Eduardo estuvo muerto durante una hora: “Resucité con 33 años y 17 días, es la experiencia más extraordinaria que se puede vivir"
Eduardo volvió a la vida sin secuelas y con una nueva forma de entender la muerte. En 'Informativos Telecinco' explica su experiencia
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El corazón de Eduardo se paró después de un partido de tenis. Tenía 33 años y una vida aparentemente normal. Se había levantado, había desayunado ligero y había salido a jugar. Llevaba dos semanas sin hacer deporte -una de ellas había estado de vacaciones en Roma y la anterior había pasado el COVID- pero aquella mañana decidió volver a la pista. Se llevó incluso a su perrita Golondrina porque después tenía previsto pasar el día en el campo.
Nada hacía pensar que, unas horas más tarde, estaría luchando por su vida y que durante aproximadamente una hora su corazón permanecería detenido.
“Resucité con 33 años y 17 días”, cuenta Eduardo en una entrevista con la web de 'Informativos Telecinco' al recordar lo ocurrido en 2025. Para él, aquello no fue simplemente sobrevivir a una parada cardiaca. Fue, dice, “la experiencia más extraordinaria que un ser humano puede vivir”. Desde entonces asegura haber perdido completamente el miedo a la muerte y vivir con una intensidad que antes no conocía.
La mañana había comenzado como tantas otras. Eduardo llegó a la pista y empezó a jugar con normalidad. “Ese día recuerdo correr con muchas ganas”, explica. Al terminar el partido, su corazón se detuvo. A partir de ahí, su memoria desaparece durante horas. La primera imagen que conserva pertenece ya a la noche, cuando abrió los ojos y vio a su padre junto a la cama. “Me dijo que estuviera tranquilo, que estaba con él”, recuerda. Poco después volvió a perder la conciencia.
Cuando despertó de nuevo, ya en la UVI, pensó que había sufrido un accidente de tráfico. “Levanté la sábana para comprobar si tenía mis piernas y acto seguido intenté moverlas para comprobar si respondían”.
Sabía que algo grave había sucedido, pero no qué. Tardó en comprender que había estado muerto durante aproximadamente una hora. “Me lo tuvieron que repetir varias veces, porque al despertarme me olvidaba de todo”, reconoce.
“Todos sentían que tenían que seguir intentando reanimarme”
La verdadera dimensión de lo ocurrido comenzó a asumirla cuando regresó al hospital donde le habían atendido y habló con los profesionales que habían intentado mantenerlo con vida. Según le explicaron, durante muchos años de trabajo no habían vivido un caso como el suyo.
“A pesar de que llevaba mucho más tiempo de lo que el protocolo decía, todos sentían que tenían que seguir intentando reanimarme”, cuenta. Fue entonces cuando empezó a entender lo excepcional de su supervivencia. “Ahora que lo veo, la realidad es que fue un milagro”.
Su familia había vivido aquellas horas con un pronóstico muy diferente. Lo más probable, según les habían explicado, era que muriera o que, si sobrevivía, lo hiciera con un daño neurológico muy grave.
Por eso, cuando finalmente despertó, la alegría de sus seres queridos fue inmensa. “No entendía en ese momento por qué estaban todos tan felices y yo tan dolorido”. Solo después comprendió el miedo que habían pasado.
Y, contra aquellos pronósticos, las secuelas fueron mínimas. Eduardo asegura que no tiene “ningún tipo de secuela física ni mental”. Una pequeña zona del corazón quedó dañada, pero afirma que las pruebas de esfuerzo posteriores han mostrado una buena capacidad cardíaca, sin arritmias ni otros problemas. Sí sufrió pérdidas de memoria durante los primeros meses, especialmente relacionadas con algunos acontecimientos de su pasado.
La herida más profunda, sin embargo, estaba en la manera de enfrentarse al futuro. Durante meses tuvo miedo de volver a hacer deporte. “El primer año ni siquiera me atrevía a correr”, explica. Incluso lleva consigo un medicamento en spray por si vuelve a sufrir un infarto. “Es un recordatorio de vida de que todo puede pasar en cualquier momento”.
“Vi a mi abuelo, ya fallecido, pero no podía quedarme con él”
Pero aquella experiencia también le dejó una certeza que ha transformado su concepción de la existencia. Eduardo sostiene que durante el tiempo en el que estuvo muerto experimentó algo que todavía hoy intenta explicar. “Vi a mi abuelo, fallecido veinte años atrás, en una especie de tribunal. Allí me comunicaban que la situación iba a ser difícil, pero que no podía quedarme con él y tenía que regresar”.
Lo que recuerda de aquel encuentro es una profunda sensación de paz. “Allí no había ningún ruido”, relata. Sentía la presencia de su abuelo y su fuerza, como una energía que le ayudaba a regresar a su cuerpo. “Me costaba muchísimo volver al cuerpo y mi abuelo era el que me ayudaba a volver con una energía, como si fuera un viento que me ayudaba a tener la fuerza necesaria para entrar en mi cuerpo”, cuenta.
No describe aquel momento como una experiencia de felicidad desbordante. “No tenía miedo a quedarme ni ganas de volver ni ganas de irme”. Simplemente aceptaba lo que allí se decidiera. “Era un estado muy neutral”, resume.
Hay otra parte de su experiencia que para Eduardo resulta todavía más importante. “Tengo la cabeza muy cuadriculada y a veces me cuesta creer que incluso lo que yo viví pudiera ser real”. Por eso recuerda especialmente un episodio que, para él, funcionó como una confirmación.
Cuando despertó, aseguró haber visto desde arriba una ambulancia escoltada por un coche de policía delante y otro detrás. Preguntó a su familia si había sido trasladado de esa manera. La respuesta fue afirmativa. “Ellos se quedaron muy sorprendidos porque efectivamente fue así y yo no tenía forma de saberlo”, sostiene.
Eduardo afirma que había permanecido inconsciente durante el traslado y que había sufrido varias paradas, incluida una en la ambulancia. “Fue una comprobación que me hizo darme cuenta, observando un hecho objetivo de la realidad, como si fuera un experimento científico, de que la conciencia sale del cuerpo cuando el corazón se para”.
“Ahora sé que el tiempo que tenemos es un regalo”
“He perdido completamente el miedo a la muerte”, afirma. No porque haya dejado de valorar la vida, sino precisamente por lo contrario. “Tengo muchas ganas de vivir, porque sé que el tiempo que tenemos es un regalo. Estoy viviendo con más fuerzas que nunca y verdaderamente luchando por lo que quiero hacer con mi tiempo”.
La naturaleza ocupa un lugar especial en esa nueva vida. Eduardo siempre había sido amante de la libertad, pero ahora siente que es uno de los espacios donde más conectado está consigo mismo. “Cuando estoy en la naturaleza la velocidad a la que pasan las cosas es más lenta y puedo tener más atención sobre lo que verdaderamente siento dentro”.
También ha decidido recuperar un proyecto que llevaba años dentro de él. Durante la pandemia, cuenta, tuvo una revelación. “Me gustaría continuar con el legado que dejó Félix Rodríguez de la Fuente y ayudar al ser humano a vivir de una forma más integrada con la naturaleza, respetándose a sí mismo y a todo lo que le rodea”.
Quizá, por todo ello, Eduardo explica su “muerte” como un aprendizaje. “Tengo momentos malos y buenos, pero vivir algo tan grave hace que puedas relativizar las cosas malas y comprender que simplemente son transitorias. Ahora no quiero usar mi tiempo en otra cosa que no sea disfrutar con las personas a las que quiero”, concluye.