Iván Gastañaga, el primer niño ruso adoptado en España por una familia cántabra: "Cuando conocí a mi madre biológica me dolía todo"
Iván Gastañaga propone una nueva manera de pensar la adopción, no como un episodio aislado, sino como el punto de encuentro entre memoria, identidad e historia
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En la portada del libro 'La genealogía del abandono' (Debate, 2026) de Iván Gastañaga González aparece un niño en brazos de un hombre. Es el propio Iván junto a su padre adoptivo, en agosto de 1991. El momento exacto de su adopción. Fue entonces cuando sus padres, una pareja de Cantabria, se trasladaron a Moscú para adoptar a su primer hijo, después la familia se ampliaría pero, entonces, Iván (Dimitri, su nombre biológico) se convertiría en el primer niño ruso adoptado en España. Han pasado treinta y cinco años de ese hito en la historia de la adopción y también treinta y cinco años desde la desaparición de la Unión Soviética y ahora es el momento en el que ha decidido contar su historia.
Ya las primeras líneas erizan la piel: sus primeros 13 días en un orfanato de la URSS y cómo esa familia cántabra lo adopta cambiando su destino para siempre. "Mi orfanato estaba a sur de Moscú, no estaba mal en comparación con otros orfanatos de la URSS en esa época. Había enfermeras, médicos, cuidadoras y atención, mínima; pero había. Al menos en las grandes ciudades había forma de mantenerlos en pie y a los niños mantenerlos con una vida más o menos digna. Entré a él a los pocos días de nacer y salí trece meses después. Desde mi entrada hasta que me visitaron por primera vez en primavera de 1991, no tengo fotos, ni registros, ni documentos. Mucho menos memoria. Otros adoptados sí tienen recuerdos de sus orfanatos, y son terribles. Las primeras fotos son junto a mi tía jugando con un carrete de fotos", explica el propio Iván en una entrevista a la web de 'Informativos Telecinco'.
La vida, desde el momento de su adopción, es la de un niño que crece en un entorno familiar donde no falta el cariño y el amor; la de una infancia maravillosa en Cantabria. "Es un lugar maravilloso, una tierra verde, bañada por el mar; hasta hace bien poco desconocida. Pero los que somos de Cantabria, sabemos dónde están los rincones más increíbles, la gente más entrañable: pero eso no se puede desvelar porque muchas veces son las cocinas de nuestras abuelas. Crecí con mis hermanos, primos, amigos, tíos, vecinos, amigos de nuestros padres. En fin, mucha gente, muy querida, y que es absolutamente necesaria para darle a un niño adoptado lo que se merece: otra oportunidad donde poder desarrollarse", expresa.
Sin embargo, nunca se rindió para encontrar respuestas en el mapa de su vida. Faltaban piezas y él quería encontrarlas. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero cuando mira hacia atrás sigue sintiendo que hay dos vidas en una misma. "La española, la de mi familia, la de mis éxitos y fracasos, la de mis problemas y mi rutina como cualquier otra persona. Pero hay otra mirada hacia el pasado, un pasado que tiene notas de melancolía, y que muchos adoptados sentimos durante muchos años como un lastre, ¿y si me hubiera quedado?, ¿y si mi familia no me hubiera abandonado?, ¿cómo sería pensar y hablar las lenguas de mis padres? El trabajo está en recuperar del pasado lo que a uno mejor le convenga y quitar de en medio lo que duele o lo que estorba", subraya.
10 años para buscar a su madre biológica
A pesar de querer muchísimo a sus padres adoptivos, Iván sentía un fuerte deseo de reconstruir su historia, saber quiénes eran sus antepasados. Así que cuando ya fue mayor, en la universidad decidió empezar a investigar. Tardó 10 años en conocer a su madre, Elena, y reencontrarse con ella en Moscú. El proceso, como cuenta, no fue nada fácil. Por el camino se encontró fraudes, personas que le querían engañar y una burocracia laberíntica. Lo cuenta todo en 'La genealogía del abandono', un relato que empieza a escribir en 2015 y que, como bien explica en el título, pretende articular la historia de su vida y la de su familia entre España, Armenia y Rusia. En ese recorrido aparecen guerras, desplazamientos, orfandades, adopciones sucesivas y cambios de apellido que permiten comprender cómo determinados patrones de ruptura pueden transmitirse durante décadas. "Empecé a escribir una tarde de enero en Madrid en 2015. Recuerdo tres cosas: hacía un frío espantoso, olía a humo de encima de las chimeneas y aquella tarde murió un familiar lejano de alzheimer. Entonces pensé, acabo de regresar de Moscú, y necesito escribir qué me ha sucedido. Quizá algún día pierda la memoria y no pueda recordar nada".
