Cris, la niña que se crió entre adicciones: "Con 8 años le pedía a Dios que me dejara morir, no podía soportar tanto dolor"

Sus padres, adictos a la heroína, fallecieron cuando era niña. Entonces, quedó al cuidado de su abuelo, con problema de alcoholismo y ludopatía
Miriam fue adicta a la heroína con 15 años: "Mis padres también pensaban que a ellos no les iba a pasar"
Hay vidas que, al ser relatadas, describen el infierno más cruel imaginable. Hay infancias rotas que dejan heridas eternas. Es el caso de Cristina Onaindía quien, con apenas 8 años, ya le pedía a Dios que la dejara morir porque no podía soportar tanto dolor. Su historia es la de una niña que aprendió a sobrevivir cuando nadie parecía dispuesto a salvarla.
“Mis dos padres eran adictos a la heroína”, recuerda Cristina, hoy, a sus 40 años, en una entrevista con la web de 'Informativos Telecinco'. “A mi padre casi que no lo conocí, se fue de casa cuando yo tenía 2 o 3 años, y se tiró desde un puente años más tarde. Y mi madre era politoxicómana… me crié con ella y con mi abuelo”.
Desde antes de su nacimiento, la droga ya condicionó su destino. Un destino marcado por la epidemia de la heroína que devastó barrios enteros del Bilbao de los años 80. “Mi madre siempre estaba en la calle o en centros de rehabilitación, aunque nunca pudo recuperarse de su adicción. Se escapaba de esos centros y volvía a consumir”.
Su infancia estuvo marcada por escenas imposibles de olvidar. “Vi situaciones terribles”, explica. “Mi madre me pedía que la ayudara a pincharse heroína… yo era una niña. Además, se dedicaba a la prostitución para poder costearse la droga. Y, a veces, lo hacía delante de mí”.
La droga lo invadía todo. También la violencia psicológica de una niña obligada a crecer demasiado pronto. Uno de los recuerdos más traumáticos: cuando su madre intentó quitarse la vida. “Se atrancó en el baño, y se cortó las venas con cuchillas. Yo la vi en el suelo… y eso fue un shock muy grande para mí”.
Mientras tanto, fuera de casa, tampoco existía refugio. “Yo iba al colegio y estaba apartada de los demás niños, no tenía apenas habilidades sociales”, cuenta. “Era la marginada de clase, la hija de una yonqui a la que golpeaban, le robaban el bocadillo…”.
Los profesores jamás intervinieron con eficacia. “Fingían que todo estaba normal conmigo”, dice. “Como yo tenía un buen rendimiento académico, para los profesores iba todo bien. Como si mi inteligencia me estuviera salvando, aunque por dentro estaba muerta”.
La niña que sacaba buenas notas tenía, al mismo tiempo, amigos imaginarios porque no podía construir vínculos reales. “Me resultaba imposible tener amigos de verdad. Mis amigos imaginarios eran como una especie de refugio”, señala.
Su madre muere y su abuelo se queda "al cuidado" de ella
Fruto de su adicción, su madre acabaría falleciendo cuando Cris tenía 8 años. Entonces, quedó al cuidado de su abuelo, un hombre con problemas de alcoholismo y ludopatía incapaz de ejercer una función afectiva.
“Mi abuelo me daba techo y comida, pero se pasaba el día bebiendo”, recuerda. “No me maltrataba, pero era una persona completamente abstraída por el alcohol y las tragaperras. No se preocupaba por mí más allá de los cuidados básicos. El ambiente en casa era de desamparo absoluto”.

