Guerra

El emocionante regreso de los peregrinos de Jerusalén a su pueblo de Almería entre abrazos, pasodobles y el miedo en el cuerpo: "Estoy en casa"

Cuevas de Almanzora recibe a los vecinos que quedaron atrapados en Jerusalén. Redacción
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AlmeríaEran las diez de la noche cuando el suave rugido de un motor rompió el silencio nervioso y expectante en Cuevas del Almanzora, en Almería. No era un ruido cualquiera; era el minibús que traía de vuelta la paz a doce familias que han vivido con el corazón en un puño durante la última semana. Tras una travesía agotadora de más de 13 horas por carretera desde Jerusalén hasta El Cairo, cruzando el desierto del Sinaí, y un posterior vuelo hacia Madrid, los peregrinos andaluces por fin han pisado su tierra.

El recibimiento ha sido una explosión de alegría en el que no han faltado pancartas de "Bienvenidos a casa", banderas de España y hasta una charanga que atacó los acordes del pasodoble "Que viva España" en cuanto se abrió la puerta del vehículo. El primero en descender, rompiendo cualquier rastro de cansancio físico o mental, fue el párroco Antonio Cobo. El líder espiritual de la expedición, que ha ejercido de guía y protector en los momentos más oscuros, bajó del autobús bailando, mostrando una felicidad y una entereza que emocionaron a los cientos de vecinos allí congregados.

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Y es que, a pesar de la carga acumulada tras días de tensión, la sonrisa de Antonio no desapareció en ningún momento, intentando siempre contagiar a sus fieles de los más optimistas pensamientos. Tras él, llegó el goteo de abrazos, lágrimas y reencuentros que dejó imágenes de una intensidad difícil de olvidar, evidenciando que, por encima del agotamiento, ganaba el alivio de estar a salvo.

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El instinto de supervivencia en mitad de la noche

Sin embargo, tras la fiesta y la música, el regreso a la realidad está dejando ver las profundas secuelas de haber vivido bajo la amenaza del fuego. Pepe Cuevas, uno de los peregrinos que ha narrado la crisis desde el primer día, ha vuelto este mismo jueves a su puesto de trabajo en una planta química, donde sus compañeros lo han recibido incluso con carteles de apoyo. Pero su primera noche en casa no ha sido tan tranquila como esperaba. Una tormenta eléctrica sobre Almería ha servido de cruel recordatorio de lo vivido en Tierra Santa.

"Estoy adaptándome otra vez a la rutina, aunque lo estoy haciendo pronto porque llevo aquí apenas unas horas y ya estoy trabajando", explica Pepe. Pero el momento más duro llegó de madrugada: "Aquí en Cuevas ha amanecido lloviendo y a las tres de la mañana estaban cayendo rayos, relámpagos y truenos. Con el primer trueno he pegado un salto de la cama pensando que estaba allí todavía con el ruido y con esa rutina".

Y e que Pepe confiesa que su primera reacción, fruto del instinto de supervivencia desarrollado en Jerusalén, fue buscar lo más valioso para su libertad: "Mi primera intención ha sido pegar el salto y coger el pasaporte para irme corriendo al sótano del hotel, hasta que he vuelto a la realidad y he dicho: no, que estoy en mi casa".

Una cicatriz compartida por los doce

Esta sensación de alerta constante no es un caso aislado. Pepe ha podido hablar con otros compañeros de expedición y el sentimiento es unánime. "He hablado con algunos y me han dicho que han tenido la misma sensación con los truenos, pensando que estaban allí otra vez con la intención de salir corriendo a refugiarse. Esto va a tardar en que se nos vaya de la mente", admite con sinceridad. Porque lo que para cualquier vecino ha sido una simple tormenta de marzo, para ellos ha podido tratarse del eco de una guerra que aún no han logrado dejar atrás del todo.

El recibimiento en el pueblo, no obstante, ha sido el mejor bálsamo posible. "El recibimiento fue espectacular, todo el mundo estaba esperándonos, se han volcado con nosotros. En mi trabajo igual; mis compañeros tenían un cartel en la planta cuando he llegado a las seis de la mañana que ponía bienvenidos. Ha sido entrañable", relata Pepe.

El párroco, el guía que no descansa

Mientras los vecinos intentan asimilar que el peligro ha pasado, el teléfono del párroco Antonio Cobo no deja de comunicar. Es la señal inequívoca de que el pueblo entero quiere escuchar, de su propia voz, los detalles de una historia que ya forma parte de la memoria colectiva de la localidad. Antonio ha sido el pilar de los doce; el hombre que, incluso en el avión de regreso, caía rendido por el sueño tras haber velado por el ánimo y la seguridad de cada uno de sus fieles, haciendo las veces de guía y apoyo emocional.

El regreso a la normalidad será un proceso lento. Los 12 de Cuevas del Almanzora ya no son solo vecinos que se fueron de viaje; son una familia forjada en el desierto y en los refugios.