A sus 66 años podía haber dejado el trabajo hace un año, pero los encargos le obligan a seguir detrás del mostrador
Cada vez más clientes recuperan relojes heredados de padres y abuelos, mientras desaparecen los artesanos capaces de repararlos
Mientras muchos cuentan los días que faltan para la jubilación, Paco Torres lleva un año retrasándola. No porque quiera seguir trabajando a cualquier precio, sino porque no encuentra el momento de cerrar el taller. Cada semana llegan a su relojería de Granada nuevos encargos procedentes de distintos puntos de España y la lista de reparaciones pendientes no deja de crecer.
A sus espaldas acumula más de cuatro décadas de oficio. Tiene 66 años y abrió su negocio con apenas 24. "Llevo muchos años aquí y cuando estás trabajando y te encuentras feliz, casi no te das cuenta", explica. Sin embargo, reconoce que el año pasado ya debía haberse jubilado. "Te vas juntando con mucho trabajo y al final sigues", resume.
En los últimos años ha ocurrido algo que no esperaba. Cuando parecía que los relojes mecánicos estaban condenados al olvido, cada vez más personas buscan a alguien capaz de devolverles la vida.
La segunda oportunidad de los relojes
Desde su pequeño taller de la Avenida Don Bosco, en el barrio del Zaidín, Paco recibe encargos desde ciudades como Madrid, Málaga o Barcelona. Relojes de bolsillo, despertadores de cuerda o antiguos relojes de pared que llevaban años guardados en cajones y vitrinas.
Muchos pertenecieron a padres, abuelos o bisabuelos y ahora sus propietarios quieren recuperarlos. "Hay un boom de recuperar los relojes antiguos familiares", explica. "El reloj ha pasado de una generación a otra. Los relojes que se hacían antes se hacían para que duraran".
La fiebre por restaurar piezas antiguas ha convertido a Paco en uno de los relojeros más buscados de Andalucía. El problema es que apenas quedan profesionales capaces de asumir este tipo de trabajos.
Su relación con el oficio comenzó mucho antes de abrir su negocio. De niño acompañaba a su padre, también relojero, y pasaba horas observando cómo funcionaban aquellas pequeñas máquinas llenas de engranajes. La curiosidad terminó convirtiéndose en profesión.
Cada vez quedan menos relojeros
Cuanto más interés despiertan estos relojes antiguos, menos personas saben repararlos. Paco reconoce que el sector atraviesa una situación delicada por la falta de relevo generacional.
"Mi relación con los relojes mecánicos viene de lejos y hay muy pocos que sepan repararlos. Es un oficio que se ha ido perdiendo", lamenta. Los jóvenes apenas muestran interés por aprender una profesión que exige paciencia, precisión y años de práctica.
A ello se suma otro obstáculo, conseguir repuestos se ha convertido en una auténtica odisea. Eso obliga en numerosas ocasiones a fabricar piezas artesanalmente o a buscar soluciones imaginativas para devolver el funcionamiento a mecanismos que llevan décadas sin moverse. “Pero eso requiere tiempo y un coste que pocos pueden asumir” explica Paco.
El placer de devolver el tiempo a la vida
Pese a las dificultades, Paco sigue disfrutando de cada reparación. Lo que más le atrae no son los relojes nuevos ni las grandes marcas, sino esas piezas antiguas que llegan prácticamente desahuciadas.
Para él, el verdadero reto consiste en desmontar un mecanismo averiado, localizar el problema y conseguir que vuelva a marcar las horas. En ocasiones, el trabajo invertido supera con creces el valor económico de la reparación, pero la satisfacción personal compensa el esfuerzo.
Aunque recibe encargos de toda España, buena parte de sus clientes siguen siendo vecinos del barrio. "Vienen clientes de todos los lados, pero la mayoría son de aquí. No les vas a decir que no", afirma.
Un año más detrás del mostrador
Aunque reconoce tener mucho trabajo, Paco sigue retrasando la despedida. Una de sus hijas podría hacerse cargo de la tienda en el futuro, pero las reparaciones más complejas continúan dependiendo exclusivamente de él.
Por eso, la jubilación prevista se ha convertido en una fecha aún sin concretar. De momento, su intención es aguantar al menos un año más detrás del banco de trabajo.
Mientras tanto, en una época dominada por teléfonos móviles y relojes inteligentes, este artesano granadino sigue demostrando que aún hay quien prefiere escuchar el tic-tac de un mecanismo centenario antes que mirar una pantalla. Y también que, a veces, los oficios que parecen condenados a desaparecer son precisamente los más difíciles de sustituir.

