Australia

La historia de Virginia Sanz, una española que trabaja en Australia: "En una semana puedo ganar 2.000 o 2.300 euros"

Virginia Sanz durante una de sus jornadas laborales en las minas australianas
Virginia Sanz, durante una jornada de trabajo en la mina. Cedida
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A sus 31 años, Virginia Sanz es el reflejo de una generación de jóvenes españoles que van a buscarse la vida, y mejores condiciones laborales, a miles de kilómetros de su hogar. A pesar de haber estudiado Periodismo en su Cádiz natal, Virginia trabaja actualmente en unas minas de hierro en Australia Occidental, aislada del mundo, en medio del desierto. Un trabajo con el que gana entre 2.000 y 2.300 euros en una sola semana. Un salario soñado por muchos en nuestro país.

Abandonó España con apenas 21 años. Había terminado la carrera de Periodismo, pero su inquietud por volar fuera de nuestras fronteras venía de mucho antes. “Soy de Rota, un pueblo donde hay una base americana, y eso hace que crezcas viviendo casi en dos realidades distintas”, explica Sanz a Informativos Telecinco. Ese contacto permanente con otra cultura y el hecho de tener familia estadounidense marcaron su manera de mirar el mundo desde niña.

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“Siempre me llamó mucho la atención su cultura, su forma de vivir, esa mentalidad tan diferente. Desde muy joven tenía claro que quería vivir fuera de España”, cuenta. Lo que no imaginaba entonces era que acabaría pasando más de una década fuera de su país.

Su primer destino fue Ámsterdam. Buscaba un entorno internacional, donde se hablara inglés y con un acento “relativamente neutro”. “En cuanto terminé la carrera, me fui a vivir a Ámsterdam”, recuerda. Allí trabajó como guía turística y, aunque su plan inicial era quedarse solo un año, la experiencia se alargó tres.

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“Me enamoré de la vida que tenía allí”, reconoce. Aun así, la inquietud por conocer otros destinos seguía presente. “Sentía que esa felicidad podía replicarse en otros lugares. Tenía sed de aventura”, dice.

Australia, casi por casualidad

Tras tres años en el norte de Europa, Virginia sintió la necesidad de hacer un cambio radical. “También necesitaba sol y buen tiempo”, explica. Buscaba un país de habla inglesa, con un clima opuesto al europeo. Australia apareció casi de manera intuitiva.

“Así fue como apareció Australia en el mapa, sin saber prácticamente nada del país, ni de las minas, ni de cómo funcionaba la vida allí”, confiesa. Eligió Sídney simplemente porque era el nombre que le resultaba familiar.

Sus primeros meses fueron, como ella los define, de “adaptación constante, pero no traumáticos”. “Al llegar a Sídney tuve trabajos ‘normales’: trabajé como dependienta, como camarera…”. Además, continuó vinculada al mundo de la moda y la interpretación, sectores en los que había trabajado en España durante años.

Más adelante, su camino la llevó a una granja como recolectora de arándanos. Y fue entonces, ya en su segundo año en Australia, cuando decidió dar un giro decisivo: mudarse a Western Australia.

El descubrimiento de las minas

El mundo de las minas llegó a su vida casi como una revelación. “Ahí es cuando descubrí el mundo de las minas, algo de lo que no tenía absolutamente ni idea hasta entonces”, explica. Le atrajo desde el primer momento, no solo por el salario, sino por lo que representaba.

“Para mí era como un cartel enorme de ‘aventura’: vivir aislada en un campamento, en medio del desierto, en un entorno completamente diferente a todo lo que había vivido antes”.

También se enamoró de la estética del lugar. “El desierto australiano me parece precioso”, afirma. Tras vivir en la East Coast, más internacional y urbana, entrar en la Australia profunda fue una experiencia casi antropológica para ella.

A día de hoy, después de casi dos años en las minas, sigue sintiéndose aprendiz. “Sigo sintiéndome como una niña pequeña aquí, porque siempre estoy cambiando de minas, de puestos, de agencias, aspirando a más”. Cada cambio supone un reto, pero el cambio, para ella. Es su modus vivendi. “Mi vida ha sido siempre cambio y adaptación, así que para mí el cambio no es un problema, es casi mi zona de confort”.

Un trabajo poco conocido: ¿qué hace una Hose Technician?

