Halloween

Cañada Rosal, el pueblo de Sevilla que recupera los farolillos de melón frente a las calabazas de Halloween

En Cañada Rosal quieren mantener viva una particular tradición. Redacción Andalucía
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En Cañada Rosal, un municipio de Sevilla de casi 3.500 habitantes, la noche del 31 de octubre no se celebra con calabazas, sino con melones. No se trata de una nueva moda, ya antes de que Halloween se instalara en las casas y en los escaparates los mayores del pueblo vaciaban melones pequeños, les metían una vela dentro y se los daban a los niños para que recorrieran las calles a oscuras. Eran sus farolillos de melón, una tradición centenaria con identidad propia que ahora quieren volver a recuperar.

La Asociación Cultural Las Crujientes lleva cinco años empeñada en que esta tradición no se pierda. Su presidenta, Rosa León, explica con una mezcla de orgullo y nostalgia que antiguamente, cuando Halloween aún no tenia nada que ver con Estados Unidos, los abuelos hacían estos particulares farolillos para entretener a los nietos cuando apenas había juguetes.

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Para ello, se utilizaban los 'meloncillos', que eran los melones que habían sobrado en el huerto al terminar el verano y que se desechaban para la venta o el consumo, al ser más pequeños y sin dulzor. Según explica Rosa, en Cañada Rosal no había calabazas y en otros pueblos se hacían estos farolillos con sandías o con nabos, según lo que diera la tierra.

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Cómo se hacen los farolillos de melón

La técnica para elaborar los faroles de melón es sencilla. Con una navaja o cuchillo se corta la tapa superior del melón, se vacía la pulpa con una cuchara, se dibuja y recortan formas en la cáscara, como círculos, estrellas o lunas. Después, se hacen agujeros para pasar una cuerda y se coloca una vela de mariposa de aceite o de LED que ilumina el farol.

"El hecho de utilizar un melón posiblemente no tenga otra explicación que el tratarse de un fruto abundante en esta época del año, más que cualquier otro susceptible de ser utilizado con esta finalidad y también barato ya que se utilizaban los melones que no habían salido buenos", explican desde la Asocación Las Crujientes. Su pulpa, eso sí, en todo caso se aprovecharía para alimentar a animales domésticos.

La tradición viene de lejos, cuando Carlos III fundó este pueblo de la Campiña de Écija en el siglo XVIII con colonos procedentes de Centroeuropa. Con ellos, llegaron costumbres como esta, que se han mantenido vivas durante generaciones.

Talleres para mayores

Para que la tradición no se pierda, la asociación Las Crujientes ha organizado este año dos talleres con los mayores como protagonistas. El primer taller, realizado este miércoles 28 de octubre en la residencia de mayora de Cañada Rosal y el segundo se celebrará en el hogar del pensionista y estará abierto a todos los vecinos. Como no puede ser de otra manera, los niños podrán acompañarlos para recibir después sus farolillos de melón.

Además, este año la asociación ha dado un paso más creando farolillos artificiales con vendas de escayola y pintura. La idea es decorar los escaparates de los comercios de la localidad y que el pueblo entero se llene de melones iluminados, aunque sean de mentira.

"Es cierto que a pesar de la riqueza cultural que poseemos, hemos acabado por adoptar la fiesta de Halloween en el sentido más frívolo y comercial, en lugar de rescatar todas nuestras hermosas costumbres" aseguran desde la Asociación, que desde 2021 está por la labor de recuperarlas.

Así, apuestan por que la tradición se instaure de forma definitiva cada 31 de octubre y que Cañada Rosal se inunde de farolillos de melón en lugar de calabazas. Una forma de convertir una fiesta anglosajona en tradicion local mezclada con diversión.