Hijos de famosos

Una psicóloga analiza la petición de Shakira a Piqué para que viaje más a Miami a ver a sus hijos: "Los adultos son quienes deben adaptarse"

Fotomontaje con Shakira y Piqué. Cordon Press
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Con cuatro conciertos pendientes de Shakira en Madrid, la cantante se encuentra inmersa en una nueva guerra judicial con su ex, Gerard Piqué, en los juzgados de Barcelona. Los motivos: la frecuencia con que Milan (13) y Sasha (11), los hijos de ambos, tienen que viajar a España para ver a su padre. La colombiana reside con ellos en Miami, y reclama que el exfutbolista se desplace más frecuentemente a Estados Unidos apelando a su protección de los menores. ¿Cuáles son las consecuencias de este enfrentamiento para los pequeños, cómo impacta en los niños las consecuencias que ha traído esta separación? Hemos charlado con una psicóloga para que arroje luz sobre este caso.

El problema no es el cambio, sino muchos cambios a la vez

Mónica Fillola Moreno es psicóloga sanitaria experta en trauma y apego, y directora de Mar en Danza Psicología. Cuando una pareja como la que formaban Shakira y Piqué se separa, ¿hasta qué punto mantener las rutinas ayuda a proteger el bienestar emocional de los hijos, qué importancia tiene para ellos tener cierta estabilidad en medio de tantos cambios? “Las rutinas son especialmente importantes. Los niños tienen unas necesidades básicas que hay que cubrir; entre otras, que el entorno sea lo menos cambiante posible”, afirma la experta. “Es verdad que tienen capacidad de adaptación, pero necesitan una predictibilidad y una gran sensación de seguridad”. 

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Ya la separación en sí es motivo de cambios enormes, nos explica, como el cambio de convivencia, tiempos con cada uno, la casa, el colegio, diferentes entornos… “Cuantos más cambios, mayor esfuerzo tienen que hacer los peques”. Para Fillola, “hay cosas importantes que tienen que permanecer: ciertas rutinas, horarios… Lo que llamamos rituales cotidianos”, que son puntos que les hacen sentir seguros. Sin embargo, también explica que no tienen por qué ser rutinas superrígidas: puede haber cierta flexibilidad. “El problema en sí no es el cambio, sino esa acumulación de muchos cambios a la vez, de manejar la incertidumbre y que otros decidan por ti”. 

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Gestionar los viajes constantes de un lugar a otro

Miami y Barcelona están separadas por más de 7.500 kilómetros. No solo están en dos países diferentes, sino en dos continentes distintos, lo que conlleva agotamiento, 'jet-lag' y como señala la psicóloga cierto "complejo de maleta". Preguntamos a Mónica Fillola qué deberían tener en cuenta los padres que viven geográficamente tan separados a la hora de organizar estos desplazamientos y qué habría que priorizar. “Debería organizarse desde la comodidad y necesidades del menor, y no desde la comodidad y las necesidades de los adultos”. Añade: “Hay que pensar en lo que supone el menor coste emocional y vital para ellos. No hay que pensar en cuántos días le corresponden a cada progenitor, sino la experiencia íntegra del peque: la edad, las horas de viaje, el cansancio, el sueño…”. 

La psicóloga también puntualiza: “No es lo mismo en un adolescente, que puede tener mayor estabilidad en esas figuras de apego, pero en un niño más pequeño reestabilizar esas rutinas y esas figuras de apego tiene un peso muy grande”. Aparte, subraya el ajetreo que implican todos esos viajes continuos entre dos países en distintos husos horarios: “Aeropuertos, maletas, cambios de horario, despedidas…”, y concluye: “Un niño puede adaptarse perfectamente a vivir en dos hogares, pero tenemos que procurar que esos dos hogares no sean vivir permanentemente en tránsito”.

Asumir el esfuerzo para que no lo asuma el menor

Una situación como la de Milan y Sasha implica un esfuerzo extra por parte del padre y de la madre. ¿Cómo deberían repartirse esos esfuerzos para que los niños no sientan que deban ser ellos quienes tengan que adaptarse constantemente? “Esto apela a un concepto psicológico y legal, la corresponsabilidad parental”, menciona Fillola Moreno. “Los adultos deben asumir que mantendrán un vínculo con los hijos, y eso requiere un esfuerzo, una organización y flexibilidad en sus posturas”, recuerda la experta, que señala que ese esfuerzo nunca debería caer en los menores. 

“Los hijos nunca deberían convertirse en los gestores de las consecuencias de la separación de los padres. Nunca deberían asumir responsabilidades que no les competen por edad”. Recuerda también que en estas situaciones se puede dar lo que se conoce como conflicto de lealtad, ya que puede iniciar una herida traumática. El conflicto de lealtad es el dilema emocional en el un menor puede sentir que ha de compensar a un progenitor por pasar menos tiempo con él o que piensa que si se está divirtiendo con uno está traicionando al otro. “Los adultos tienen que anticiparse a las dificultades o compromisos disfuncionales a los que se puede enfrentar el niño”. En línea con esto, la psicóloga recuerda que esa corresponsabilidad “no implica repartirse el tiempo al 50 %, sino qué necesitan nuestros hijos en ese momento y cómo podemos asumir nosotros ese coste” para que no impacte demasiado en el menor.

Los riesgos del conflicto cuando hay exposición mediática

Un asunto como el de la separación, también geográfica, suma una variable en el caso de Piqué y Shakira: la exposición mediática de los padres y, en consecuencia, de sus hijos. ¿Cómo proteger su intimidad, a qué riesgos se enfrentan Milan y Sasha? “Aquí aparece un conflicto añadido, y es que el problema deja de ser del ámbito privado y todo el mundo opina”, señala la psicóloga. “Los hijos pueden encontrarse distintas opiniones en medios y redes, y eso puede generarles confusión, vergüenza, ansiedad y el mencionado conflicto de lealtad; un niño necesita libertad para poder querer a sus dos progenitores sin sentir que está traicionando al otro”. 

La experta señala que todo lo que se vierte en los medios puede abocar a los menores a defender a sus padres, “incluso en su entorno más cercano”, lo cual, explica, genera en el niño mucho malestar. “Además”, prosigue, “los niños no deberían convertirse en mensajeros ni en jueces, y mucho menos en confidentes, de los adultos”. Esta situación puede llevar a lo que llama la parentalización de los niños, es decir, que los menores tiendan a cubrir las necesidades de sus padres en vez de las suyas propias. 

Mónica Fillola habla de preservar la intimidad de los menores, de “evitar hablar negativamente de los padres” y no utilizarlos para transmitir mensajes para el otro progenitor. Al tratarse de un caso tan mediático la prudencia ha de extremarse, “ya que puede permanecer la huella digital durante muchos años”. Por último, la experta indica que, si bien “los adultos pueden exponer determinados aspectos de su vida privada, los menores tienen el derecho de que su historia no quede definida nunca por el conflicto de sus padres”.