Así, la desesperación se adueñó de ella. “Durante muchas noches yo le pedía a Dios que me matara, que acabara con mi sufrimiento. Quería morirme y tenía 8 años. Tenía el corazón roto. En casa no sentía que me odiaran, pero en el colegio sí, por eso no quería estar en ningún sitio, quería estar muerta”, expresa con dolor.
En algunos momentos de lucidez, su madre, antes de morir, le hacía preguntas imposibles para una niña pequeña. “Me preguntaba qué iba a hacer yo cuando ella se muriera, yo le decía que iba a morirme con ella”.
Y, de alguna manera, su cuerpo terminó obedeciendo ese deseo. Un mes después de la muerte de su madre, Cris sufrió una gravísima taquicardia ventricular. “Me dijeron que habría que intervenir urgentemente, que me estaba muriendo, y es lo que yo quería. Les decía a los médicos que no quería que me salvaran”.
Qué es el 'síndrome del corazón roto'
El diagnóstico del cardiólogo la marcó para siempre. “Me dijo que esa somatización no era casual, que mi corazón no podía soportar tanto dolor. Y eso tiene un nombre: 'el síndrome del corazón roto' (o miocardiopatía de Takotsubo)'.
Cris permaneció ingresada durante un mes en el Hospital de Basurto, en Bilbao. Y allí, por primera vez en su vida, descubrió algo parecido al afecto. “Ahí sané. Vi la cara buena del ser humano por primera vez. El día que me dieron el alta, me agarré fuerte a la cama porque no quería volver a casa”.
Aquel ingreso transformó parcialmente su manera de relacionarse con el mundo. Al regresar al colegio, ya no era la misma niña indefensa. “La situación con los demás niños cambió, ya no me pegaban porque había adquirido una autoestima que me permitía defenderme”.
Sin embargo, al volver a casa tras el ingreso, el deterioro continuó. Al poco tiempo, su abuelo comenzó a sufrir demencia senil y la convivencia se hizo todavía más difícil. “Él también necesitaba ayuda, por eso no le culpo”, aclara.
Aún así, durante la adolescencia intentó construir una vida parecida a la de cualquier otra joven. “Tenía amigas, salía de fiesta, y eran buenas personas. Me apoyaban y forjé un amor muy bello”.
Intento de suicidio
Pero la precariedad emocional y económica seguía allí. Mientras sus amigas comenzaban la universidad, ella ni siquiera consiguió terminar el bachillerato.
En ese momento, y ya con cierta madurez, entendió el abandono institucional que estaba sufriendo. “Ni siquiera me dieron una pensión de orfandad, porque mis padres no habían cotizado ningún día de su vida. Así que me correspondían cero euros”, denuncia.
Aquella sensación de abandono constante, y una adolescencia sin horizonte claro, la llevó a cometer un intento de suicidio. “Sentí un vacío terrible. Me tomé cuatro cajas de Orfidal. Estaba segura de que me iba a morir”, relata.
Pero sobrevivió. Entró en coma y fue sometida a varios lavados de estómago.
Ingreso en psiquiatría
Tras aquel episodio, deciden ingresarla en psiquiatría, nuevamente en Basurto. Lejos de encontrar ayuda, asegura que vivió una experiencia profundamente traumática.
“Era muy similar a una prisión. No tenías libertad, solo importaba que te tomaras la medicación. Encima me daban Orfidal, que era la misma medicación con la que me intenté suicidar. Parecía un chiste de mal gusto”, comenta.
Hasta que, un día, decidió dejar de tomar la medicación. “Yo quería estar cuerda. Les decía que era inhumano lo que estaban haciendo con nosotros. Entonces, la psiquiatra me dijo que era demasiado autoconsciente. Me dijo que yo no tendría que estar en ese lugar”.
Aquella conversación supuso un punto de inflexión. “Después de eso supe que ese no era el camino”.
Una nueva vida: “Ya no podía ser una víctima”
La vida comenzó a estabilizarse lentamente años después, tras la muerte de su abuelo, cuando ella tenía 24 años. “Mi vida comenzó a ir mucho mejor. Tenía pareja, una red de apoyo de amistades y me saqué un grado superior de artes gráficas”.
Por primera vez sintió que su destino dependía únicamente de ella. “Ya no podía ser una víctima”, dice.
En la actualidad, intenta llevar una vida disciplinada. La disciplina se ha convertido en una forma de reconstrucción. “No es solo que no haya recibido amor en mi infancia, sino que tampoco he tenido disciplina. Y la disciplina es muy importante para tener una buena vida”.
“Me trajeron a este mundo bajo una enorme irresponsabilidad”
También reflexiona sobre la responsabilidad individual. “Si algo he aprendido de toda mi historia es que mi madre era una persona amorosa, pero sumamente irresponsable. Los dos actos de mayor responsabilidad que hay en el mundo es matar a alguien o traer a alguien a este mundo. Y a mí me trajeron a este mundo bajo una enorme irresponsabilidad”, explica.

A día de hoy, Cris sigue conviviendo con las secuelas emocionales. “A pesar de todo, siento vacío, soledad, y también soy vulnerable. No digo que no sea una superviviente, pero sí que hay una huella traumática”.
Sin embargo, también reivindica la capacidad de transformación. “Uno es lo que hace con sus traumas y, o los traumas te hunden y te hacen más débil o te revelas contras ellos y tratas de llevar una vida con sentido. Ahora quiero llevar una vida que merezca la pena ser vivida”.
Una frase, la cual repite como un mantra, siempre la acompaña: “O nos hacemos miserables o nos hacemos fuertes, la cantidad de esfuerzo es la misma”. Una filosofía de vida que pone de manifiesto a través de sus redes sociales.
“A esa niña la abrazaría y la acompañaría, nada más”
Cuando se le pregunta qué le diría hoy a aquella niña pequeña que vivía aterrorizada entre drogadicción, abandono y violencia emocional, Cris guarda silencio unos segundos antes de responder. “Le diría que vamos a hacer todo lo posible por salir de esa situación… Y, después, la abrazaría y la acompañaría, nada más”, concluye.
La niña que quería morir a los ocho años sigue viva. Y quizá esa sea la mayor de las victorias.
