Llucía Ramis, sobre la angustia invisible de perder el barrio al dejar un piso de alquiler: "Hace que pongas fecha de caducidad a lo que te rodea"
La escritora aborda el problema de la vivienda en España a través de su propia experiencia en el libro ‘Un metro cuadrado’, que publica Libros del Asteroide
Javier Gil, investigador, sobre la crisis de acceso a la vivienda en España: "Tu futuro va a depender de tu capacidad de heredar"
Llucia Ramis llegó a Barcelona, a mediados de los 90, para estudiar Periodismo. Se instaló en un piso compartido que fue el primero de la lista de espacios alquilados en los que viviría en las siguientes décadas. Ahora, Ramis ha vuelto a todos ellos en ‘Un metro cuadrado’ (Libros del Asteroide).
“Quería volver a todos los pisos, casi por una cuestión de juego literario”, confiesa al otro lado del teléfono a la web de 'Informativos Telecinco', para ver si impactamos en nuestras casas como ellas lo hacen en sus habitantes. Pero el viaje literario pronto se convirtió en algo más, una exploración de cómo ha cambiado el mercado de la vivienda en los últimos 30 años. “Cuando vuelves a los lugares que han sido tu casa ves que la gentrificación no tiene límites y no tiene piedad, y que llega a todas partes”, explica, “a todos los barrios en los que has vivido y también a los pisos que podías permitirte hace 20 o 15 años y ahora no podrías pagar, siendo exactamente el mismo piso”.
No es que Ramis no fuese consciente del problema de la vivienda antes de emprender este viaje, más bien todo lo contrario. Vivir en una ciudad gentrificada como Barcelona “que se pone de repente muy de moda y en la que cada vez más están subiendo los precios” expone de forma directa a lo que está pasando. Puede que no te ocurra a ti directamente, pero lo ves en todo lo que te rodea. “Veía que amigos míos a los que llegaba un fondo de inversión, compraba todo el edificio y los echaba. O lo veía en el edificio de enfrente, donde todos los vecinos se tenían que ir”, explica. Todo eso genera una consciencia de lo que ocurre, pero también una angustia, la de pensar cuándo te tocará a ti.
No es solo el miedo a que te echen, sino también a dónde irás cuando eso pase. “Desde el momento en el que firmas un contrato de alquiler, empieza una cuenta atrás que hace que todo el rato tengas esa angustia de que, luego, no vas a poder encontrar una alternativa”, señala. En cierto modo, se trata de vivir siempre en tiempo de prestado.
Tenemos derecho a alquilar dignamente
Y perder tu piso no es una cuestión banal. “Cuando pierdes un piso así, también pierdes el barrio, el vecindario, todos esos lugares en los que has construido un vínculo y un tejido social”, apunta Ramis. “Eso hace que le pongas fecha de caducidad a todo lo que te rodea, porque no sabes cuánto tiempo podrás estar ahí”.
Es una angustia un tanto invisible, minusvalorada cuando se habla del tema de la vivienda. Entra en la lista de cosas que se minimizan, como cuando se apunta que todo el mundo ‘quiere vivir en el centro’. Ramis tiene “tres preguntas” ante ese último comentario. “La primera es que, si yo he vivido en el centro hasta ahora, ¿por qué no puedo seguir haciéndolo? La segunda es para quién es el centro si no es para las personas que viven en él”, denuncia. Y añade un punto clave, su tercera pregunta: “¿Dónde se acaba el centro? Porque cada vez estamos viendo que más barrios forman parte del centro a medida que se extiende la gentrificación”. De pronto, protagonizan la escalada de precios. Son el nuevo lugar deseable. El 'nuevo centro'.
La escritora apunta que se ha normalizado asociar vivienda digna con propiedad, cuando también “tenemos derecho a alquilar dignamente”. “Nos queda como subyacente que no merecemos vivir en el lugar en el que lo hacemos porque no es nuestro”, indica. Ramis considera que “hemos normalizado los desahucios”, tanto los que se registran desde la crisis de la vivienda como los que llama “desahucios silenciosos”, cuando el precio del alquiler sube tanto que no te queda más remedio que irte.
Un exilio inmobiliario
Ramis es mallorquina, lo que le permite conocer de primera mano otra área con viviendas tensionadas. Los precios de alquiler en Baleares son tan caros y las condiciones tan extremas (en Ibiza se llegan a alquilar habitaciones compartidas por 800 euros), que el mercado inmobiliario expulsa a sus habitantes. Cuando lo aborda en ‘Un metro cuadrado’, la escritora habla de exilio. “Tendría que existir una palabra que describiera ese exilio no provocado por hambrunas y guerras, sino porque no te puedes permitir vivir en tu propia isla o tu propia ciudad”, apunta.
Todo se vende al mejor postor, explica, y los propios residentes acaban descubriendo que ya no pueden permitirse estar allí. También ocurre “porque no pueden soportar la densidad del turismo”, señala la escritora. “En Ibiza hay 25 turistas por cada residente”, ejemplifica. El turismo se convierte “en un monocultivo” que lo arrasa todo. Los comercios o los restaurantes ya no se dirigen al turista. “Ves clarísimamente que eso no es para ti”, indica.
Y este no es un problema único. “Si nos fijamos en Ibiza, nos daremos cuenta de lo que pasará en Mallorca en 5 años y en el resto de la Península en 7”, aventura. El centro de las ciudades “se está desarticulando”. “Ya no son lugares de intercambio, sino que cada vez son más lugares pensados para el consumidor y no para el residente”.
Normalizando los 900 euros
Ramis tuvo bastante suerte con sus caseros. El libro cuenta algunos ejemplos, pero también puntualiza que “no puede depender de que tengas suerte, no todo el mundo va a tenerla. La regla debe ser otra”. No cree que se pueda depender simplemente de la ética de cada persona concreta el que las cosas funcionen. “Tiene que haber algo más, alguna posibilidad de vivir de alquiler sin esta angustia permanente”, señala.
Porque incluso en uno de esos pisos en los que no pagaba 'tanto', los precios han subido. “Hemos normalizado que 900 euros es barato, pero no lo es. Nuestros sueldos no son compatibles con pagar 900 euros al mes si vives sola, más los gastos”, indica. Ramis recuerda, con humor, que cuando era adolescente y veía ‘Friends’ le parecía rarísimo que esas personas adultas compartiesen piso. Ahora, apunta, te descubres teniendo que hacerlo con 37 años.
Se sigue compartiendo piso y el casero sigue exigiendo que tus padres firmen tu aval hasta la edad adulta. De hecho, el tiempo parece congelado. ¿Está infantilizando este contexto la edad adulta? “Somos los eternos becarios. Generacionalmente empieza conmigo y va bajando. También [le pasa] a todos los que vienen después. Es la consecuencia de la normalización de la precariedad”, señala.