Aunque pueda parecerlo, el concepto central del libro no es la adopción, sino el abandono entendido como una experiencia que puede atravesar generaciones enteras. A medida que avanza la investigación, Iván descubre que su propia historia no constituye una excepción dentro de su árbol genealógico. También su abuelo fue adoptado tras quedar huérfano. También él cambió de apellido. También él vivió marcado por la separación de su familia biológica. Esa repetición lleva al autor a interpretar su propia vida como parte de una cadena histórica mucho más amplia. Sin duda, en todo ese proceso de búsqueda lo que más le dolía era no saber nada. "No sabía leer ruso. No sabía buscar en bases de datos. No sabía nada sobre la historia del país. Tuve que aprender todo, aprendérmelo todo si quería regresar a mi país de nacimiento. Eso dolía; la duda, la intriga, el qué habrá pasado, preguntarme cómo sería mi madre. Recuerdo con un dolor intenso imaginar a mis padres biológicos viviendo en una alcantarilla. Uno no puede controlar lo que piensa. Luego, descubrí que no era así".
Ese reencuentro con su madre biológica se produce por fin y, además, se explica en el libro. Tiene lugar el 14 de abril de 2014. Gracias a él, puede empezar a hilar la historia de sus antepasados y dar sentido a su vida y deshacerse de la idea de abandono, que pesaba como una losa sobre él. "Me dolía todo el cuerpo y también la mente debido al sentimiento de abandono. Es duro no sentirse querido. Al final crecer con la idea de que las personas que te tenían que proteger y cuidar desde el nacimiento, no quisieron (o no pudieron) es una realidad desgarradora. De ese trauma de separación luego vienen otros problemas más grandes en la adolescencia y en la edad adulta. Los adoptados tenemos muchas más probabilidades de caer en adicciones, sufrir trastornos alimenticios, desarrollar problemas de conducta en el colegio, tener problemas graves en las relaciones de pareja, distanciarse en la familia, por no hablar de la predisposición de sufrir problemas mentales. Nunca se habla de esto: pero el intento de suicidio en las personas adoptadas es alto, muy alto".
Su objetivo: ayudar a otras personas adoptadas a conocer su pasado
Uno de los mayores aciertos del libro consiste, precisamente, en desmontar una idea muy extendida: buscar a la familia biológica implica rechazar a la familia adoptiva. "Llevo ayudando a personas adoptadas desde hace casi una década a buscar a sus familias y, sobre todo, a entender qué es la adopción y qué es ser una persona adoptada. La mayor parte de las personas que me escriben son personas que siguen enganchadas a sus padres adoptivos, una especie de relación tóxica y eso les impide cuestionar su vida y saber cómo han llegado a parar a esa familia desde India, Perú, China o Rusia".
Y añade: "Los adoptados estamos hartos de escuchar frases como "¿con lo que yo sufrí para adoptarte?", "¿con todo lo que yo te he dado, ahora vas corriendo a buscar a tu familia biológica si fueron ellos quien te abandonaron?". La adopción, que no se nos olvide, es un derecho que existe para proteger a un menor que se ha quedado sin familia y no para que los adultos sean padres. De ahí que muchos adoptados sientan que deben ser de una familia o de la otra". Iván, que vive en Chicago desde 2022, dirige su propia consultora especializada en ayudar a personas adoptadas a buscar a sus familias biológicas y a conectar con sus raíces.
En su mayoría son clientes que quieren buscar a sus padres biológicos en Rusia, pero también hay personas de Ucrania, Kazajistán y otros países que antes pertenecían a la URSS. "Muchas veces los interesados no quieren conocer a sus familias por el momento, entonces trabajamos otras áreas: muchos quieren aprender la lengua, entonces les busco profesores, otros necesitan conectar con adoptados, entonces vamos juntos a grupos locales de adoptados... Creo firmemente en la necesidad de conectar, colaborar, compartir, coexistir".
Para poder encontrar el paradero de esos progenitores, hay que hacer un trabajo exhaustivo de investigación y, mucho más, cuando se trata de personas con más de 35 años. "Las partidas de nacimiento pueden estar modificadas, faltan apellidos, las fechas de nacimiento bailan... Antes de trabajar con mis clientes siempre les digo que se hagan una prueba de ADN. Hay pruebas que oscilan entre los 30 y 120 euros, pero es la mejor inversión para empezar a buscar. Y animo a la gente que no sea adoptada que se las haga también, quizá una persona adoptada o desaparecida está buscando a sus familiares y eso abre la puerta a encontrarlos".