Entrevistas

Una historiadora, sobre los desconocidos reformatorios franquistas: “Internaron a una chica porque suspiraba demasiado por los hombres”

Carmen Guillén historiadora. Cortesía
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Fue un día de septiembre de 1983. El alcalde de San Fernando de Henares intentó acceder al reformatorio femenino y no le dejaron. La muerte en el centro de la adolescente Inmaculada Valderrama era noticia y la ciudadanía quería saber qué ocurría puertas adentro. El alcalde solo logró entrar tras apelar a las máximas esferas.

Este fue el escándalo que enmarcó el final del Patronato de Protección a la Mujer, que cesó de forma definitiva en 1985. “Le quitan el presupuesto porque hay un escándalo público”, señala la historiadora Carmen Guillén. “No es un final abrupto, sino paulatino. Es un final por la puerta de atrás. No se cancela porque es algo terrible, sino porque se queda sin dinero”, resume. Se clausuraban así 44 años de historia, una que hasta no hace mucho había pasado desapercibida a los ojos de la población española.

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El Gobierno acaba de reconocer este viernes 20 de marzo a estas mujeres como víctimas de la dictadura y ha pedido públicamente perdón, en un acto en Madrid. El ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños, ha asegurado, como recoge Europa Press, que se trataba de un “sistema de terror”, que oprimía a las mujeres de “formas insoportables”. Durante décadas, el Patronato y sus internas se convirtieron en una historia de represión invisible, un olvido que hoy Bolaños ha definido como “lamentable e incomprensible”.

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Posiblemente no ayudó a su recuerdo que esta no sea una historia con la épica de otras experiencias de esas décadas. Tampoco, que falten fuentes documentales. El principal fondo documental del Patronato sucumbió a la inundación de los bajos del archivo en el que se guardaba. “Acercarse al Patronato es complicado porque tenemos un agujero enorme de información, que nos obliga a hacer historia desde los márgenes, acudir a archivos provinciales, prensa y fuentes orales”, apunta Guillén. “Cuando empecé, prácticamente no había mujeres que quisieran hablar de su experiencia”, señala. Muchas pensaban que su historia no debía ser contada, “les daba vergüenza y pensaban que las iban a seguir culpabilizando”.

“Nos ha costado mucho trabajo rescatarlo”, confirma. En la última década, y gracias al esfuerzo de historiadoras y antiguas internas, la historia del Patronato se ha vuelto más visible. Guillén acaba de publicar ‘Redimir y adoctrinar’ (Crítica), un ensayo que recupera la historia de estas mujeres y lo que implica. “Asumir que una mujer que ha pasado por un reformatorio es una víctima de la represión es asumir que hubo otras violencias que afectaron igualmente a la vida de las personas”, señala.

Cómo funcionaba el Patronato

“El Patronato es un sistema de adoctrinamiento femenino”, explica. Se puso en marcha en 1941, con una red de centros de internamiento vinculados a órdenes religiosas católicas (cuyos archivos, recuerda la historiadora, siguen cerrados) a los que se enviaba a las jóvenes problemáticas.

Por supuesto, lo que el régimen franquista consideraba problemático era un compartimento muy amplio en el que entraban muchísimas cosas. “Cualquiera podía pasar a ser interna del Patronato”, confirma la historiadora, “más en un momento en el que la palabra de cualquier persona valía más que la de una joven”. En su investigación se ha encontrado desde el caso de la chica a la que internaron porque “suspira demasiado por los hombres” hasta las de aquellas que quedaron embarazas víctimas de violaciones. “Se culpabiliza a la mujer y se la interna y priva de la libertad a ella”, apunta. Otras estaban allí porque eran pobres. Otras porque su sexualidad desafiaba la moral del ángel del hogar de la dictadura.

Estamos hablando de un sistema penitenciario, pero peor porque se entraba sin un delito, sin un juicio y sin una condena

Cortesía

Sabían cuando entraban, pero no cuándo saldrían. Tampoco nadie sabía muy bien qué pasaba de puertas para adentro. “Cuando salían no contaban su experiencia, por la vergüenza, el estigma y porque, si lo contaban, no se les daba crédito. El crédito era para el relato de las religiosas”, apunta Guillén. Una vez cruzaban las puertas del Patronato se las privaba de libertad. “La cotidianidad de estos centros se resumía en silencio, oración y trabajo forzado”, sintetiza la historiadora. “Estamos hablando de un sistema penitenciario, pero peor porque se entraba sin un delito, sin un juicio y sin una condena”.

La historiadora recuerda, con todo, que existen algunos testimonios positivos de internas. “Hay un perfil de mujeres rebeldes que entraron como forma de castigo y hay otro que lo hacían porque se habían quedado huérfanas, eran pobres o venían de familias desestructuradas”, explica. En ese último caso, “ya estaban adoctrinadas en la moral católica y no eran castigadas dentro de la institución”. “Pero estas historias no invalidan el resto de relatos y no hacen que el Patronato fuese una institución de ayuda para las mujeres, porque institucionalizó un tipo de violencia. Ninguna de las dos experiencias invalida la otra”, afirma.

De hecho, Guillén aborda en su ensayo las consecuencias que pasar por el Patronato tuvo para sus internas. Arrastraron una huella emocional (para muchas fue la propia familia la que pidió su internamiento), años perdidos y una educación frenada, desconfianza y el tabú a ser etiquetada para siempre como la ‘chica que estuvo en el Patronato’. Además, el control no se terminaba cuando salías. Una visitadora les hacía seguimiento durante años y fiscalizaba su comportamiento.

Lavanderías de la Magdalena

Aunque en España los centros del Patronato estaban muy conectados con la visión ideológica que el régimen franquista tenía de las mujeres, el país no fue el único que contó con instituciones de este estilo. “España no es una excepcionalidad. Corresponde a una constelación más amplia de instituciones que han querido aislar e institucionalizar a las mujeres que se han salido de la norma”, señala Guillén. La historiadora cita unas cuantas en su libro.

Posiblemente, la más popular sea las Lavanderías de la Magdalena, de Irlanda. Una película hace unos años las hizo mundialmente conocidas y el descubrimiento de restos humanos en varias de sus antiguas localizaciones, especialmente de bebés, ha hecho que sigan presentes en las noticias. Como escribe en ‘La república de la vergüenza’ (Errata Naturae) Caelainn Hogan, hoy es fácil ver todo lo que está mal en la moral de esos centros. “Lo complejo, desde nuestra perspectiva actual, es intentar adentrarse en la mentalidad y los métodos de quienes las construyeron y perpetuaron”, señala.

Aun así, y como confirma Guillén, Irlanda es un interesante ejemplo de cómo afrontar esta pesada memoria histórica. El país ha abierto archivos y ha hecho un análisis de su pasado. No lo ha ocultado bajo la alfombra.