó y Galán decidió entregarse en julio de 2003 en Puertollano. No lo hizo presionado por la investigación, sino porque, según los investigadores, le inquietaba dejar de ser relevante y de ocupar espacio en los medios. Durante los interrogatorios explicó que no sentía nada al matar. Esa ausencia de emoción, unida a la repetición de los crímenes, encaja con el perfil de un psicópata que buscaba una sensación que nunca llegaba. Sin embargo, sí encontraba estímulo en la repercusión pública de sus actos.

El juicio, celebrado en 2005, confirmó que no existía ninguna patología que anulara su responsabilidad. Fue condenado a 142 años de prisión por seis asesinatos y tres intentos de homicidio. La sentencia descartó cualquier atenuante. En la actualidad, Galán tiene 48 años y continúa en prisión.

Aunque la condena supera el siglo, el cumplimiento efectivo está limitado por la legislación vigente en el momento de los hechos, lo que sitúa el máximo en torno a 25 años, por lo que podría salir en torno a 2028 si accede a beneficios penitenciarios y cumple los requisitos legales, como buena conducta, evolución favorable y clasificación en tercer grado. Su caso sigue siendo estudiado como el de un criminal que no mataba por necesidad, sino por la necesidad de sentirse alguien.