Erik Villarroel aprende a hablar y vuelve a comer cuatro años después de sufrir una caída que le ocasionó un grave daño cerebral: "El cambio ha sido abismal"

Erik recibe terapias individualizadas en una clínica privada de Barcelona desde hace dos años.. Redacción Euskadi
  • Una caída mientras jugaba a fútbol con 15 años le provocó un grave daño cerebral

  • La próxima Semana Santa, esta familia se ha propuesto realizar el Camino de Santiago por la ruta portuguesa con Erik

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BilbaoCuatro años después de que Erik Villarroel, de 15 años sufriera una fatal caída jugando a fútbol que le ocasionó un grave daño cerebral, este chaval vizcaíno ha logrado empezar hablar y a comer por si mismo. Rubén y Cristina, su padre y su madre, no le han soltado la mano en todo este duro camino: “Lo que le ha ocurrido a nuestro hijo ha sido gravísimo” y, aunque sin perder la ilusión, no se atrevían a soñar con llegar hasta aquí. Otros niños, como Erik, a los que la medicina no da esperanzas y logran lo que parecía imposible, es el caso de Macarena, una niña con parálisis cerebral que baila y patina: "Nos dijeron que con ese daño jamás llegaría a caminar".

En el camino, “nunca hemos estado solos” porque “la gente se ha volcado con nuestra familia”. Una solidaridad que les ha ayudado a poder financiar la clínica privada en la que desde hace dos años tratan a su hijo. “Vivimos día a día”, cuenta Rubén que ha calculado contar con fondos, al menos, para que Erik reciba sus terapias hasta Semana Santa de 2027. Por cierto, que para esa fecha, esta familia va a hacer el Camino de Santiago por la ruta portuguesa, de Vigo a Santiago de Compostela, más de 100 kilómetros en siete días.

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En diciembre de 2022, el joven vizcaíno Erik Villarroel jugaba un partido de fútbol en un parque de Retuerto (Barakaldo) cuando sufrió una caída que le iba a cambiar la vida para siempre a él y a su familia. Sufrió un traumatismo craneoencefálico que le provocó un gravísimo daño cerebral. “Los médicos nos lo pusieron fatal”, recuerda su padre Rubén, pero Erik con 15 años, entonces, era un chaval fuerte y superó dos paradas cardiorrespiratorias, un mes en coma en la UCI Pediátrica de Cruces y cinco más hasta que despertó en mayo de 2023, y logró empezar a remontar.

Tras pasar un "infierno", durante los tres meses que estuvo en la Unidad de Cuidados Paliativos de Gorliz, le operaron de nuevo en el Hospital de Cruces "para ponerle el hueso de la cabeza" y regresó al Hospital de Gorliz, "aunque a la Unidad de Daño Cerebral, donde nos trataron con mucho cariño", recuerda Rubén. Empezaron las terapias, la búsqueda de una clínica donde recibiera un tratamiento más especializado, el traslado a Badalona y más tarde, a Barcelona.

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"Los cambios se ven de año en año"

Cuatro años después, Rubén no se separa de la cama de su hijo Erik, en la clínica privada de Barcelona especializada en daño cerebral, donde lleva dos años, a razón de “unos 6.000 euros mensuales”, recibiendo terapias individualizadas. “El cambio ha sido abismal”, reconoce Rubén. Erik, a punto de cumplir 20 años, "se entera de todo" y se esfuerza por mejorar. Así, ha logrado dejar de alimentarse por una sonda gástrica y “ya come por la boca”; además, ha empezado a hablar, aunque “aún le cuesta un poco arrancar”. Este padre ha aprendido a no impacientarse, porque los cambios se ven de año en año: “Los tiempos los marca Erik”, dice.

Optimista ante los avances experimentados en la evolución de Erik durante estos años y convencido de que “va a seguir recuperándose más”, Rubén no se llama a engaños, “soy realista y sé que mi hijo por muchas terapias que reciba va a quedar con secuelas, sobre todo, en la parte motora, la más afectada por el daño cerebral”. Así que se marca “pequeños grandes pasos” a dar, como el de recuperar la comunicación con su hijo, “sería un triunfazo”.

Mientras Rubén acompaña en Barcelona a Erik, su madre Cristina asume la difícil tarea de seguir trabajando en Euskadi, lejos de su marido y de su hijo, siempre con la mente puesta a 600 kilómetros de distancia y contando las horas para el regreso de ambos, “solemos ir una vez al mes para estar los tres juntos”. La familia va recuperando, poco a poco, parcelas de normalidad, perdidas en estos años de clínicas, tratamientos y cuidados. Así, este verano se han ido “por primera vez, de vacaciones los tres a Granada, hemos descansado un montón y hemos disfrutado de estar juntos”.

Atrás queda aquellos primeros meses, inmediatamente posteriores al accidente de su hijo, cuando Rubén se aisló del mundo, hundido por la tragedia que les estaba tocando vivir. Con el tiempo ha llegado a la conclusión de que “si yo no estoy fuerte, si no estoy bien, ¿Cómo lo va a estar Erik?”.