Astronomía

Ni son estrellas ni caen del cielo: 8 mitos sobre las estrellas fugaces que la ciencia desmiente

Normalmente ofrece pocos meteoros por hora
Hay muchos mitos detrás de las estrellas fugaces. Pexels
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Cada vez que se anuncia una lluvia de estrellas, miles de personas salen a buscar un cielo oscuro con la esperanza de ver alguna. Es uno de los fenómenos astronómicos más populares y fáciles de observar, pero también uno de los que más ideas equivocadas arrastra. Algunas son simples confusiones de nombre; otras pueden hacer que una noche de observación termine en decepción. Estos son los mitos más habituales y lo que dice la astronomía sobre cada uno.

Mito 1: las estrellas fugaces son estrellas que caen

Es el más extendido y el que lleva el error en el propio nombre. Las estrellas fugaces no tienen nada que ver con las estrellas. Son pequeñas partículas, muchas del tamaño de un grano de arena, que entran en la atmósfera terrestre a enorme velocidad. El rozamiento con el aire las calienta hasta que se desintegran, y ese trazo luminoso es lo que vemos desde el suelo.

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La mayoría de esas partículas proceden de cometas. Cada vez que un cometa se acerca al Sol, parte de su material se desprende y queda repartido a lo largo de su órbita. Cuando la Tierra atraviesa esa corriente de restos, se produce una lluvia de meteoros. Las Dracónidas de octubre, por ejemplo, proceden del cometa 21P/Giacobini-Zinner, que da una vuelta alrededor del Sol aproximadamente cada 6,6 años. Aunque el cometa no se acerque todos los años, la Tierra sí se encuentra con los restos que dejó en pasos anteriores.

Mito 2: los meteoros vienen de la constelación que da nombre a la lluvia

Las Dracónidas se llaman así por la constelación del Dragón; las Leónidas, por Leo; las Gemínidas, por Géminis... pero ninguna de ellas procede realmente de esas estrellas, que están a distancias inmensamente mayores.

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El nombre se debe a un efecto de perspectiva. Las partículas llegan siguiendo trayectorias casi paralelas, pero desde nuestra posición parecen separarse a partir de un mismo punto del cielo, llamado radiante. Es lo mismo que ocurre con las vías de un tren, que parecen unirse en el horizonte aunque nunca lleguen a juntarse. Las lluvias se bautizan con el nombre de la constelación en la que se encuentra ese punto.

Mito 3: con prismáticos o telescopio se ven mejor

Es justo al revés. Los prismáticos y los telescopios sirven para ampliar una zona muy pequeña del cielo, mientras que los meteoros pueden aparecer en cualquier parte y duran apenas un instante. Con un instrumento óptico, lo más probable es no ver ninguno. Para una lluvia de estrellas, lo único que hace falta son los ojos y un campo de visión lo más amplio posible.

Mito 4: si los expertos anuncian 100 meteoros por hora, veré 100

Las cifras que acompañan a cada lluvia corresponden a la llamada tasa horaria cenital, una estimación teórica calculada para condiciones perfectas: un cielo totalmente oscuro, sin nubes y con el radiante justo encima del observador. En la práctica, casi nunca se dan todas esas condiciones a la vez, y el número real de meteoros que se ven suele ser bastante menor.

Para las Dracónidas de este año, por ejemplo, las previsiones hablaban de unos cinco meteoros por hora, y eso ya en el mejor de los escenarios. No significa que la lluvia decepcione, sino que conviene ir con expectativas realistas y paciencia.

Mito 5: con Luna nueva hay más estrellas fugaces

La Luna no influye en el número de meteoros que entran en la atmósfera, pero sí en cuántos podemos ver. Una Luna brillante ilumina el cielo y hace invisibles los trazos más débiles, que son la mayoría. Por eso las noches sin Luna son las mejores para observar: no porque haya más, sino porque se aprecian también los más tenues. Eso sí, la fase lunar no lo es todo. Las nubes, la calima, la humedad y, sobre todo, la contaminación lumínica de las ciudades pueden arruinar una noche por lo demás perfecta.

Mito 6: siempre hay que esperar a la madrugada

Es cierto que la mayoría de las lluvias se ven mejor después de medianoche. A partir de esa hora, la parte de la Tierra en la que nos encontramos mira hacia la dirección en la que avanza el planeta en su órbita, y recibe más partículas, del mismo modo que el parabrisas de un coche en marcha recoge más gotas de lluvia que la luna trasera.

Pero hay excepciones. Las Dracónidas, sin ir más lejos, se observan mejor a primera hora de la noche, justo después del anochecer, porque es cuando su radiante se encuentra más alto en el cielo. Antes de salir, conviene consultar el mejor horario para cada lluvia.

Mito 7: todas las estrellas fugaces van igual de rápido

Todas se mueven a velocidades enormes para cualquier referencia terrestre, pero entre unas lluvias y otras hay grandes diferencias. Las Dracónidas entran en la atmósfera a unos 20 kilómetros por segundo, una cifra relativamente baja que hace que sus trazos parezcan avanzar despacio por el cielo. Las Leónidas de noviembre, en cambio, se cuentan entre las más rápidas, a unos 71 kilómetros por segundo, y suelen dejar estelas brillantes. Esa velocidad es, de hecho, una de las pistas que usan los aficionados para saber a qué lluvia pertenece cada meteoro que ven.

Mito 8: solo merece la pena salir la noche del máximo

El máximo es el momento de mayor actividad, pero las lluvias de meteoros suelen estar activas durante varios días o incluso semanas. Las Leónidas, por ejemplo, se podrán observar este año entre el 6 y el 30 de noviembre. Si la noche del máximo está nublada o coincide con la Luna llena, las jornadas de alrededor pueden ofrecer una buena alternativa. Y en cualquier noche oscura, aunque no haya ninguna lluvia en marcha, es posible ver algún meteoro aislado.

Cómo ver estrellas fugaces de verdad

Lo más importante es alejarse de las luces de las ciudades: las zonas rurales, de montaña o con poca iluminación artificial ofrecen los mejores cielos. Una vez allí, hay que dar tiempo a los ojos para adaptarse a la oscuridad, lo que lleva entre 20 y 30 minutos, y evitar mirar la pantalla del móvil, que deshace esa adaptación en segundos. Una silla reclinable o una esterilla, ropa de abrigo y al menos media hora de observación aumentan mucho las posibilidades de ver los meteoros más débiles.