Actualmente, Virginia trabaja como Hose Technician, un puesto técnico dentro de las minas. “Nuestro trabajo consiste básicamente en el mantenimiento de ciertas áreas de la mina, sobre todo a través de sistemas de agua”, explica. Utilizan camiones cisterna, bombas y mangueras de alta presión para limpiar y mantener las instalaciones.

Y es que en las minas de hierro, el polvo y la acumulación de piedra son constantes. “Nuestro trabajo es limpiar y mantener esas instalaciones para que todo funcione correctamente”.

Las jornadas son de 12 horas, pero desmonta muchos de los mitos asociados a ellas. “Sinceramente se hacen mucho más llevaderos de lo que la gente imagina”. De esas 12 horas, al menos dos son descansos, y en épocas de calor incluso más.

“Al final, aunque el turno sea largo, el trabajo físico real suele ser de unas seis o siete horas”, asegura. Para ella, lo más difícil no es el cansancio físico, sino el mental. “Tengo buena condición física y no me resulta especialmente duro. Lo más complicado al principio es aprender a gestionar mentalmente una jornada tan larga, sobre todo al principio”.

Virginia, en las minas de Australia

Cuando se le pregunta por lo más complicado de trabajar en las minas, Virginia cuenta que ha sido encontrarse con personas que “no quieren estar allí”. Gente que vive el trabajo con resignación, únicamente por dinero, y cuya energía acaba pesando. “Personas muy tristes, amargadas… que a veces, aunque tú seas todo lo contrario, pueden afectar al ambiente”. También reconoce que hay jefes que no siempre facilitan el camino.

Sueldos que cambian la perspectiva

Sin duda, el gran atractivo de las minas es el salario. En puestos básicos dentro del campamento, “cobraba entre 37 y 40 dólares australianos la hora”, unos 20 euros, dice. En su puesto actual, la cifra sube. “El salario está entre 43 y 50 dólares la hora”, lo que equivale a unos 25 euros. En semanas completas de turnos largos, “puedes llegar a ganar alrededor de 2.000–2.300 euros en una sola semana”.

Para Virginia, el sueldo sí compensa. “Me parece un trabajo bastante llevadero”, afirma. Además, la vida en el campamento incluye alojamiento y comida, y permite incluso entrenar, socializar y crear vínculos. “Se acaba creando una especie de segunda familia”.

Uno de los beneficios de estar allí es el poder ahorrar. “En los puestos de entrada puedes ganar unos 3.000 euros trabajando dos semanas, sin prácticamente ningún gasto. Incluso descontando gastos durante las semanas de descanso, el ahorro mensual puede rondar los 1.500–2.000 euros”, dice.

La comparación con España es inevitable. “Aquí se cobra, de media, tres veces más, mientras que el coste de vida es muy parecido”, sostiene. Para ella, esa es la gran diferencia: salarios dignos y trabajo constante en todos los sectores. “En España se cobra muchísimo menos por prácticamente cualquier trabajo”, resume.

Una vida nómada

Virginia tiene claro qué le diría a los jóvenes españoles que no encuentran oportunidades en España. “Que no tengan miedo al cambio y que se atrevan a salir a explorar”. Recomienda empezar desde abajo si hace falta, aprender idiomas y ganar independencia. 

“Salir fuera de tu país te da calle, adaptación, seguridad en ti mismo y te quita el miedo al cambio. Pero no hace falta sólo irte fuera por trabajo. Descubrir el mundo es la mejor forma de descubrirse a uno mismo”, comenta.

Sin embargo, para Virginia, su trabajo en las minas “no es para siempre”. “Para mí es algo totalmente temporal”, afirma. En siete meses se le acaba su tercera y última Work and Holiday Visa en Australia, por lo que abandonará el país. Nunca buscó quedarse de forma permanente.

Ahora ya tiene la vista puesta en Nueva Zelanda y en una vida más tranquila, conectada con la naturaleza. Mientras, su vocación sigue intacta. “Yo soy periodista y me gustaría dedicarme al periodismo de viajes como freelance. Crear contenido, contar historias y transformar mi experiencia vital”, dice.

Por ello, en su pensamiento no cabe la idea de regresar a España. “Siento que fuera mantengo viva esa sensación constante de aventura”, dice. Sin embargo, la vida lejos de sus raíces tiene un precio. “Lo que más echo de menos es a mi gente. Esa es la parte más complicada de la vida nómada: tener el corazón repartido por todo el mundo. Es el precio que se paga”, concluye.