Bienestar

El gesto que muchos repiten al llegar a casa y que los expertos relacionan con más estrés: el cerebro no llega a desconectar

Se debe evitar mantener al cerebro en estimulación constante
Se debe evitar mantener al cerebro en estimulación constante. Freepik
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MadridLlegar a casa, dejar las llaves, sentarse en el sofá y encender la televisión o abrir cualquier red social en el móvil es una secuencia que funciona como señal de que la jornada ha terminado. Después de varias horas trabajando, tomando decisiones y respondiendo a otras personas, mirar una pantalla parece la forma más simple de dejar de pensar.

El problema es que esa sensación de descanso no siempre equivale a una recuperación real. Aunque el cuerpo haya abandonado el puesto de trabajo, el cerebro puede continuar recibiendo información, tomando pequeñas decisiones y reaccionando ante estímulos. Si, además, aparecen correos, mensajes del trabajo o noticias preocupantes, la frontera entre la jornada y el tiempo personal se vuelve todavía más difusa.

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Los psicólogos hablan de desconexión psicológica del trabajo para describir la capacidad de dejar de pensar en las obligaciones laborales durante el tiempo libre. Es simplemente permitir que la atención abandone temporalmente los problemas, tareas pendientes y preocupaciones profesionales.

El sofá no siempre marca el final del día

Una persona puede haber cerrado el ordenador y seguir repasando mentalmente una reunión, anticipando el trabajo del día siguiente o comprobando si ha recibido una respuesta. En estos casos, el trabajo ha terminado físicamente pero no psicológicamente.

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Una revisión de la investigación sobre recuperación laboral señala que la desconexión durante el tiempo libre es importante para el bienestar y que su ausencia se relaciona con un mayor cansancio, peor estado de ánimo y más dificultades para recuperarse del esfuerzo diario. No quiere decir que pensar ocasionalmente en el trabajo sea malo, sino que mantener una activación constante impide que los recursos físicos y mentales se puedan reponer.

El gesto de encender una pantalla nada más llegar puede funcionar como una especie de “modo avión emocional”. Durante unos minutos parece que desaparecen las preocupaciones, porque la atención se desplaza hacia una serie, un vídeo o una sucesión interminable de publicaciones. Pero hay una diferencia: la televisión coloca al espectador en una posición pasiva, mientras que el móvil exige seleccionar contenidos, deslizar, responder y decidir continuamente qué se quiere ver.

El problema no es ver una serie

Ver la televisión, jugar a un videojuego o usar las redes sociales no es necesariamente una mala forma de descansar. El entretenimiento puede producir relajación, disfrute, conexión social y distancia respecto al trabajo. Algunas investigaciones incluso han observado que determinadas actividades digitales pueden generar experiencias de recuperación cuando se eligen libremente y resultan agradables.

La diferencia está en cómo y para qué se usan. No es lo mismo escoger conscientemente un capítulo de una serie que sentarse delante de una pantalla porque no se dispone de energía para hacer otra cosa y estar allí varias horas, alternando móvil, televisión y mensajes del trabajo.

El móvil mantiene abierta la puerta al trabajo

El teléfono añade una dificultad particular: reúne en un mismo dispositivo el ocio, las relaciones personales y las herramientas laborales. Una persona puede abrir una aplicación para distraerse y encontrar segundos después una notificación relacionada con un cliente, un compañero o una tarea pendiente.

Esto se conoce como telepresión laboral: la preocupación por leer y responder rápidamente a los mensajes profesionales. La investigación la ha relacionado con dificultades para separar el trabajo de la vida privada y con una menor satisfacción respecto a ese equilibrio.

No es necesario contestar para que se produzca la interrupción. Solo con ver el nombre de un superior en la pantalla o leer parte de un correo en una notificación puede devolver la atención a un problema que se había dejado en la oficina.

Cuanto más cansado se está, más difícil es descansar bien

Esto es la paradoja de la recuperación. Las jornadas más exigentes son precisamente esas en las que más necesario resulta recuperarse, pero el estrés acumulado reduce la energía disponible para iniciar actividades restauradoras.

Después de un día complicado, dar un paseo, cocinar, practicar un hobby o quedar con alguien puede parecer demasiado agotador. Tumbarse y consumir contenido exige menos esfuerzo inmediato, aunque no siempre produzca la recuperación que se necesita.

Esto explica por qué no conviene interpretar el hábito como falta de voluntad. El cerebro busca una salida rápida a la sobrecarga. La solución tampoco consiste en añadir una lista exigente de tareas de bienestar a una tarde que ya está saturada. No se debe convertir el descanso en otra obligación.

Crear una pequeña zona de aterrizaje

Los especialistas suelen recomendar rituales que indiquen con claridad que la jornada ha terminado. No tienen por qué ser sofisticados. Cambiarse de ropa, ducharse, caminar diez minutos, regar las plantas o preparar algo de comer puede funcionar como transición entre dos partes del día.

Antes de irse del trabajo, también puede ser útil anotar las tareas pendientes y el primer paso se dará al día siguiente. Este pequeño gesto reduce la necesidad de mantener los asuntos abiertos en la memoria durante toda la tarde.

Una rutina realista puede ser dejar el móvil fuera del alcance durante los primeros quince o veinte minutos, cambiar de espacio, beber agua y realizar una actividad que no exija demasiadas decisiones.