Tras sufrir una parada cardiorrespiratoria a los 27 años, se sometió a sa cuarta operación de corazón en la que su aorta dependía de una capa mínima de tejido para no romperse
Pese a tener un 65% de discapacidad y haber sufrido tres ictus, se enfrenta a negativas laborales por necesitar tratamiento diario
Hay fechas que para algunas personas quedan grabadas a fuego. La de Marina Abril Mora, ese día es el 30 de marzo de 2023. Con solo 27 años, aquella mañana se debatió entre la vida y la muerte en el quirófano del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla tras sufrir una parada cardiorrespiratoria.
Cuando el equipo de cirujanos abordó la intervención, se encontraron con un escenario crítico que ninguna de las pruebas de imagen previas habían advertido. La arteria aorta de Marina estaba sostenida por una diminuta y finísima capa de tejido: "Estaba a un hilito de romperse", recuerda ahora Marina a 'Informativos Telecinco'. No lo dice en sentido figurado, es una frase literal porque durante horas, su vida dependió de ese fino hilo que quedaba de arteria.
Una infancia entre hospitales
El diagnóstico de una cardiopatía congénita al nacer cambió por completo el día a día de la familia de esta vecina de Sevilla nacida en Huelva. Con apenas dos meses de vida, Marina fue sometida a su primer cateterismo y a los cinco meses sufrió una complicación vascular que le costó la pérdida de un lóbulo pulmonar.
Para su madre, Eva Mora, el proceso fue devastador. Auxiliar de enfermería de profesión, admite que el conocimiento técnico no inmuniza contra el dolor maternal: "Ver a tu primera hija conectada a tantos cables te paraliza. Me daba pánico incluso sostenerla en brazos", relata en una entrevista al Diario de Sevilla.
Con tres años Marina se sometió a su primera cirugía a corazón abierto. Más tarde, le siguieron otras dos intervenciones en el Ramón y Cajal de Madrid. La primera fue a los 11 años para implantarle una válvula metálica y la segunda a los 24 años, para sustituirla por una nueva.
'Corazón y Vida'
Pero todo cambió ese 30 de marzo. Lo que comenzó como un malestar difuso en el pecho derivó rápidamente en un cuadro grave. Tras perder el conocimiento en el centro de salud, fue trasladada de urgencia desde el Hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva al Virgen del Rocío en Sevilla, donde ingresó con pronóstico reservado y la cavidad cardíaca anegada.
Fue durante esos días de angustia sostenida en la unidad de Cardiología del hospital sevillano cuando la familia se cruzó con la Asociación Corazón y Vida. Superada por la logística de un ingreso en hospital prolongado y lejos de su hogar, Eva decidió pedir ayuda para gestionar el alojamiento.
La asociación no solo les proporcionó un techo donde descansar, sino un apoyo humano esencial en el que era uno de los momentos más díficiles de sus vidas. Desde entonces, Marina y su familia forman parte activa de la entidad como socias, unidas a una red de familias que comparten realidades parecidas.
"Si me voy, seré una mariposa"
En el hospital, el situación de Marina obligó a actuar sin demora. El cirujano Alejandro Adsuar y la cardióloga Nieves Romero lideraron un abordaje multidisciplinar que culminó en la compleja operación del 30 de marzo, donde aplicaron la técnica de Ross con un bypass coronario.
Antes de entrar a quirófano, Marina no era del todo consciente de la gravedad. Para ella era una operación más, la cuarta. Aún así, dice que vio en las caras de los médicos que la situación era más seria de lo que pensaba.
Era una cirugía muy compleja y sintió la necesidad de despedirse de sus seres queridos. Por teléfono, de sus amigos. De sus padres, cogidos de la mano de ella. A su madre la dijo que si no salía adelante, si veían una mariposa sería ella volviendo para visitarlos.
Afortunadamente, Marina salió de la operación en la que, como ella dice, volvió a nacer. Tras más de una semana ingresada en cuidados intensivos y un compicado proceso de drenaje pleural, recibió el alta. No obstante, la recuperación en casa fue lenta y requirió la dedicación absoluta de su familia. "Mis padres y mi hermana no me han dejado sola en ningún momento", reconoce.
Tres ictus
A pesar de las constantes revisiones y sus limitaciones de salud, Marina ha seguido luchando por conseguir una vida plena. Estudió esteticista y quiromasajista y también ha investigado el campo de la osteopatía.
Sin embargo, la joven lamenta que su condición de salud le está suponiendo trabas a la hora de encontrar un trabajo. "Cuando en las entrevistas de trabajo comento que necesito un tratamiento diario en el Hospital de Día, te ponen pegas", asegura.
Con un 65% de discapacidad reconocida, un diagnóstico de cavernomatosis y tres ictus a sus espaldas, ahora lucha por una conseguir una pensión por invalidez. Y es que su débil corazón no puede realizar grandes esfuerzos: "Tengo 80 años por dentro", relata Marina.
Mirando al futuro con 30 años
Hoy, a sus 30 años, Marina aprende a vivir con sus limitaciones físicas, su medicación diaria y una coronaria afectada que le exige dosificar las fuerzas. A pesar de estar acostumbrada desde pequeña a pasar su vida entre médicos y hospitales, a veces se le hace cuesta arriba. "Tus padres te enseñan a vivir con ello, pero se te cae el mundo encima", asegura.
Su historia no solo refleja el triunfo de la medicina y sus avances sino también la importancia de tener redes de apoyo como la Asociación Corazón y Vida de Andalucía y la Fundación Menudos Corazones de Madrid, pero sobre todo, con la entereza de una familia que aprendió a vencer al miedo sin perder la esperanza.

